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Trump: un año que ha puesto al mundo en vilo

El presidente de Estados Unidos, Donald Trump. EFE/Samuel Corum

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Hace un año, cuando Donald Trump comenzó un segundo mandato como presidente de Estados Unidos, muchos análisis coincidieron en que no había nada que temer: que en su primer período (2017-21) no había ocurrido nada excepcionalmente grave, más allá de vociferaciones sin consecuencias, y que los mecanismos de contrapeso democrático y de simple sensatez de los asesores de la Casa Blanca se habían activado para frenar cualquier exceso del presidente.

En el ínterin perdió unas elecciones ante el demócrata Joe Biden y unos desquiciados seguidores suyos, alentados por sus denuncias de un supuesto fraude electoral, se tomaron el Congreso en el golpe institucional más violento de la historia reciente del país. Pese a todo, los expertos expresaron su confianza en que los famosos contrapesos democráticos de EEUU funcionarían una vez más.

Craso error. En los doce primeros meses del nuevo mandato, Trump ha metido a su país y al planeta en una realidad distópica en la que ya no parecen valer las brújulas legales y morales que, con todas sus deficiencias y una buena dosis de hipocresía, nos habían permitido orientarnos en nuestro mundo conocido, que pronto será nuestro mundo de ayer, como lo fue para Zweig el Imperio Austro-Húngaro.

En EEUU, más allá de algunas voces dignas –de jueces, funcionarios, periodistas, etc.– que se están plantando contra el presidente, y de algunos conatos de contestación popular ante las élites como la llegada de Mamdani a la alcaldía de Nueva York, lo que estamos viendo es miedo. Temor a hablar en la nación que tanto hemos admirado por su férrea defensa de la Primera Enmienda, la base de su democracia.

Las universidades, tradicionales focos de contrapoder, están apagadas por la amenaza de perder ayudas y donaciones. En las calles no se ven protestas masivas. El grupo policial que se ha constituido para la caza del inmigrante puede derivar, si la sociedad no reacciona, en un grupo paramilitar de mayor alcance al servicio de una autocracia. El clima general de sumisión, o de impotencia, o de desconcierto, que se ha instalado en el país más poderoso de la tierra es lo que ha permitido ordenar una operación militar en suelo extranjero, con el secuestro incluido de un mandatario, sin la preceptiva autorización del Congreso.

Esa conducta neroniana la aplica en su política exterior. Trump es consciente de la decadencia de EEUU: la imposición por su país al resto del mundo de una globalización neoliberal durante las últimas cuatro décadas se le ha vuelto en contra, destruyendo su tejido industrial y profundizado sus déficits comerciales, mientras China ha emergido sigilosamente como la principal potencia económica mundial. También es consciente de que su fantasía de que EEUU retorne a la American Way of Life de los años 50 está encallando ante la terca realidad de las nuevas relaciones internacionales de producción.

Ante ese panorama sombrío, Trump ha llegado a la conclusión de que a su país solo le queda su extraordinario poder militar –del que ya ha hecho gala en Irán y Venezuela– y su condición de primer consumidor del planeta –coaccionando a los socios comerciales con subidas de aranceles– para mantener su estatus de potencia. Una combinación de ambos mecanismos la estamos viendo en el caso de Groenlandia, con sus amenazas de tomarse a la fuerza el territorio perteneciente a Dinamarca y de castigar con más aranceles a los países europeos que intentan evitar lo que sería una nueva quiebra del derecho internacional. Súmese a ello el plan de dominación en Gaza –que ya comienza a preocupar incluso al Gobierno israelí, al minarle la autoridad que pretende seguir ejerciendo sobre ese territorio– y la humillación constante de la Unión Europea, hasta ahora el principal aliado de Estados Unidos, para hacernos una idea de la nueva realidad en la que nos encontramos.

La doctrina de trumpismo en ese segundo mandato está recogida en la Estrategia de Seguridad Nacional. El principal enemigo a batir es China. Para empezar, hay que sacarlo de América Latina, donde ya es el primer socio comercial en varios países y el segundo en los demás. Para ello se ha desempolvado la Doctrina Monroe de 1823, la que vendieron en su día con el lema fraternal de “América para los americanos”. El golpe en Venezuela guarda relación con ese objetivo, ya que China ya se había convertido en un actor central en el negocio petrolífero del país sudamericano. Groenlandia también tiene que ver con esa estrategia: no solo por su evidente valor militar para EEUU sino por sus tierras raras y su oro.

Hay analistas que opinan que Trump tiene un plan muy concreto –sacar a China del continente americano, dominar Groenlandia, aliviar el déficit comercial de su país, asegurarse recursos naturales de difícil acceso y desarrollar una diplomacia de negocios en el mundo árabe– y que su apetito se saciará una vez consiga esos objetivos. Lo dicen como si se tratase de un simple reajuste en el orden mundial como los que han sucedido en otros momentos de la historia, cuando en realidad estamos asistiendo a un desmoronamiento de las leyes y las instituciones internacionales, a la implantación sin eufemismos de la ley de la selva y al triunfo del lenguaje de matón de barrio en las relaciones entre países y en las mismas sociedades.

Sí: las relaciones internacionales siempre han sido un instrumento de los poderosos y estos nunca han vacilado en actuar de modo unilateral cuando las leyes obstaculizan sus fines. Recordemos la guerra de Irak emprendida por George W. Bush con el apoyo de Blair y Aznar, que dejó al menos ciento mil muertos. Sin caer en la frivolidad de pensar que nuestro mundo ha sido idílico, estamos a las puertas de una nueva era, en la que al frente del país más poderoso del planeta hay un personaje caprichoso que dice no creer en más leyes que sus “valores morales”. Y en la que el desarrollo enloquecido de las redes sociales y la inteligencia artificial facilita que este tipo de líderes sin escrúpulos, pero con mucho poder, impongan una nueva manera de entender eso que hasta ahora hemos llamado, ingenuamente o no, civilización.

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