Columnas que tapan el mar: el capricho ‘new age’ del milmillonario que llenó de cemento una cala virgen de Ibiza
Tras el gran cristal por el que la luz penetra en la fachada de Can Soleil, Guy Laliberté contempla –en el horizonte– es Vedrà y –mucho más cerca de su villa ibicenca– las puntas de trece columnas. Están hechas de basalto, forman un círculo, imponen. La más alta queda justo en el centro. En su cúspide –a veinte metros sobre el suelo– incrustaron oro de veintitrés quilates para que los rayos del sol se reflejaran al atardecer del 21 de diciembre: el solsticio de invierno en el Hemisferio norte. De lejos, el conjunto recuerda a Stonehenge. Como si hubieran transportado uno de los monumentos más importantes del Neolítico desde los campos de Salisbury a la costa mediterránea. Un espejismo real.
Eligieron dos palabras en inglés para bautizar a las columnas y dotarlas de trascendencia: time and space, tiempo y espacio. Estos pilares son, en teoría, un reloj solar. Están separados por distancias que se van agrandando –siguen la Secuencia de Fibonacci, que se hizo popular en su momento por El código da Vinci, y parecen homenajear a aquellas moles que se plantaron en mitad de la campiña inglesa hace milenios en el punto exacto para marcar el alba y el crepúsculo del día más corto y del día más largo del año–. Pero estos monolitos también son un ejemplo evidente de cómo el capricho de un plutócrata se impone a las normas territoriales de Eivissa, una isla consagrada al turismo. Laliberté –el dueño de esta villa, el mecenas que financió las columnas, el fundador del Cirque du Soleil: el astro que le convirtió en uno de los hombres más ricos del planeta– eligió el emplazamiento por su “magnética energía”. Un asunto que ya le preocupaba en los ochenta. Entonces quiso asociar su circo a un astro que simboliza “la fuerza de la juventud”.
Sus planes urbanísticos, sin embargo, los llevó a cabo sin pedir licencia a ninguna Administración. Nadie podría haber firmado un documento que se lo permitiera. Estos pilares se encuentran en una propiedad privada, pero a menos de cien metros del litoral. Es zona de servidumbre marítima, “aquella franja de terrenos de propiedad privada colindante con el dominio público marítimo-terrestre, que está sujeta a determinadas limitaciones que contiene la Ley de Costas”, como se lee en la web del Ministerio de Transición Ecológica. Sobre el papel, las restricciones son potentes. Para conseguir una licencia –según se lee en la web del Govern balear– se necesita una declaración responsable. Ese documento da fe de que los trabajos se dedicarán a reparar, mejorar, consolidar o modernizar –sin aumentar volumen o altura– una estructura –que no se trate de una vivienda– que ya existiera antes de 1988, el año en que entró en vigor la Ley de Costas. De la posibilidad de construir monolitos, esculturas u otro tipo de obras artísticas, ni una palabra.
Guy Laliberté es el dueño de la villa y el mecenas que financió las columnas. Eligió el emplazamiento por su 'magnética energía', pero sin cumplir con el ordenamiento urbanístico
La instalación de los pilares
A finales de enero de 2014, se colocaron en esta parcela las columnas, dibujando una circunferencia de veinticuatro metros de diámetro. Cala Llentia –acantilado, guijarros, una cueva de pescadores– dejaba de ser una caleta virgen. La excepción en un tramo costero muy codiciado por sus vistas a Poniente. Al norte crece un complejo hotelero y, al sur, un enjambre de chalés, adosados y bloques de apartamentos en la desembocadura de un torrente –Cala Tarida– que ilustra muy bien el urbanismo a la carta que ha arañado la costa del sur de Eivissa durante décadas.
Fue un movimiento del Govern balear el que destapó el asunto. Fuentes cercanas a la operación aseguran a elDiario.es que la administración redactó una acta de denuncia mientras se llevaban a cabo los trabajos. El 23 de enero de 2014, el departamento de Medi Ambient visitó la zona después de que una llamada telefónica alertara de lo que estaba ocurriendo. Allí había camiones –uno de ellos, con grúa– y una cuadrilla de operarios que estaban moviendo tierras, podando vegetación, y fabricando hormigón detrás de unos pinos: los monolitos necesitaban una base de cemento para tenerse en pie. No había, en cambio, ninguna autorización que mostrar para justificar la legalidad de los trabajos que se estaban realizando sobre suelo rústico protegido y en plena franja costera.
Según el Catastro, la propietaria de la parcela donde se levantaron las columnas era una sociedad: Bertral Trade SL. Esta empresa tiene su sede en Eivissa. Aunque Guy Laliberté nunca ha aparecido entre sus representantes, sí lo hacían en enero de 2014 –como apoderados– Robert Blain y Marc André Dufort. Los dos encargados de controlar las finanzas del Cirque du Soleil. Estos hombres eran, respectivamente, el director financiero y el tesorero de una maquinaria que por aquel entonces producía ganancias superiores a los 150 millones de euros anuales.
En el momento de la publicación de este reportaje, la Conselleria de Medi Ambient no ha confirmado si después de levantar aquella acta hubo sanción económica. El Ajuntament de Sant Josep de sa Talaia tampoco ha especificado qué ha ocurrido con el expediente que le abrió en las mismas fechas a Laliberté.
Réplicas por todo el mundo
Stonehenge recibe anualmente 1,4 millones de visitantes, la población de Viena o Philadelphia, casi el cuarenta por ciento de los turistas que desembarcan en Eivissa cada año. Esas cifras hacen pensar que en la imitación ibicenca del monumento prehistórico –todo un símbolo para los británicos, una joya en el catálogo del Patrimonio Mundial de la Unesco– se disparan menos selfies, se suben menos stories. Pero menos, en este caso, significa muchísimo: basta darse un paseo por internet para comprobar que los monolitos forman parte de muchos circuitos turísticos que recorren la isla. Incluso en febrero –el mes más bajo de la temporada baja– algún despistado pasea entre ellos, agarra una piedra, la lanza al cielo con la esperanza de que se pose sobre uno de los capiteles que salieron del estudio de Andrew Rogers, el autor de los planos que sirvieron para tallar –de una sola pieza– los monolitos.
Los monolitos forman parte de muchos circuitos turísticos que recorren la isla
En la página web de este escultor australiano, que roza los ochenta años, aparece un mapamundi con una quincena de puntos. Son las localizaciones de los lugares en los que ha desarrollado su “arte terrestre”, un proyecto global al que llamó Rythms of Life y al que sumó entusiasta Laliberté cediendo un pedacito de sus posesiones ibicencas. Time and Space tiene primas hermanas de diferente tamaño en los desiertos de Arava –Israel–, Atacama –Chile–, Rajastán –India–, Namibia o junto al Joshua Tree, en el Mojave –Estados Unidos–: Rogers siente querencia por las zonas áridas. En mitad de la nada, sus creaciones son más visibles: también ha trabajado en páramos helados islandeses o, directamente, sobre el hielo de la Antártida. En algunos países –como China o Turquía– tuvo que pedir permiso a las autoridades para intervenir con su arte en la naturaleza.
¿Por qué no lo hizo en Eivissa? El historial de su mecenas ofrece algunas pistas. A lo largo de los últimos veinticinco años, los hechos más sonados de la trayectoria de Guy Laliberté pueden cruzarse con otros episodios mucho menos conocidos que fue recogiendo la prensa ibicenca. En la primavera de 2001, este empresario que pasó de artista callejero –clown, acordeonista, escupefuego– a dueño de una compañía de entretenimiento reconocida a nivel mundial –según sus biógrafos, gracias al préstamo que le concedió el Gobierno de Quebec para que su pequeña compañía teatral produjera un espectáculo con el que conmemorar el 450 aniversario de la llegada de los colonizadores franceses al Canadá– explicaba en The New York Times su ambición de crear seis grandes complejos –hoteles, restaurantes, teatros…– con la marca de Cirque du Soleil. No mucho después, en 2005, los ecologistas del Grup d’Estudis de la Natura denunciaban “obras ilegales” dentro de la parcela que Laliberté había adquirido en Eivissa “por estar dentro de la franja protegida del litoral”.
El niño que quería ser Neil Armstrong
El 30 de septiembre de 2009, Laliberté entró en millones de hogares combinando el traje de cosmonauta con la nariz roja de payaso. Desembolsar 35 millones de dólares le permitió convertirse en el séptimo turista que traspasaba la atmósfera de la Tierra. Lo hizo a bordo de una Soyuz, el modelo de nave que Rusia heredó de la Unión Soviética. El lanzamiento fue en Kazajistán. Dos días tardó en llegar a la Estación Espacial Internacional, donde estuvo cuatro, y otros dos en regresar sano y salvo a las estepas del centro de Asia. “Fui la persona número 510 que viajó al espacio exterior. Es un privilegio, aunque pagues, estar entre los 1.000 primeros en hacer algo de esta envergadura en el planeta, es una experiencia física y mental. Era el que era y sigo siendo el que soy”, diría el propio Laliberté una década después de cumplir “un sueño de infancia”: “Tenía diez años cuando el primer hombre pisó la Luna. Estaba en un campamento de verano. Instalaron una tele en blanco y negro en mitad del bosque. Pasamos la noche viendo el evento. Todavía lo recuerdo”. Lo suyo no se trataba, decía, de un egotrip, sino de “la necesidad” de pedir “mejoras en la distribución del agua en el planeta”.
Días después de su regreso –a mediados de octubre de 2009– se organizó en Eivissa una conferencia sobre el viaje espacial de Laliberté. Jacinto García Palacios –nada menos que el director de relaciones institucionales de la Agencia Espacial Europea– explicó con detalle aquella aventura. También se proyectó un documental que narraba el entrenamiento al que durante cinco meses se había sometido un empresario que ya pasaba de los cincuenta años –trece más que la edad máxima a la que recluta astronautas la NASA–, pero contaba con un patrimonio infinito a ojos de casi cualquiera: 1.200 millones de dólares. Laliberté es –según Forbes– uno de los alrededor de tres milmillonarios que hay actualmente en el mundo: un porcentaje insignificante de la población mundial –el equivalente a un pueblo pequeño del interior ibicenco– controla entre el 3% y el 4% de la riqueza global.
Guy Laliberté es uno de los alrededor de tres milmillonarios que hay actualmente en el mundo: un porcentaje insignificante de la población mundial controla entre el 3 y el 4% de la riqueza global
Amigo de Jeffrey Epstein
Aquella conferencia la presentó Daniel Olivier Busturia Herbosch. Su apellido es clave para entender la relación y los contactos del magnate canadiense en Eivissa y España. Este gestor inmobiliario es hijo de Daniel de Busturia: francoparlante al licenciarse en Filosofía y Ciencias Políticas en París, fue diplomático de carrera que al final de la Transición asesoró en política exterior al breve gabinete de José Calvo Sotelo y luego se pasó a la empresa privada. Busturia padre es miembro de los consejos de administración de empresas de sectores como los seguros o la sanidad privada y un personaje en la vida social ibicenca. Preside una plataforma vecinal que protesta por los inconvenientes de vivir junto al vertedero de la isla y cada Navidad sale en la prensa local por guisar para su grupo de amigos unas lentejas con perdiz en la Platja des Cavallet. Su hijo figura actualmente como persona de contacto en el portfolio que consultan los interesados en alquilar Can Soleil. elDiario.es también intentó contactar con él por teléfono, pero no obtuvo respuesta.
En 2018, Guy Laliberté había tanteado a Jeffrey Epstein para que le comprara la villa ibicenca, valorada en casi 50 millones de euros, que hizo construir en los terrenos que había comprado frente al mar. Esta información se conoció hace unas semanas, cuando el Departamento de Justicia de Estados Unidos desclasificó una serie de documentos relacionados con el pederasta. El tono con el que Laliberté se dirige a Epstein concuerda con los reportes de medios como Radio-Canada. Una portavoz de Guy Laliberté, Annie Dongois, explicó a esa cadena de noticias que los correos electrónicos intercambiados entre ambos no eran “realmente personales”, sino que se trataba más bien de envíos masivos. Ambos mantenían una relación cordial desde hacía años, se frecuentaban en Montreal, donde empezó su carrera el quebequés y mantuvo luego el cuartel general del Cirque du Soleil. Epstein y él se trataban de cher ami, querido amigo. Compartían algo en lo que resulta bastante difícil coincidir: cada uno era dueño de una isla. La del payaso, un atolón en la Polinesia Francesa: se llama Nukutepipi y la explota como resort. La del financiero –Little Saint James, una roca situada en las Islas Vírgenes– ejerció de epicentro en la trama de abusos sexuales que está removiendo los cimientos de gobiernos, corporaciones y monarquías.
En 2018, Guy Laliberté había tanteado a Jeffrey Epstein para que le comprara la villa ibicenca, valorada en casi 50 millones de euros, que hizo construir en los terrenos que había comprado frente al mar. Tenían un trato muy cercano
“Hola, Jeffrey, espero que estés bien”, escribió Laliberté el 16 de junio de 2018, sólo un año antes de que encarcelasen –y encontrasen muerto en su celda poco después– a Epstein. “Desde 1979, Ibiza ha sido uno de mis lugares favoritos. Sin embargo, a medida que la vida evoluciona, ahora me siento más atraído por el Pacífico, donde he realizado una importante inversión en una isla llamada Nukutepipi. Pasar más tiempo allí implica necesariamente pasar menos tiempo en otros lugares. Por lo tanto, tras pensarlo detenidamente, se tomó la decisión de poner Can Soleil y Can Luna a la venta. (...) Si estás interesado o conoces a alguien que pueda estar interesado en comprar una villa en Ibiza, aquí tienes las páginas web de las propiedades”.
Epstein le rebotó las imágenes que recibió de las villas a su pareja –la dentista bielorrusa Karyna Shuliak, que contestó con un “¡wow!” en otro correo–, pero no ofertó para comprarlas. Sí ofreció su influencia para favorecer los proyectos que tuviera en marcha One Drop. Así se llama la fundación creada por un Laliberté que, justo en aquellos años, se mostraba preocupado por la deriva de Eivissa como destino cinco estrellas. Como si ampliara las razones que le había apuntado a Epstein, dijo en una entrevista concedida a Diario de Ibiza: “En los últimos diez años han cambiado las ideas profundas de esta isla y esto no es una crítica, es un hecho. El dinero cambia a la gente. No hubo crisis en 2008 en Ibiza, sino más bien desarrollo, todo se incrementó. Vivimos una realidad y la gran pregunta es: ¿es demasiado tarde para cambiar? No creo, pero está claro que se necesita un grupo de gente que recapacite sobre lo que quiere, lo que se está haciendo, el tipo de turismo que se busca... Bajo mi punto de vista se debería de apuntar hacia un turismo más cultural”.
Y continuaba: “No necesitábamos tantos hoteles de cinco estrellas ya que la gente adinerada estaba contenta alquilando una casita pequeña en la naturaleza. (...) La conservación del medio ambiente es primordial. Lo primero es el agua. Con el consumo excesivo estamos poniendo en peligro el ecosistema de la isla. Los políticos están tomando un rumbo en los temas del medio ambiente no muy acertado, ya que no siempre toman las mejores decisiones. Existe una paradoja en todo esto”.
130.000 euros la semana: el negocio “espiritual” de Can Soleil
En paralelo a sus consternaciones ambientales, Laliberté siguió alquilando el caramelo que le diseñó Rolf Blakstad, uno de los arquitectos más prestigiosos de la isla. Can Soleil sigue las líneas del estilo tradicional ibicenco. En cierta manera –tonos blancos, vigas de madera de sabina, esquinas redondeadas–; porque excede –por mucho– el tamaño de las casas en las que vivían las familias payesas antes del boom turístico. Tres edificios, dieciocho suites, gimnasio, sala de cine, extensos jardines llenos de esculturas, tres piscinas, hammam, cabina de DJ, tres bares, dos tiendas marroquíes que sirven de chill-out, porches, seguridad veinticuatro horas, muelle propio en un pequeño puerto cercano. El complejo lo completan dos puertas enfrentadas en mitad del campo. Motivos árabes decoran unos dinteles de madera que enmarcan el perfil de es Vedrà, todo un reclamo para promocionar Can Soleil. El logo de la finca es un dibujo semiabstracto, un sol rojo ocultándose a la espalda del islote más conocido de Eivissa.
Can Soleil consta de tres edificios, dieciocho suites, gimnasio, sala de cine, extensos jardines llenos de esculturas, tres piscinas, hammam, cabina de DJ, tres bares, dos tiendas marroquíes que sirven de chill-out, porches, seguridad veinticuatro horas y muelle propio en un pequeño puerto cercano
Estos lujos pueden disfrutarse durante una semana pagando 130.000 euros. Así se lo comunicó Sean O’Donell –el encargado de manejar las propiedades del canadiense– a Epstein a través de otro correo que también se ha desclasificado. No mucho más alta –145.000 euros– fue la multa que le impuso el Ajuntament de Sant Josep de sa Talaia al empresario quebequés por la celebración multitudinaria que albergó Can Soleil. En mitad de la pandemia. Por segundo verano consecutivo, las discotecas ibicencas estaban cerradas –como las fronteras– para no colapsar el único hospital de la isla. Ese fue el agujero que encontraron los gestores de muchas villas para maximizar su negocio. Más que nunca, los saraos ilegales fueron entonces un problema para las autoridades locales. De orden público. Y de salud.
Can Soleil era, según su propietario, “un lugar holístico donde puedes encontrar de todo: arte, fiesta, espiritualidad, hacer un gran negocio, inspirarte”. Pero en esta paleta de colores, si algo destacaba por encima del resto, era la juerga. La finca llevaba tiempo acumulando denuncias por el ruido que causaban unas celebraciones a las que llegaban a acudir hasta ochocientas personas. Se desconoce el número de asistentes que se reunieron el 16 de julio de 2021 en la propiedad de Laliberté, pero aquella fiesta fue distinta. La felicidad se desparramó por las redes sociales. Los vídeos mostraban a decenas de cuerpos, gozaron y bailaron mientras golpeaba la cuarta ola del covid.
Alguien marcó el 112 a las cinco de la madrugada. La llamada movilizó a la policía local. Aunque un microbús se dedicara a llevar y traer invitados durante toda la noche, cuando llegaron las patrullas vieron que los alrededores de Cala Llentia se habían convertido en un macroparking. Agentes de seguridad privada negaron el paso a la finca de los agentes uniformados. Se ampararon en la inviolabilidad del domicilio. Un encargado de mantenimiento recogió la denuncia.
Un proceso judicial por resolver
Ahora las garitas que flanquean los dos accesos principales de Can Soleil están vacías durante las tranquilas mañanas de febrero. No hay vigilantes a la vista, pero las puertas de la finca quedan semiabiertas. Dentro trabajan albañiles. Han pasado cuatro años y medio desde aquella farra multitudinaria y Guy Laliberté no ha tenido que cumplir sanción. Fuentes municipales indican que “el tema se encuentra en un proceso judicial que actualmente está en trámite”.
Aunque se haya dejado de ver pinchando en alguna discoteca –ahora es también DJ–, la huella del fundador del Cirque du Soleil se ha diluido en Eivissa. En 2021, liquidó Heart, el restaurante –que se reconvertía en garito según avanzaba la noche– ideado junto a los hermanos Adrià seis años antes. La idea de fusionar las artes escénicas con las esferificaciones de los chefs de El Bulli fue un experimento fallido. Ni esa aventura empresarial ni las fichas de póquer que se movían ante sus ojos en las mesas de grandes casinos parecían llenar el vacío de haberse desprendido de la criatura que le hizo rico y famoso. Laliberté engrandeció –más aún– su fortuna vendiéndole la mayoría de las acciones a un conglomerado de fondos de inversión estadounidenses y chinos. La Caisse de dépôt et placement du Québec –una caja pública de fondos y pensiones– se sumó a una operación que alcanzó los 1.500 millones de euros y que completó un proceso que había comenzado en 2008, cuando los petrodólares dubaitíes compraron el 20% de la compañía.
Laliberté salió del Cirque du Soleil en abril de 2015. Cinco primaveras después y ante el apagón global de la pandemia, los nuevos gestores despidieron al noventa por ciento de los 5.000 empleados de la mayor productora teatral que existe en el mundo. En una carta pública difundida en mayo, Laliberté amagó con recuperar el Cirque du Soleil. No lo hizo y, un mes después, vio cómo el emporio se declaraba en bancarrota. Tampoco ha retirado las trece columnas de basalto que plantó hace doce inviernos en la costa ibicenca. Han pasado cuatro alcaldes de dos partidos diferentes –PP, PSOE y, de nuevo, PP– por el Ajuntament de Sant Josep de sa Talaia y el cemento ahí sigue. En el monolito central no queda rastro de las incrustaciones de oro.
0