La derecha se pone de los nervios con el viaje de Sánchez a China
La política exterior del Partido Popular se basa en un principio inmutable. Todo lo que haga Pedro Sánchez está mal y es poco menos que una afrenta a la humanidad. Obligado a ir aumentando la escalera retórica hasta el infinito y más allá, su última innovación consiste en llamarle traidor a España, Europa, Occidente y otros representantes del bien absoluto. Se ha vuelto a los tiempos de Pablo Casado, cuando llamaba “felón” (desleal, traidor) a Sánchez. Alberto Núñez Feijóo se ha unido a esa tendencia a la agresión verbal. Era una consecuencia previsible.
A la derecha política y mediática no le ha gustado nada que Sánchez haya viajado otra vez a China. Ni que haya dicho que Occidente debe reconocer que China es una potencia mundial y que debe ser tratada como tal. “Nadie traiciona a su tierra, su origen y a sus socios a cambio de nada”, dijo Ester Muñoz. Seguro que hay algún manejo oculto. ¿Harán a Begoña Gómez directora de una cátedra en una universidad china? Cualquier cosa es posible. “Es decisión de Sánchez no estar en la mesa con Starmer y los aliados europeos y marcharse a China a vaya usted a saber qué”, se preguntaba Alma Ezcurra con fingida inocencia. Tiene que haber una conspiración. Siempre la hay para el PP y en la cúspide tiene que estar Sánchez.
La histeria obliga siempre a consumir dosis razonables de amnesia. Sánchez en Pekín no es como Jane Fonda en Hanoi en plena guerra de Vietnam. De hecho, no es una iniciativa muy original. Emmanuel Macron estuvo en China en 2023. Un año después, Xi Jinping devolvió la visita en Francia. Giorgia Meloni viajó allí en 2024. Keir Starmer lo hizo en enero de este año. Friedrich Merz le siguió en febrero. Europa parece estar llena de traidores. La que se va a montar cuando se entere el PP.
Donald Trump tiene previsto desplazarse a China a mediados de mayo. Sus elogios a Xi han sido más rotundos que los empleados por Sánchez.
Los gobiernos europeos saben que sería un error fiarse del Gobierno chino, pero sus temores son mayores en relación a Donald Trump. Y, como bien sabe el canciller alemán, son muy conscientes de que no pueden prescindir de las relaciones comerciales con el gigante asiático.
Por aquello de las coincidencias, resulta curioso que el PP se haya lanzado contra Sánchez por hacer lo mismo que el presidente de la Xunta hará la próxima semana. Alfonso Rueda viajará a Pekín y Shanghái para vender a Galicia como destino de inversiones. Juanma Moreno también estuvo allí en 2024 y dijo haberse traído inversiones por valor de 2.500 millones. Pero Rueda y Moreno son buena gente que nunca venderán a España al enemigo chino, aunque aceptan gustosamente su dinero. Ellos tienen vía libre para elogiar a China.
También la tuvo en su momento Mariano Rajoy en dos viajes a China en 2014 y 2017 cuando presidía el Gobierno, como también Feijóo que hizo lo mismo en su época de presidente de la Xunta. El momento más surrealista se produjo con Cospedal al firmar un acuerdo de colaboración en 2013 con el Partido Comunista Chino en su condición de secretaria general del PP. Son dos partidos que siempre han tenido mucho en común.
El discurso en la Universidad de Tsinghua fue uno de los momentos simbólicos de la visita de Sánchez. Tuvo su parte inevitable de dar jabón al anfitrión, pero de una forma que denota respeto a la historia y cultura de China. En un país en que el nacionalismo es el principal factor de legitimidad para el Gobierno –obviamente, no lo son ni el comunismo ni la democracia–, ver esa actitud en un líder extranjero suele recibirse con agrado.
Sánchez recordó que China ya era una potencia mundial en el siglo XVI cuando España era aún un imperio: “La España de entonces conocía de la grandeza de China. Sabía que Beijing no era la periferia del mundo, sino uno de sus centros”.
En relación al presente, el presidente apostó por un mundo multipolar, es decir, no sometido a los designios de un solo protagonista (léase Estados Unidos): “Esa multipolaridad que describo no es una hipótesis. Tampoco es un deseo. Es ya una realidad”. Planteó que la Unión Europea es uno de los actores imprescindibles de ese mundo: “Europa puede parecer pequeña en un mapamundi, pero en realidad es todo lo contrario”. Y exigió a China que tome medidas para que las relaciones comerciales sean más equilibradas: “Para que se hagan una idea, nuestro déficit comercial con China supone ya el 74% del déficit total de nuestro país”.
Eso es lo que Feijóo llama “estar traicionando los pilares básicos del europeísmo” tanto por la regularización de los inmigrantes sin papeles como por estar promoviendo “el repliegue de Occidente”.
En los últimos meses, todos los grandes medios europeos están destacando que Trump ha convertido a la OTAN en una organización casi obsoleta –esa es su opinión– y ha llamado “cobardes” a sus aliados por no participar en una misión temeraria para desbloquear el estrecho de Ormuz. Existe un convencimiento generalizado de que Trump es lo peor que le ha pasado a la alianza occidental en décadas. Para el PP, lo de la “traición” de Sánchez es mucho peor.
Mientras tanto, Sánchez sigue a lo suyo. El viernes y sábado, ha montado una gran cita internacional en Barcelona junto a otros veinte mandatarios de todo el mundo, entre los que estarán el brasileño Lula, la mexicana Sheinbaum, el portugués Costa, el colombiano Petro y el sudafricano Ramaphosa. Otra oportunidad para erigirse en estandarte antiTrump.
Feijóo quedará como el político que apoyó de entrada la guerra contra Irán y que luego ha acabado dando pasos hacia atrás hasta denunciar la “escalada belicista” que atormenta al mundo. Eso sí, sin atreverse a señalar a Trump, como si todo lo ocurrido desde el comienzo de esta guerra fuera producto del azar.
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