El bar mejor ubicado de Mallorca: 3 euros por un café y dos años sin pagar el alquiler público
Son seis personas de mediana edad en la mesa, tres parejas. Sorben cuatro batidos y se comen con cuchara unos helados en copa de cristal. Ya hace calor bajo el sol de marzo. La conversación –en italiano– es relajada. El grupo está pasando unos días de vacaciones en Mallorca. Han visitado Alcúdia, el Magaluf desierto antes de la marabunta, las playas del sur de la isla. Ahora, disfrutan de la merienda a la vez que miran hacia la maravilla arquitectónica que tienen delante. Alzada sobre una laguna artificial y un retazo de muralla emerge –imponente– la Catedral de Santa Maria. Las formas del templo tienen que resultarles familiares al grupo. Son de Milán: la Seu podría pasar por una miniatura mediterránea de su Duomo, una de las iglesias góticas más grandes y espectaculares del mundo. En algún momento de la charla, los seis agarran sus móviles, disparan una foto, proponen un autorretrato colectivo. Sin levantarse de la silla, tan bien situados están en aquella terraza. Pero la armonía se rompe en un momento dado.
En off, podría pensarse que los tres hombres y las tres mujeres discuten de política –acaba de morir el ultraderechista Umberto Bossi–, de música –acaba de morir el cancionista Gino Paoli– o de fútbol –Inter y Milan se disputan el título de la Serie A–, pero no. Están escandalizados por la cuenta que acaban de dejar encima de la mesa. Sacan billetes de las carteras, tratan de repartir el clavo de forma equitativa. “Han sido 75 euros. No sé dónde vamos a llegar…”, dirá después una de ellas. Se llama Titi Montavano: trabajó durante décadas para un touroperador lombardo –I Viaggi del Ventaglio– al que arrastró la quiebra de Lehman Brothers y, por eso, conoce muy bien tanto las Canarias como las Illes Balears: “Siempre he admirado, y mucho, a los españoles, especialmente a los isleños, porque creo que aquí es donde se inicia el turismo de masas… entendido como se entendía antes: apto para la clase media. Creo que ese tipo de industria permitió que este país se desarrollara. Para nosotros fue un espejo. Pero los precios de este bar, o los que te encuentras en muchos lugares del centro de Palma, no sé, espantan a cualquiera. En Italia no los ves ni la riviera de la Emilia-Romaña, y más turístico que Rímini…”.
Lo que Titi Montavano –y Elena Coppola y Caterina Aieta, las dos amigas con las que se saca un último selfie con los maridos alejándose hacia el Passeig des Born– no sabe es que el bar en el que han pagado más de diez euros por un refrigerio ha estado más de dos años y medio sin pagar el alquiler. El casero –que no reclamó la deuda– era el Ajuntament de Palma.
Siempre he admirado, y mucho, a los españoles, especialmente a los isleños, porque creo que aquí es donde se inicia el turismo de masas… entendido como se entendía antes: apto para la clase media. Pero los precios de este bar, o los que te encuentras en muchos lugares del centro de Palma, no sé, espantan a cualquiera
Un informe jurídico que tira de las orejas a los políticos
Un informe jurídico del mismo Consistorio trazó el pasado diciembre una cronología para explicar cómo JA Riutort SL ha explotado uno de los bares mejor situados de una de las ciudades más turísticas de España disfrutando del privilegio de ser un inquilino sin renta. La concesión que disfrutaba la empresa debería haber terminado el 27 de marzo de 2023. Diez antes de que venciera el contrato público, sin embargo, la Junta de Govern Local concedió a los hosteleros una prórroga por siete meses y medio. Fecha de caducidad: 12 de noviembre. Fue una medida de gracia. Según especifican los juristas municipales, la concesión no podía alargarse. En principio, bajo ningún término. A no ser que la Regidoria d’Hisenda, Funció Pública i Govern Interior no tuviera lista la convocatoria de un concurso público para licitar de nuevo el servicio. En ese caso, para no dejar a los ciudadanos sin la posibilidad de sentarse en una terraza a tomar un refrigerio delante de la Catedral o de utilizar los baños anexos –abiertos a cualquier paseante y, según el informe jurídico, mantenidos por la contrata–, sí podía considerarse la prórroga como una solución excepcional.
¿Qué ocurrió después? Mientras se firmaba la prolongación del contrato, los partidos políticos ponían sus maquinarias electorales en marcha. El 28 de mayo de 2023, los palmesanos fueron a votar y se produjo un vuelco en el salón de plenos. De un gobierno formado por PSIB, Més per Mallorca y Podem se pasó a una mayoría simple del PP, con apoyo externo de Vox. Durante un año y medio, el departamento que dirige la concejala María de las Mercedes Celeste Palmero ha tenido en su mano la posibilidad de desahuciar a JA Riutort SL del bar municipal. No lo ha hecho. Así se infiere en el informe jurídico. Tampoco consta que el Ajuntament de Palma haya elaborado los pliegos de condiciones para sacar a concurso un servicio de hostelería que se licitó por última vez el 31 de octubre de 2002.
Aquel fue el proceso que ganó –en la primavera de 2003– JA Riutort SL. Como indica su web, esta empresa gestiona otros negocios hosteleros situados en espacios públicos. Un ejemplo es la cafetería-restaurante del faro que corona el Cap de Formentor. Un paisaje salvaje y espectacular que supone uno de los grandes reclamos turísticos de la isla. Como una terraza de más de diez mesas con vistas a la Catedral de Mallorca. Por la privilegiada ubicación del bar municipal, JA Riutort SL ha desembolsado un millón de euros a lo largo de dos décadas. Alrededor de 4.000 euros mensuales.
La terraza dispone de más de diez mesas con vistas a la Catedral de Mallorca. Por la privilegiada ubicación del bar municipal, la empresa ha desembolsado un millón de euros a lo largo de dos décadas. Alrededor de 4.000 euros mensuales
El alquiler –así lo reconoce el informe jurídico– dejó de pagarse en abril de 2023, justo cuando se concedió la prórroga. Entonces –dice el documento– se produce una especie de vacío que dura más de dos años y medio. Y, entre medias, los juristas de la institución señalan el “enriquecimiento injusto (...) y beneficio patrimonial del cesionario”. Es decir, de los dueños de una sociedad limitada a la que el Ajuntament de Palma no reclamó sus derechos como propietario hasta el 22 de diciembre de 2025.
¿Cómo lo hizo Cort [nombre popular del Consistorio]? Mientras se celebraba el último Sorteo de Navidad, la Junta de Govern Local ideó una fórmula para resolver el embrollo. El acuerdo se basó en dos puntos principales. El primero, otorgar otro plazo extra a la empresa hostelera hasta el 12 de noviembre que permitiera al Consistorio disponer de margen para realizar el concurso público –que tendría que haberse convocado en 2023, cuando se agotó la concesión. El segundo, reclamar a JA Riutort SL el pago de 150.000 euros. Las mensualidades que tendrá que abonar durante 2026… y las que no pagó a partir del 12 de noviembre de 2023, cuando terminó la prórroga original y los camareros del bar municipal siguieron sirviendo cafés (2,90 euros el café solo), bocadillos (más de 10 euros el más barato) o pizzas (a 19 euros la unidad).
Un informe jurídico del Ayuntamiento de Palma reconoce que la institución dejó de cobrar el alquiler en abril de 2023, cuando se concedió una prórroga, y el Consistorio no reclamó sus derechos como propietario hasta diciembre de 2025. La compañía tendrá que abonar 150.000 euros en 2026
Esa política empresarial de precios para guiris generó un “robusto” beneficio. Ese fue el adjetivo que utilizó en octubre de 2022 la auditoría que elaboró el consultor Vicenç Ribas Fuster por encargo municipal y que aparece citada en el informe jurídico. Un documento donde los juristas de la casa estiran de las orejas al Ajuntament de Palma –“No instó la recuperación del dominio público y permitió la continuidad de una actividad sobre el mismo sin ninguna base jurídica”– a la vez que reconocen que JA Riutort SL cumplió con sus deberes de limpieza, vigilancia y mantenimiento de las instalaciones.
“Es cierto que la concesión está caducada y, en todo caso, se trabaja para volver a licitar. Ahora sí se está pagando lo que establece el canon”, han explicado fuentes consistoriales a elDiario.es, pero sin dar detalles concretos ni ofrecer la posibilidad de plantear dudas específicas a la concejala Celeste Palmero. Una portavoz de JA Riutort SL, por su parte, ha atendido por teléfono a este periódico para recalcar que la empresa no dará su punto de vista sobre unas informaciones que consideran “falsas”. La primera publicación al respecto fue avanzada por el periódico local Última Hora.
El batiburrillo de la tourist trap
El bar lleva en el nombre el apellido que bautiza la que quizás sea la cerveza negra más famosa del planeta: Guinness, todo un símbolo nacional de Irlanda. En el decorado del negocio no hay, en cambio, nada que transporte al cliente a un pub de Belfast, Galway o Cork en plena resaca de San Patricio. Ni mesas y taburetes de madera oscura, ni rastro de verde esmeralda, ni violines y guitarras acústicas: por la tarde, de hecho, suena electrónica por el hilo musical. La carta tampoco es demasiado irlandesa. Ni mallorquina. Resulta ser un batiburrillo de bebidas y comidas –incluida la paella– que suelen aparecer en los restaurantes y cafeterías que se adueñaron en diferentes momentos de los cogollos de las ciudades más turísticas de España. Negocios clónicos que podrían estar en Barcelona o Málaga; en cierta medida, también en Madrid o Sevilla. Pese a la disonancia entre marca y oferta, precio y calidad, a la cantina alquilada –sin alquiler– por el Ajuntament de Palma no parece faltarle la clientela. Las vistas son irresistibles. A las nueve y media de la mañana, un tercio de la terraza ya está llena. Por delante, desfilan algunos jóvenes chupando mate y dos excursiones guiadas. Son decenas de personas, mayoría de matrimonios jubilados.
Los penúltimos turistas de la temporada del Imserso escuchan la historia resumida de la Seu (“Se empezó a construir en el siglo XIII, sobre una mezquita, a la izquierda ven la Almudaina y a la derecha, el Palacio Episcopal…”) que les cuentan los guías. Esperan impacientes para sacarse un selfie (“Espérense, que les dejamos un ratito para que hagan fotos”). Son obedientes ante el consejo de utilizar los baños públicos (“Aprovechen, que son gratis y grandes; en la próxima parada habrá mucha cola”). Los grupos están formados por gente de aquí y de allá. Entre ellos hablan en catalán con acento valenciano o en castellano con acento gaditano. Una madrileña se acerca a unas navarras cuando las escucha decir que son de Aoiz: “En vuestro pueblo estuvo destinado mi marido hace muchos años”. “De Guardia Civil, me imagino”. “Sí, blandiendo el sable…”. Cara de póquer.
–¿Qué les parecen los precios de Palma?
–Uy, todavía no nos ha dado tiempo a hacer gasto –contesta Carmen, una de las navarras–. Aterrizamos anoche, casi a la una. Estamos sin desayunar.
–¿Se van a asentar en este bar a tomar algo?
–No. Parece un poco caro, ¿no?
La intuición de Carmen la confirman Dorothee y Sophia, madre e hija veinteañera, de Hannover, la antítesis de la caricatura de cierto tipo de turista alemán que pasa sus vacaciones en Mallorca. Y no por una cuestión de fidelidad: “Es la cuarta vez que vinimos. La primera, Sophia tenía doce años. Eso sí, no nos verás nunca por el Ballermann: no nos gusta nada de nada”, dice la madre. Y dice la hija: “Somos más de pasear por el centro de Palma y hacer planes culturales. Tomar algo delante de la Catedral y hacernos unas fotos nos encanta… pero nos quedamos en los bancos, como la gente de aquí. Sabemos bien que ese bar es una tourist trap, una trampa para turistas”.
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