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El matón de Vox tiene un plan (y funciona) 

El diputado de Vox, José María Sánchez (d), encarándose con el vicepresidente del Congreso, Gómez de Celis.
15 de abril de 2026 22:44 h

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La política populista, desde Orbán hasta Trump, se ha construido a partir de una combinación de nativismo, intolerancia, grandiosidad y un discurso grosero y matón que persigue, entre otros objetivos, intimidar al adversario y captar el voto emocional. El diputado de Vox José María Sánchez –juez en excedencia, catedrático universitario y letrado del Tribunal de Justicia de la Unión Europea, ahí es nada– nos ha regalado esta semana un ejemplo práctico, cuando se encaramó al estrado del Congreso donde está la Mesa y, después de increpar a una de las letradas de la Cámara, se encaró con el vicepresidente Gómez de Celis, que, ya pasado el trance violento, confesó que llegó a pensar que el ilustre voxero le iba a atizar. No es la primera vez que José María Sánchez la lía en el Congreso: en septiembre de 2021, durante un debate sobre el aborto, llamó “bruja” a la diputada socialista Laura Berja y también fue expulsado del hemiciclo. 

El deterioro de la cortesía parlamentaria es un hecho ya consumado con implicaciones éticas y estéticas y refleja algo más que la pérdida de cordialidad y juego limpio entre adversarios. Hay una estrategia detrás. Por decirlo de alguna manera: el matón grosero de Vox tiene un plan. Se quiere mostrar como audaz y desafiante ante sus seguidores y votantes, muchos de los cuales escogen la papeleta de Vox no porque estén de acuerdo con su programa electoral, del que solo conocen tres lemas, sino por puro y simple cabreo, que tiene tanto causas reales como inducidas e imaginadas. El voto del cabreo necesita aspavientos, confrontación, insultos e intimidación para mantenerse vivo y en forma hasta que lo reciban las urnas. El diputado de Vox muestra a sus votantes que hace y dice lo que le da gana, se convierte en representante y catalizador de emociones y actitudes falsamente libres y alimenta el voto antisistema que necesita para crecer. La intimidación es también una exhibición de fuerza y poder y como explica Pierre Rosanvallon en su libro El siglo del populismo, estas actitudes impactan no solo por su vulgaridad (apreciada por sus seguidores), sino que incitan de manera sistemática e inédita a la polarización política. 

Aunque el común de los españoles, ya sea de derechas o de izquierdas, rechace la actitud chulesca de José María Sánchez, lo cierto es que activa palancas en el terreno de las emociones, actuando del mismo modo que lemas tan deplorables como Que te vote Txapote, Me gusta la fruta o los insultos al presidente del gobierno que se escuchan en estadios o mítines. Estas actitudes sustituyen al discurso político y tienen un gran recorrido mediático (como prueba esta misma columna). Es lo que el teórico francés Christian Salmon llamó la era del “clash”, la abolición de la política basada en narrativas estructuradas y su sustitución por una política dominada por el enfrentamiento, el impacto momentáneo y la ausencia de relato. 

En estas estamos: hablando de la actitud deleznable de un diputado y evitando el debate sobre el difícil momento que está pasando el partido de Santiago Abascal, marcado por las críticas de exdirigentes, la financiación opaca del partido, su falta de experiencia de gobierno y la caída de uno de sus principales apoyos internacionales, Viktor Orbán. Las salidas de tono y groserías de Vox también nos quitan tiempo para hablar sobre el bien común, algo que exige mucho más esfuerzo creativo y mayor compromiso ideológico, y nos instalan en una negatividad anímica que fomenta la desconfianza ciudadana e impide que nos pongamos de acuerdo para construir una sociedad digna. Por cierto, el PP se ha negado a condenar el comportamiento de José María Sánchez: acordémonos de esto cuando nos toque meter la papeleta en la urna. 

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