El 'funeral' en el que Madrid recuperó la alegría: el Café Central se muda al Ateneo con una banda de música infinita
Se tarda menos de cinco minutos en recorrer los menos de 400 metros que separan el Café Central, templo de la música en directo desde su inauguración en 1982, del Ateneo de Madrid. Los cientos de personas que este jueves han completado este camino, sin embargo, han necesitado más de una hora. La multitud ha protagonizado un particular cortejo fúnebre, pero no ha sido la tristeza el motivo de su lentitud. Al contrario: la alegría ha atravesado el centro de Madrid como ya pocas veces se ve en un entorno donde la gentrificación y el turismo masivo parecen haber dejado sin alma todos sus recovecos. Un funeral festivo para lamentar que el Café Central deja su casa, sí, pero que lo hace para renacer de inmediato a unos cuantos pasos.
Después de unos meses de incertidumbre generados por la negativa de la propiedad a renovar el alquiler por motivos de especulación inmobiliaria, este referente cultural abierto en una antigua cristalería ha encontrado una nueva casa en el Ateneo, otro tótem de la vida artística madrileña. Pero no será finalmente en el propio recinto de la institución, sino en la muy cercana calle de Santa Catalina, en el número 10. Es ahí donde el Café Central Ateneo ofrece conciertos desde este mismo jueves 16 de abril, como recoge un cartel colocado en su fachada. El saxofonista Miguel Malla y el grupo Racalmuto han ejercido de maestros de ceremonias. Pero antes, han sido parte de un concierto más extraordinario si cabe. Una actuación en un escenario único, las calles de Madrid y con un público igual de especial, sus gentes.
La idea de los promotores del Café Central era sencilla: que quien lo deseara acudiera a despedirse de la que ha sido su casa durante 44 años. Si era equipados con instrumentos musicales, para tocarlos en la breve ruta que separa la plaza del Ángel de la calle de Santa Catalina, mejor que mejor. El resultado ha sido una asistencia masiva, que ha llenado las inmediaciones de la citada plaza del Ángel ya mucho antes de que el acto (o más bien el acontecimiento) comenzara pasadas las 17.00.
Ha sido entonces cuando Juantxu Bohigues, empleado del Central desde hace doce años y una de sus almas (coordinó el libro de autoría múltiple Café Central. Una historia del jazz), ha tomado la palabra megáfono en mano para agradecer el apoyo masivo a “un funeral que es una resurrección”. “Hoy liberamos el espacio, pero para entregárselo al Ateneo, para que lo custodie y lo proteja, que no se pierda como ha pasado con el Café Gijón o la librería Tipos Infames”, ha proclamado. “El Central es un sentimiento, solo hay que veros para entender lo que es el jazz. Nos gusta la vida y salir, algo que queremos compartir. Todo español y todo madrileño tiene una historia con el Central”, ha dicho antes de apelar directamente al público: “Muchos habéis traído instrumentos, ¿dónde están las guitarras?”. Una pregunta tras la cual varias personas han alzado las suyas al cielo soleado de Madrid. Y entonces, la música empezó a sonar.
Ha comenzado en el balcón de la ya antigua sede del Central. Pero los saxos, trompetas, flautas, guitarras, violines, maracas o panderetas no han tardado en entregarse a una multitud con ganas de celebrar, que ha abierto un camino por el que la improvisada banda (cada vez más numerosa) ha completado la travesía. Sus componentes, que han ido rotando, han sido de todo pelaje: músicos profesionales, amateurs, estudiantes, un niño subido en los brazos de su madre... Pocas veces se festeja una pérdida, pero ha sido más fuerte el consuelo por que el proyecto perviva, aunque sea entre otras cuatro paredes.
Un grupo de cinco mujeres congregadas en la plaza del Ángel, que enlazarán el homenaje con una nueva protesta en defensa de las escuelas infantiles públicas en Callao, atiende a Somos Madrid y cuentan su relación con el local. Mar habla de “un sitio muy especial”. Carmen recuerda con especial cariño “todas las actuaciones de Javier Krahe”, pero su última vez fue “apenas hace un mes”. Otra compañera duda de que su nueva casa vaya a ser lo mismo, porque “esto siempre ha sido muy acogedor”.
Carmen muestra su indignación con las razones detrás de la marcha: “Todo tiene que ver con la gentrificación. Ahora pondrán una tienda de souvenirs, imagino”. Mar opina que “todas estas cosas deberían estar protegidas” y otra amiga lamenta que “es la historia de esta ciudad, que parece un parque de atracciones mientras nos quitan lo nuestro”. Está por ver que el mensaje llegue a las figuras políticas que se han desplazado al lugar: el consejero de Cultura de la Comunidad de Madrid, Mariano de Paco y el ministro de Transformación Digital y Función Pública, Óscar López (líder de los socialistas madrileños).
Sobre la falta de gente joven, que se incorpora al ritmo de la música pero no estaba tan presente al inicio de la concentración, Isabel apunta que “no lo han vivido tanto como nosotros”. “Después del after veníamos aquí. Lo recuerdo con mucho cariño”, rememora. “Los que estamos aquí somos los nostálgicos”, apostilla otra voz entre la multitud.
Dice Isabel que cuando salía de copas el Central era el final de una ruta que pasaba por los bares de la plaza de Santa Ana. Esta vez la trayectoria ha sido a la inversa, ya que la banda de música y su muchedumbre alrededor (o quizá su extensión, por cómo aplaudía y coreaba, creando una banda infinita) ha cruzado este enclave en su camino al Ateneo. Es entonces cuando a quienes acudían para el evento se han unido muchos otros curiosos. Entre ellos unos cuantos visitantes extranjeros, dando pie a una curiosa paradoja: la celebración ha sido tan abierta que han formado parte de ella esos mismos turistas que engrasan el modelo que ha expulsado al Café Central.
Aunque más hermoso si cabe ha sido ver cómo se incorporaba al gentío un trabajador de la limpieza del Ayuntamiento de Madrid. El hombre no ha dudado en detener un momento sus labores para adentrarse en el meollo, dejar unos cuantos pasos prohibidos y sacarse fotos o vídeos junto a la banda. Su imagen al lado de Juantxu Bohigues, la que sigue a estas líneas, es quizá el mejor ejemplo de lo que esta jornada y estos 44 años de historia del Café Central han significado para la ciudad.
El heterogéneo y multitudinario grupo ha llegado al Ateneo, en el 21 de la calle del Prado, pasadas las 18.00. Pero la efervescencia ha sido la misma, por mucho que en esa hora de camino la banda no haya parado de tocar o se detuviera en varias ocasiones para ofrecer pequeñas actuaciones que han causado el regocijo en la audiencia. Una responsable de la institución ha agradecido desde la puerta el respaldo ciudadano y ha animado a disfrutar la etapa que está por venir: “Hay espacios que no deberían desaparecer nunca. Larga vida al Café Central Ateneo. Bienvenidos”.
La comitiva ha concluido en la mencionada nueva sede, que no está en realidad dentro del Ateneo como tal, sino en un local muy cercano ubicado en el 10 de la calle Santa Catalina. El último tema que la banda infinita ha regalado a la muchedumbre ha estado acompañado esta última vez con unos improvisados bailes de algunos de los asistentes. La calzada se ha convertido en una suerte de pista de baile al lado del nuevo Café Central, que ha visto este jueves la primera de sus (esperemos) muchas historias para el recuerdo.
“La intención es continuar con la programación habitual de dos conciertos cada noche del año, ofreciendo la posibilidad de terminar su día con música en vivo. De forma paralela, se programarán varias noches en La Cátedra del Ateneo, un auditorio histórico de acústica excepcional que permitirá ampliar la propuesta artística en un entorno singular”, destacaban ya en la convocatoria desde el Central, apelando a las posibilidades del nuevo recinto que les servirá de cobijo.
Avanzan que esta nueva etapa ya ha confirmado la presencia de figuras importantes para el Café Central, como Joshua Edelman, Jorge Pardo, Guillermo McGill, Cecilia Krull, Lluís Coloma, Sheila Blanco, Federico Lechner o Ignasi Terraza. “El Café Central se despide de un espacio que ha sido referencia durante décadas, pero lo hace afirmando su identidad más allá de un lugar físico, libre ya de su antiguo emplazamiento y con la mirada puesta en el futuro, reafirmando su vocación de ser un lugar de encuentro para la música y para quienes la viven cada noche”, recalcan.
Es, desde luego, lo que logró en su día de mudanza (¿o era un funeral?). Una despedida en la que el público acabó pidiendo otra frente al nuevo Café Central Ateneo. Cuando en su interior preparaban ya la puesta a punto para la primera noche, cuando muchas personas comenzaban a marcharse, la música seguía sonado en la calle. En parte era gracias a algunos músicos que querían alargar la jarana, pero también porque el Central ha conseguido hoy y todos estos años hacerla eterna, infinita. Hacerla banda sonora de Madrid.
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