La vida se muere

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Quienes me conocen sabrán interpretar estas líneas. Quienes no, pueden preguntar en esos entornos cotidianos. Y en conversaciones de distancias cortas afloran los detalles que se esconden en las trastiendas. Lejos de la decoración del escaparate ornamentado.

Lo que la naturaleza no se llevó, va desapareciendo en decisiones políticas que no miden las consecuencias del corto plazo. En eso cotidiano que pretende continuar, surgen murallas que nacen de la carencia de entender lo que es la calle. La calle es para parar, encontrarse, tropezarse o quedar para llorar o reír, pero siempre para compartir esos momentos de consuelo que nos deja la rutina y las obligaciones.

Esos lugares han existido siempre formando parte de una esencia y un entender la vida. Cuevas, templos, rincones... puntos de encuentro en los que descargar las frustraciones, los miedos, las preocupaciones. También circos de celebraciones y alegrías, de amores y romerías. Son esos lugares en los que la confianza comparte la mesa, en los que la barra habla en susurros a ratos, a gritos en otros. Son espacios escuetos donde se baja la guardia. Donde todo o nada se tiene en cuenta mañana. Que la dosis hace el veneno y del veneno surge el antídoto.

Son lugares no prescindibles porque sanan las almas, alegran los corazones, se reparten las penas y las risas se ofrecen sin pedir nada a cambio. Y, sin embargo, son lugares que atisban su propia extinción. Incapaces de hallar quienes ofrezcan los efímeros elixires. Quienes me conocen me saben de esos templos en los que se habla y se escucha, se comparte y se difiere. También se oye sin la obligación del aplauso. Y se comparte esa percepción general de que el final puede estar cerca para muchos de ellos. Esos lugares de reuniones improvisadas, de citas no preparadas, cuando a la salida del trabajo acudimos en las primeras horas que atraviesan el mediodía del viernes. Con el ansia de abrir el paréntesis entre gente que no se distingue, porque ahí y entonces, son iguales. Interventores, abogadas, uniformes blancos de los servicios sociales, operarios del ayuntamiento, repartidores, maestras, agricultores y autónomas, mecánicos con experiencia... que pocos son los cargos que por ahí asoman más allá de la campaña pertinente.

Desde los despachos, tan lejos de las calles, corre el afán de lo inmediato y ahí que, sin margen para diseñarlo, replican algo ordinario. Un Plan de Empleo Extraordinario, que lleva en ello la Formación. Y así personas con formación, hallan en esta fórmula la mejor opción. Ese compromiso diario, de lunes a viernes en un buen horario (de 8h a 15h), que además de con buen salario, no siempre se está vigilando. Que hay que cumplir los plazos, que no los rige la producción de quien invierte. Que no hay inversión alguna, salvo un coste de dinero público que basta con justificar sin necesidad de hacer balances. El efecto no es en absoluto un acierto. Quienes en régimen de autónomo no hallan personal, lo encontrarán en ese Plan como una suerte de saco sin fondo donde siempre hay un rincón. Sin discriminación de la necesidad verdadera, titulados en algún sector, profesionales con experiencia encuentran en ese Plan una buena ocasión. Las calles están vacías. Las mismas calles que a las mismas horas tras la erupción, se empeñaban en germinar tumultos.

Esos lugares, esos templos, esos rincones han reducido primero su horario, los días de apertura después y ya anuncian el traspaso, el cierre, la claudicación. Incapaces de encontrar personal, incapaces de afrontar los costes. Y me consta, de los que hablo, son lugares que pagan bien. Cuando la calle haya muerto, habrá perecido el rincón que, a pesar de todo el dolor, luchando contra corriente, sobrevivieron a una erupción. Incapaces, sin embargo, se salvar esos obstáculos que, sin intención como sin pensarlo, nacieron en los despachos. Tan lejos de la calle que no se escuchan las tertulias del barrio.

Mañana será otro día. Que llegue más tarde si puede. Pero no volverá a ser lo mismo. Porque la atmósfera que se alimenta de los años tendrá que empezar de cero. Elegiremos otros lugares, acaso insistiremos en los de antes, nos encontraremos con otras gentes y habrá que iniciar de nuevo aquello que se negó a morir y, sin embargo, lo mataron. Y a las críticas por esta apología, miremos también los hoteles sin personal, la alternativa en un sector primario que no es opción de un futuro extraordinario, las tiendas sostenidas con horarios más largos que los inventarios. Y la vida será diferente.

Nos quedará el recuerdo de aquellos rincones, de sus olores y conversaciones, de las gentes que frecuentaban (entiéndase el tiempo pretérito), los sabores particulares, los colores en las paredes... mientras sí permanecerán los lugares donde se encuentran quienes, en sus decisiones cerraron los nuestros. Poco importa pues no se comparten. Y lo que no se comparte, no se vive. Y lo que no se vive no puede amarse. Y amar es sentir, y los lugares donde el sentir se comparte se ven difuminarse. La vida se muere. Seguirá otra. Pero será otra. Diferente y con el sabor amargo y resentido de renunciar a lo de siempre. Eso que había quedado al capricho de la naturaleza y que no puede sobrevivir a decisiones que son ajenas.

 

Eduardo Cabrera Capote

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