Sinvergüenzas

Once y veinte de la noche. En la Terminal 4 de Barajas sólo se respira tensión. El temporal de nieve parece haber puesto de manifiesto la falta de previsión de la compañía Iberia. Son muchos los pasajeros que aguardan todavía con paciencia algún tipo de información que pueda llegarles por megafonía. Entre ellos, hay uno que destaca: un bebé de diez meses. Su madre, canaria, y su padre, pamplonés, no pueden evitar esconder un rostro desencajado e inseguro. Llevan esperando casi tres horas una solución que no llega. La risa del bebé, sin embargo, resuena por unas instalaciones en las que sólo se oye desconsuelo e incertidumbre.

La búsqueda de ayuda se vuelve imposible. Unas mil personas miran al infinito intentando encontrar a alguien que les explique por qué no se cumplen los horarios, dónde van a dormir o qué van a comer. Nadie responde. En toda la Terminal sólo están disponibles cuatro puntos de información: dos de Aena y dos de Iberia. En los dos primeros la información es escasa y se proporciona a cuentagotas.

Uno de los puntos de Aena se encuentra a escasos metros del único restaurante abierto. Pasajeros y pasajeras se apilan y forman una hilera en busca de asilo informativo. Es el caso de una peruana de pelo blanco. Es la primera vez que pisa Barajas y ya se conoce el aeropuerto de memoria. No es para menos, lleva tirada en Madrid nueve horas. La anciana, aún en la cola, mira a su alrededor al tiempo que frunce el ceño y abre los ojos sobremanera. Probablemente no pueda entender cómo en un aeropuerto internacional haya niños y ancianos durmiendo en el suelo al tiempo que abrazan sus mochilas para que no se las roben. Cuando la peruana llega al punto de información, su pregunta no puede ser más sincera y clara: “¿Qué debo hacer?”. La respuesta, no obstante, no puede ser más anodina: “Hable con su compañía”. Veinte minutos de espera para nada.

El panorama en las oficinas de Iberia es bien distinto. En una de ellas se amontonan unas cien personas. Allí, un extranjero de unos sesenta años le echa coraje al asunto y se coloca el último de la fila. En ese instante, uno de los siete guardias civiles que custodian a las operarias de Iberia le pregunta: “¿Sabe usted cuánto tiempo le queda para que le atiendan?”. El mutismo del turista es atronador. No sabe y no contesta. “Desde ese punto, cuatro horas”, afirma el agente.

Colas interminables, promesas incumplidas, dinero perdido e indemnizaciones que nunca llegarán: este es el panorama que se respiraba este sábado en la T4. Sentimientos de injusticia que dejaron mella en las interminables hileras de gente que buscaba información. En ellas, una mujer de unos cincuenta años no pudo evitar la espera y cayó desplomada presa de la angustia. Una agente de seguridad cogiéndole la mano, un cojín y un poco de agua fue lo único que obtuvo durante casi 25 minutos. Después, y tras una expectación ensordecedora, el personal médico del aeropuerto intentaba con ahínco borrar la palidez de la cara de una mujer que sólo deseaba informarse.

El tiempo va pasando y algunos pasajeros encuentran cauces de comunicación alternativos. Un estudiante de unos veinte años parece ver la luz al encontrar un teléfono en una de las puertas de embarque, en la K88. Desde allí marca una serie de dígitos que halla en la mesa anexa al inalámbrico y, por fin, acierta a comunicarse con alguien.

-“Te llamo de la K88 y necesito que me informes sobre el vuelo que va a Pamplona” -expone el joven.

-“No está cancelado pero se puede pasar así toda la noche” ?anuncia una voz femenina al otro lado.

Cancelaciones que llegarán o no, así se podría definir la noche invernal que se vivió en Barajas hace apenas unas horas. Andrés Gallego es taxista y vive en Madrid. Éste asegura que no es la primera vez que ve situaciones similares. “Al fin y al cabo -asegura el taxista- todo es un conjunto de estrategias que hacen que muchos pasen la noche en el aeropuerto”. “Se sabe -continúa- que muchos vuelos no van a salir, pero a las compañías les conviene cancelarlos tarde para que al cliente no le compense ir a un hotel; y eso también me perjudica a mi”.

Son casi las dos de la madrugada y el ambiente que se respira en la T4 es el mismo que el de hace un par de horas. Lo único que se puede hacer es amontonarse alrededor de las colas de información. Iberia debe responder y la única opción es esperar. Cuatro operarias de la compañía despachan a destajo y apremian las últimas consultas. En un momento dado, deciden parar. “Cambio de turno”, grita una de ellas. El gentío, crédulo, decide permanecer a la espera mientras las empleadas recogen y se marchan. Una vez se pierde la estela de las cuatro chicas en el horizonte, los agentes de la Guardia Civil deciden hablar a favor del más débil. Uno de los agentes, el más alto, da un paso al frente y enuncia: “No van a volver hasta mañana por la mañana”.

Las caras de los asistentes al bochornoso espectáculo se mantienen como hasta entonces: desesperanzadas e inertes. El silencio se apropia de los alrededores. Las miradas de incomprensión se cruzan sin dar con nada. Muchos se van. Otros optan por tirar el abrigo al suelo cual colchón y esperar. Sólo uno decide gritar: “¡Sinvergüenzas!”.

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