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El botón de donar

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Han pasado casi dos meses desde que los terremotos sacudieron Venezuela. Hoy ya casi nadie habla de ellos. Las cámaras se marcharon. Los informativos encontraron nuevas urgencias. Las tertulias cambiaron de tema. Las alertas de última hora desaparecieron del teléfono móvil.

Pero las familias siguen allí. Intentando reconstruir una casa. Buscando a quienes todavía no han aparecido. Tratando de empezar otra vez con lo poco que les quedó después de que la tierra decidiera cambiarles la vida para siempre.

Las tragedias tienen una segunda muerte. La primera la provocan los terremotos. La segunda llega cuando desaparecen de nuestra conversación.

Quizá por eso, hace unos días, al entrar en la aplicación de mi banco, me detuve unos segundos cuando apareció un mensaje que ya casi había olvidado.

“Dona para ayudar a los afectados por los terremotos de Venezuela”. Pulsé el botón. Lo hice convencido. Porque detrás de aquella pantalla no había un país. Había personas. Personas que necesitaban ayuda. Y seguirán necesitándola cuando este artículo vea la luz.

Pero, mientras confirmaba la operación, apareció otra pregunta. Ya sé cuánto he donado yo. ¿Pero cuál ha sido el compromiso económico de quien acaba de pedirme solidaridad?

No me hago esa pregunta para restar valor a la solidaridad ciudadana. Todo lo contrario. Creo profundamente en ella. Si algo ha demostrado esta sociedad una y otra vez es que los ciudadanos siempre responden cuando alguien lo pierde todo. Y eso nos honra.

También es justo reconocer a quienes sí dieron un paso al frente.

BBVA anunció una donación directa de cinco millones de euros. Inditex destinó otros tres millones de euros para atender la emergencia a través de Cruz Roja.

Esas decisiones merecen reconocimiento. Porque cuando una empresa actúa con rapidez y compromiso también hay que decirlo. Ojalá muchas más hubieran hecho lo mismo.

Pero precisamente porque conocemos esas aportaciones, la pregunta resulta todavía más necesaria.

¿Dónde están las demás? No hago esta pregunta para señalar a nadie. La hago porque las grandes tragedias necesitan grandes compromisos.

Hace unos años el incendio de la catedral de Notre-Dame conmocionó al mundo. Y era lógico.

Aquella catedral representaba una parte de la historia, de la cultura y del patrimonio de la humanidad. Solo el grupo LVMH anunció una donación de 200 millones de euros. En apenas unos días, las promesas para reconstruir Notre-Dame superaban los 840 millones de euros.

Y me pareció extraordinario. Porque proteger el patrimonio también significa proteger nuestra memoria. Pero entonces vuelvo a pensar en Venezuela. No en un edificio. En las personas. En miles de familias. En niños. En personas mayores. En personas con discapacidad. En quienes continúan intentando reconstruir una vida que ya nunca volverá a ser igual.

Y no puedo evitar hacerme una pregunta. ¿Por qué el mundo fue capaz de movilizar semejante cantidad de recursos en cuestión de días para reconstruir un símbolo y, casi dos meses después, seguimos conociendo tan pocas grandes aportaciones empresariales para reconstruir miles de vidas?

No comparo una catedral con una tragedia humana. Sería profundamente injusto. Lo que comparo es nuestra capacidad para mantener viva la solidaridad. Nuestra memoria. Nuestra velocidad para reaccionar. Y nuestra rapidez para olvidar.

Seguiré donando siempre que pueda. Lo haré convencido de que detrás de cada euro hay alguien intentando volver a empezar. Nunca me molestará que mi banco me invite a ser solidario.

Lo que espero es que, cuando pulse ese botón, quienes tienen una capacidad infinitamente mayor para cambiar la vida de miles de personas ya hayan demostrado antes su propio compromiso.

Porque la solidaridad ciudadana es imprescindible. Pero no puede convertirse en el refugio permanente de quienes tienen la responsabilidad y los recursos para hacer mucho más. Dentro de unos días volveré a abrir la aplicación de mi banco. Quizá el botón para donar ya no esté. Como tampoco estarán los grandes titulares.

Pero las personas seguirán allí. En La Guaira. En Caracas. En cada barrio donde la tierra les arrebató una casa, un negocio, una escuela o un proyecto de vida. Seguirán intentando reconstruir lo que un terremoto destruyó en apenas unos segundos.

Y quizá esa sea la verdadera tragedia.

No que el mundo deje de emocionarse. Sino que aprenda a olvidar demasiado deprisa. Porque cuando dejamos de hablar de una tragedia, las víctimas no desaparecen. Solo desaparecen de nuestra memoria.

Y una sociedad que olvida tan rápido el sufrimiento de los demás corre el riesgo de acostumbrarse a convivir con él.

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