La pasarela se inauguró. La igualdad de oportunidades, todavía no
Ha pasado algo más de un mes desde que se inauguró la pasarela del Padre Anchieta. Ya no quedan cámaras. Ni discursos. Ni fotografías del corte de cinta.
Ha transcurrido el tiempo suficiente para que una obra pública deje de pertenecer a quienes la proyectaron y empiece a pertenecer a quienes la utilizan cada día.
Y precisamente ahí comienza esta historia.
Hace unos días crucé la nueva pasarela. O, mejor dicho, intenté cruzarla. Soy una persona ciega.
Mientras avanzaba, no pensaba en arquitectura. Ni en ingeniería. Ni en el presupuesto de la obra. Pensaba en algo mucho más sencillo. En no perder la referencia. En saber por dónde continuar. En moverme con la misma tranquilidad con la que cualquier otra persona atraviesa un espacio público.
Cuando una persona tiene que dedicar toda su atención a algo tan básico como orientarse para cruzar una infraestructura, comprende que la accesibilidad no puede darse nunca por supuesta.
Aquella mañana no fui el único.
También realizaron el recorrido personas usuarias de silla de ruedas, personas con dificultades de movilidad, personas mayores, personas que utilizan un andador y otras que necesitan apoyo para desplazarse.
Cada una encontró una dificultad distinta.
Y entonces apareció una pregunta que todavía hoy sigue acompañándome. ¿Cuándo podemos decir de verdad que una infraestructura es accesible? ¿Cuándo termina la obra? ¿Cuándo cumple una normativa? ¿O cuando cualquier persona puede utilizarla con autonomía, seguridad y dignidad?
Creo que ahí está la diferencia.
Porque la accesibilidad nunca ha sido únicamente una cuestión técnica. Es, sobre todo, una cuestión de dignidad. Y también de igualdad de oportunidades. Significa que una persona ciega pueda orientarse con seguridad. Que una persona mayor no tenga que preguntarse si tendrá fuerzas para llegar arriba. Que quien utiliza una silla de ruedas o un andador pueda desplazarse sin depender de otra persona. Que nadie tenga que renunciar a un recorrido porque el esfuerzo que exige supera sus posibilidades.
Las barreras más difíciles de derribar no siempre son las de hormigón.
Son las que no aparecen en los planos. Las que nacen cuando creemos que una infraestructura termina el día que se inaugura.
La realidad demuestra que empieza ese mismo día.
Llevamos años hablando de la accesibilidad universal.
Aprobamos leyes. Redactamos reglamentos. Inauguramos infraestructuras. Pero seguimos olvidando la única prueba que realmente importa.
La de las personas.
Porque una pendiente dibujada sobre un plano nunca se cansa. Un plano nunca pierde la orientación. Un proyecto nunca necesita detenerse para recuperar el aliento. Las personas sí. Y por eso la accesibilidad no puede evaluarse únicamente desde un despacho. Debe comprobarse caminando. Utilizando un bastón. Empujando una silla de ruedas. Avanzando con un andador. Envejeciendo.
Viviendo la ciudad.
No escribo estas líneas para desacreditar una obra. Las escribo porque todavía estamos a tiempo de mejorarla. Escuchar a quienes encuentran dificultades no debería interpretarse como una crítica.
Debería entenderse como la mejor oportunidad para construir ciudades mejores. Porque rectificar no debilita a una administración. La fortalece.
Y demuestra que entiende que las ciudades no se construyen para admirarlas. Se construyen para habitarlas. Las ciudades no se parecen a sus edificios. Se parecen a los valores con los que fueron diseñadas.
Y una sociedad no demuestra su grandeza el día que inaugura una infraestructura. La demuestra cuando cualquier persona —tenga o no una discapacidad, sea mayor, utilice un bastón, un andador o una silla de ruedas— puede recorrerla con la misma autonomía, la misma dignidad y las mismas oportunidades que las demás.
Porque la accesibilidad no empieza cuando se corta una cinta. Empieza cuando deja de ser una promesa y se convierte, sencillamente, en una realidad.
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