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La hipocresía de un país sin memoria: cuando el odio también hace caja

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España tiene un problema gravísimo de memoria. Y no, no hablo solo de los políticos ultras que han decidido convertir el sufrimiento humano en una campaña electoral permanente. Hablo también de una parte de la sociedad que aplaude discursos miserables contra la inmigración mientras llena sus bolsillos gracias al sudor de quienes vienen de fuera intentando sobrevivir.

Resulta indignante escuchar a determinados partidos políticos, tribunales y a instituciones como la Comunidad de Madrid pedir a los jueces que frenen o anulen procesos de regularización de inmigrantes, como si habláramos de mercancía defectuosa y no de personas. Personas. Seres humanos. Familias enteras que han cruzado océanos, desiertos y fronteras huyendo exactamente de lo mismo de lo que huyeron millones de españoles durante décadas: hambre, guerra, miedo y desesperación.

Qué rápido se nos olvida que media España tuvo que escapar tras la Guerra Civil. Qué rápido se borra de la memoria colectiva aquella posguerra miserable donde nuestros abuelos o padres sobrevivían entre cartillas de racionamiento, hambre y humillación. Españoles acogidos en Francia, Alemania, Suiza, México, Argentina o Venezuela. Españoles limpiando suelos, trabajando en fábricas y levantando países ajenos para poder mandar dinero a casa y alimentar a sus familias.

¿Y ahora pretendemos mirar por encima del hombro a quien hace exactamente lo mismo?

La hipocresía en este país ya no tiene límites.

Porque los mismos que vomitan discursos contra los inmigrantes no tienen ningún problema en alquilarles pisos infectos a precios criminales. Los mismos que dicen que “sobran extranjeros” son los primeros en cobrarles 900 euros por habitaciones sin ventanas. Los mismos que se indignan por ver manteros en la calle luego no rechazan el dinero cuando esos inmigrantes compran en sus negocios, trabajan en sus empresas o sostienen sectores enteros de la economía con salarios de miseria.

Qué curioso: para insultarlos sí sirven, pero para cobrarles nunca molestan.

Ahí desaparece la bandera. Ahí desaparece el patriotismo. Ahí desaparece la supuesta defensa de España.

Porque cuando el dinero entra en caja, da igual si viene de un blanco, de un negro, de un chino, de un africano o de un sudamericano. El dinero no tiene nacionalidad. La codicia tampoco. Y esa es la verdad incómoda que muchos no quieren escuchar: vivimos en una sociedad donde demasiada gente critica la inmigración mientras saquea económicamente a quienes menos tienen.

Se habla de invasión, pero nadie renuncia a los beneficios que generan esas personas explotadas. Se habla de delincuencia, pero nadie devuelve el alquiler abusivo cobrado a familias inmigrantes hacinadas. Se habla de proteger España, mientras se construyen negocios enteros sobre la precariedad de quienes llegaron aquí sin nada.

Y mientras tanto, seguimos educando a generaciones enteras sin memoria histórica, sin empatía y sin humanidad. Como si nuestros abuelos no hubieran sido también “los de fuera”. Como si no hubiéramos necesitado que otros países abrieran sus puertas para que España pudiera sobrevivir a su propia tragedia.

La verdadera vergüenza no es que haya inmigrantes intentando regularizar su situación. La verdadera vergüenza es una sociedad capaz de enriquecerse gracias a ellos mientras los señala con el dedo.

Así que, señores empresarios, señores especuladores y señores patriotas de saldo: si tanto les molestan los inmigrantes, tengan coherencia. No alquilen sus viviendas a familias extranjeras. No acepten su dinero. No vendan en sus negocios a quienes tanto desprecian. No construyan fortunas sobre la necesidad ajena mientras luego se envuelven en discursos de odio.

No lo harán.

¿Y saben por qué?

Porque al final, lo único que mueve este mundo no es la patria, ni la moral, ni los principios.

Es el dinero.

Y demasiados están dispuestos a pisotear la dignidad humana con tal de llenar un poco más sus bolsillos.

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