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Circe, convirtiéndonos en cerdos por Leoncio González

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Muchos de ellos caen en la desgracia, abandonan la realidad y deambulan por la calle, sin afeitar, sumidos en un desbarrancadero sin salida. Y esto suele pasar mucho en Canarias. Recientemente la editorial Pretextos ha sacado la obra póstuma de Luis Feria, un poeta excelente, quizás el mejor de la generación de la posguerra canaria, quizás el único, olvidado durante años por los dirigentes de estas islas descastadas, olvidadizas -relegado en vida a un ostracismo doloroso- y que siempre miran hacia otro lado.

Ahora, me entero de que Luis Alemany duerme en la calle, como lo hicieron otros tantos grandes de la literatura universal, pero en un tiempo en el que esto ya no debería pasar, en un tiempo en el que pensábamos algunos que habríamos ya superado determinadas cosas y en el que nos damos cuenta de que nada más lejos de la realidad.

Un concejal de esta ciudad ha dicho este lunes por la radio “que si alguien lo ve que avise al Ayuntamiento para que los servicios sociales se hagan cargo de él”, y se ha quedado tan fresco, con su chófer aparcado en la puerta de la emisora, y pensando seguramente en algún almuerzo de “empresa” al que tendría que acudir, o en un homenaje institucional que debería presidir, (un concejal del mismo grupo político que aquella edil que no sabía lo que significaban las siglas ONG).

Luis Alemany es una de las pocas voces serias (excelente novelista, dramaturgo y crítico) de la literatura canaria del siglo XX (tan escasa, tan escueta, tan llena de nombres vacíos?). A este señor político que le quiere dar una plaza en el albergue municipal se le debería caer la cara de vergüenza sólo de insinuar esta solución 'a medias' en la indigencia del escritor. ¡Qué poca memoria tenemos en Canarias!, qué serviles somos siempre con eso que tanto proclaman en la tele 'oficial' de “lo nuestro”.

“Que los servicios sociales se hagan cargo de él”, esto es lo único que Santa Cruz y Canarias puede ofrecer al autor de Los Puercos de Circe.

Qué visionario fue Alemany cuando a mediados de los ochenta escribió esta novela, cómo sabía él, de buena fuente, que desde un chiquero lleno de vanidades los dioses nos dieron la capacidad de andar a dos patas. Ahora, solo y sin nada que comer, recorre las calles de esta ciudad desagradecida y ridícula, de esta porqueriza en la que la cultura no tiene cabida. No creo que Alemany espere la conmiseración pública de un concejal de medio pelo. No la necesita, necesita otras cosas.

Leoncio González

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