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El feminismo ya no hace falta

Opinión Silvia Grimón.
9 de abril de 2026 15:13 h

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En el debate de la igualdad no faltan los discursos que nos hablan de una tarea conseguida, echando la vista atrás no es difícil estar de acuerdo con ciertas afirmaciones de progreso y mejora en la materia. Sin embargo, hablar de igualdad y solo opinar desde un punto de vista diacrónico conlleva el ignorar la realidad actual. Lo normal es que, a medida que una sociedad avanza, también avancen los derechos de los que gozan sus componentes. Pero hablar de la igualdad como algo conseguido sería pasar por alto el auge del fascismo y la ola reaccionaria de machismo que se vive hoy en día, no solo en España, sino en muchos países de Europa en los que la entrada de la extrema derecha en los gobiernos no es solo una amenaza sino una realidad. Con una situación política de extrema crispación y binarismo en la que vivimos, el feminismo deja de ser una lucha social y pasa a convertirse en un arma arrojadiza más ligada a una ideología política que a una consecución de derechos básicos para los ciudadanos, tanto hombres como mujeres. ¿Por qué emergen tantos detractores del feminismo en una sociedad moderna?

Si hablamos de datos en materia de violencia machista podemos observar un patrón de lo más interesante: antes de la creación del primer Ministerio de Igualdad en 2008 las cifras de mujeres asesinas por sus parejas o exparejas se elevaba a 76 víctimas, tras un año de funcionamiento del Ministerio la cifra se reducía a 58 en 2009 y volvía a aumentar en 2010 hasta las 74 mujeres asesinadas. Algo similar ocurre en la segunda etapa del Ministerio en 2020: antes del Ministerio el número de víctimas era de 56 mujeres, una vez se puso en marcha el Ministerio la cifra volvió a bajar hasta las 49 en el año 2021, y después vuelve a aumentar en 58 víctimas en el año 2023. Con estos datos podríamos hacer la siguiente hipótesis: el impacto directo del Ministerio de Igualdad en positivo en primera instancia (baja el número de víctimas) pero con el paso del tiempo ocurre un efecto rebote (la cifra vuelve a aumentar). Mientras más se pone el foco en los problemas específicos que sufren las mujeres más parece que estos crecen. Sin embargo, sería un error culpar a un organismo que lo que hace es dar visibilidad a un problema ya existente.

La respuesta tan reaccionaria de un sector de la población (en su gran mayoría masculino) a las leyes más “feministas” pone de manifiesto el egoísmo de unos sujetos que siempre han tenido privilegios, unos privilegios que no quieren compartir para evitar poner en riesgo su posición de poder. Cuando las leyes sociales favorecían tanto a hombres como mujeres, véase la ley del divorcio, no existía tanto debate (excepto en los sectores más religiosos). Esas leyes sociales se consideraban de familia, un término colectivo que chirría menos que la especificidad del género femenino. Al verse fuera de los beneficios de estas leyes específicas para mujeres (el beneficio de la igualdad del que ya gozan los hombres), los sectores más tradicionales y machistas comienzan una cruzada contra el feminismo, viéndose excluidos en un problema en el que ellos son los agresores, un problema que ha creado la sociedad patriarcal que ellos mismos defienden. Llama la atención la vehemencia con la que muchos hombres critican leyes que solo afectan a la mujer, como la ley del aborto. La obsesión por controlar a las mujeres y juzgar su capacidad antes de tomar decisiones sobre su propio cuerpo no es casualidad, es una manera de infantilizar a las mujeres en la que incluso las instituciones adoptan un papel paternalista: hasta la reforma de la ley del aborto en 2023 las mujeres debían pasar tres días de reflexión por ley desde que solicitaban el aborto hasta que se llevaba acabo la intervención. Incluso una vez tomada la decisión de contactar con una clínica de aborto, el Gobierno pide a las mujeres que se lo piensen tres días más.

A pesar de que el peso de las decisiones finales dependa de las instituciones, debemos abordar también cómo se propagan estos discursos machistas. Las redes sociales tienen un papel crucial en esta retórica, el hecho de que cualquier persona pueda publicar lo que quiera y llegar a una audiencia de cientos de usuarios hace que confundamos la libertad de expresión con la falta de respeto. El anonimato propio de estas redes sociales sirve de combustible para todas aquellas personas que no se atreven a decir lo que piensan en público, pero se sienten protegidos en internet. No hay que olvidar que muchas de estas redes sociales están en manos de grandes magnates de ciertas ideologías políticas cuestionables que alimentan este tipo de comentarios y no los censuran. Fue tema de debate en Estados Unidos la empresa Facebook y su no censura a los bulos políticos en época de campaña electoral. No llama la atención que tras ganar las elecciones Donald Trump el creador y dueño de Facebook, Mark Zuckerberg, donara un millón de dólares para la fiesta inaugural del nuevo presidente. También es un problema el auge de los llamados “influencers”. Estas personas tienen un público de media bastante joven que los idolatran. Estos populares “influencers” suelen ganar mucho dinero, muchos de ellos se van de España en busca de paraíso fiscales donde tributar menos, es decir, no están en contacto con la clase obrera española, justo de donde proviene la gran mayoría de su público. Desde una esfera de privilegios es difícil tener una visión real de los problemas sociales. Los discursos de estas personas calan en adolescentes que aspiran a tener una vida similar a la de sus ídolos sin darse cuenta de que su realidad es otra muy distinta. Por poner un ejemplo claro y reciente hablaremos de un conocido “streamer” español conocido como Xocas. En 2022, durante uno de sus populares directos en la plataforma Twitch, el “streamer” comentó que tenía un amigo que cuando iba a las discotecas no bebía mucho para poder acercarse así a las chicas que sí estaban más intoxicadas y poder ligar de manera más fácil, Xocas calificó esta actuación como un “trucazo” y elogió a su amigo llamándolo “crack”. Los sectores feministas no tardaron en criticar estas declaraciones e incluso el Ministerio de Igualdad se hizo eco de ellas en una campaña publicitaria. Lejos de pedir perdón, el “streamer” se reafirmó en lo que había dicho y añadió que Irene Montero tenía que “ponerse a trabajar” y que por su culpa había crecido la separación entre hombres y mujeres. Uno podría pensar que estas declaraciones supondrían el declive de este sujeto, nada más lejos de la realidad, a la semana siguiente tenía un millón más de seguidores. Son este tipo de discursos los que corrompen las mentes de los más jóvenes y plantan en ellos unas ideas machistas.

La crítica a Irene Montero no es algo anecdótico, viene siendo la norma desde que ocupó el puesto de ministra de Igualdad. Esto nos lleva a la importancia de la visibilidad femenina en puestos de poder y el trato que reciben estas mujeres por ocupar puestos que tradicionalmente han sido masculinos. El escrutinio al que se someten a todas aquellas mujeres en política, especialmente las vocalmente feministas, denota una doble vara de medir. Cuando Irene Montero fue nombrada ministras los sectores de la oposición adoptaron un discurso inherentemente machista, el propio Pablo Casado, secretario general del Partido Popular en 2021 llegó a decir: “Tenemos a una mujer ministra en el Gobierno por ser mujer de un vicepresidente”. El señor Casado obvió el hecho de que Irene Montero se hubiera licenciado en psicología y hubiera hecho un máster en psicología de la educación, tampoco mencionó que ella misma se había costeado sus estudios a base de sacar matrículas de honor, o que la Universidad de Harvard la había ofrecido una estancia para realizar un doctorado que rechazó para centrarse en su carrera política. Esta formación no sirve para nada, el valor de Irene Montero se reduce a ser la mujer de alguien. El acoso y derribo que sufren las mujeres en puestos de poder es otra herramienta del patriarcado, un correctivo para dar ejemplo a todas aquellas mujeres que piensen en seguir los pasos de Irene Montero y es que ella misma fue alejada de su puesto, quizás por eso la nueva ministra de Igualdad mantenga un perfil más bajo.

No debemos pasar por alto la ley del ministerio de Igualdad más criticada, la conocida como la ley “sólo sí es sí” y su aplicación por los jueces. Es aquí dónde toma más importancia aun la presencia femenina en el órgano judicial. Resulta llamativo el siguiente dato: el porcentaje de juezas es del 57’2% y de jueces del 42,8%. Sin embargo, mientras más subimos de importancia en los puestos menos mujeres encontramos, de los 17 Tribunales de Justicia que hay en España tan solo encontramos a dos mujeres cómo presidentas. Lo cierto es que cuando se trata de conseguir un puesto por méritos propios las mujeres no tienen problema (he ahí el porcentaje), pero cuando se trata de acceder a un puesto por una decisión subjetiva las mujeres siguen estando en desventaja. Los casos de violencia de género que dependen de organismos superiores del sistema judicial que suelen estar en manos de jueces de una cierta edad que provienen de unos ciertos sectores más conservadores. Hay que recordar que la ley “sólo sí es sí” equiparó los delitos de abuso sexual y agresión sexual, unificando la pena mínima de cárcel, de ahí las peticiones de reducción de condena. No obstante, debemos mencionar que la ley en si no rebaja la condena, la condena la rebaja un juez, que como acabamos de mencionar, puede tener una ideología personal derivada de su edad, clase social y género. Sería un error afirmar que una jueza daría otra sentencia más “feminista”, pues ser mujer no garantiza el ser feminista… Una posible solución sería la de dar una formación de perspectiva a los jueces, hombres y mujeres, y prepararlos para una sociedad cambiante.

Queda claro que aún falta mucho camino por recorrer y que no se debe juzgar el nivel de igualdad comparándolo con una sociedad de hace 40 años. Los tiempos nuevos abren puertas a nuevos avances, pero también a nuevas maneras de discriminación. La discriminación es la misma, lo que cambian son las herramientas.

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