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OPINIÓN | 'Lo que no se ve desde el espacio', por Alberto Garzón

Lo que no se ve desde el espacio

Captura de vídeo de la NASA donde aparecen los astronautas Reid Wiseman (i), Jeremy Hansen (c), y Christina Koch, mostrando los alimentos que consumen a bordo de la nave Orion de la misión lunar Artemis II. Un bote de Nutella, que se escapó y flotó dentro de la nave Orión en plena trasmisión, y demostraciones de qué comen los astronautas y cómo preparan sus comidas se han convertido en momentos icónicos de la misión lunar Artemis II, que este martes comenzó el proceso de retorno a la Tierra. EFE/NASA
8 de abril de 2026 22:59 h

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He enseñado con entusiasmo a mis hijas las fotografías de la Tierra tomadas hace unos días por la misión Artemis II. Lo que para mí ha sido entusiasmo, para ellas se ha traducido solo en genuina curiosidad, si bien especialmente atractiva cuando veían reflejadas la belleza de las auroras boreales. En realidad, todavía son demasiado pequeñas para comprender la importancia de una fotografía que revela la fragilidad de nuestro planeta y de la vida misma.

La mayoría de nosotros estamos ampliamente familiarizados con la imagen de nuestro planeta, por lo que tampoco nos impresionamos fácilmente. Muy diferente fue para quienes vieron por primera vez en las décadas de los sesenta y setenta las distintas fotografías de la Tierra realizadas por las misiones Apolo. La más famosa de todas corresponde a la misión Apolo 17 en 1972, que representaba al planeta entero y dio origen al concepto de «canica azul» (blue marble). En los estudios medioambientales aquel tiempo se conoce como la Segunda Revolución Copernicana, definido por el hecho de que gracias a ciertos instrumentos tecnológicos lográbamos ver con nuestros propios ojos a nuestro propio planeta.

Si los trabajos en astronomía de Copérnico, Kepler, Galileo y otros habían permitido desplazar a la Tierra del centro del universo, llevándola a un lugar periférico del sistema solar, esta segunda revolución copernicana recuperaba la atención sobre la Tierra para evaluar, entre otras cosas, su excepcionalidad y su fragilidad. No es de extrañar que esto tuviera un impacto enorme en el desarrollo de lo que actualmente conocemos como ciencias del Sistema-Tierra y también en los emergentes movimientos ecologistas: James Lovelock, por ejemplo, reconoció que estas fotografías le animaron a postular su famosa hipótesis Gaia, según la cual la Tierra era una entidad orgánica. 

Gracias al desarrollo de la ciencia hoy sabemos muchas más cosas de nuestro planeta. Sabemos, por ejemplo, que bastaría con que la Tierra se acercara apenas un 5% más al Sol para desencadenar un efecto invernadero descontrolado, o con que se alejara otro tanto para convertirla en un mundo de hielo. Sabemos que si fuera algo más grande retendría gases que harían la atmósfera irrespirable, y que si fuera más pequeña habría perdido el oxígeno y el vapor de agua que necesitamos. Sabemos, en definitiva, que la vida depende de un equilibrio extraordinariamente precario, protegido entre otras cosas por un campo magnético que desvía la radiación solar letal y que, de paso, regala esas auroras boreales que admiran mis hijas y parecen sacadas de un cuento.

Cuando se es consciente de tal fragilidad, es natural que emerjan discursos de inspiración conservacionista y hasta humanista. Uno de los astronautas de la misión Artemis II ha afirmado desde el espacio que «desde aquí arriba somos una sola cosa: homo sapiens, todos nosotros, sin importar de dónde vengas ni cómo seas, somos un solo pueblo». Ese tipo de aseveraciones son ciertas, claro, pero están sin perfilar. Se trata del mismo discurso de hace cincuenta años, no exento de ideología —y menos aún entonces, en plena guerra fría—, pero que no interiorizan todas las cosas que han cambiado y tampoco las cosas que no lo han hecho.

En el despertar del movimiento ecologista, y del despliegue de las ciencias del sistema-Tierra, era comprensible que el foco estuviera puesto en un sistema tan complejo y fascinante como la Tierra. Es más, todavía estamos lejos de conocer cómo funcionan y se relacionan todos los parámetros de este sistema que permite la vida. Pero hoy sabemos lo suficiente del principal peligro, aunque no el único, que amenaza nuestra propia existencia: la emisión de gases de efecto invernadero y el consecuente cambio climático. Sabemos también cuál es la causa principal de este exceso de emisiones, que no es otra que un modelo de producción y consumo cuya dinámica de crecimiento ilimitado es insostenible dentro de los límites del planeta. Con razón se ha definido a la especie humana como una fuerza geológica capaz de alterar los parámetros del sistema Tierra, lo que ha dado lugar a que muchos geólogos consideren que vivimos bajo la era geológica del Antropoceno.

Esa visión es correcta, pero incompleta. Porque nociones como las del Antropoceno corren el riesgo de equiparar las responsabilidades de todos los individuos de la especie Homo sapiens, como si acaso no existiera ni el poder ni la desigualdad en nuestra comunidad. Por el contrario, algunos grupos humanos son más responsables que otros respecto a la situación en que nos encontramos. Los países ricos que lograron esa riqueza mediante la emisión descontrolada de gases de efecto invernadero, las grandes empresas energéticas que deliberadamente escondieron durante décadas su conocimiento sobre los perjuicios de la combustión de combustibles fósiles, los países que externalizan su producción para que los daños ecológicos tengan lugar en otros lugares, las clases sociales beneficiadas de este orden político y económico, los individuos concretos con estilos de vida de lujo y con huellas de carbono superiores a la de grandes segmentos de población en su conjunto… Podríamos seguir, pero creo que se entiende la idea.

El caso es que mientras los astronautas de la misión estadounidense Artemis II compartían sus bellas fotografías de cómo es el planeta Tierra visto desde el espacio, emitiendo reflexiones sobre lo que nos une como especie, el presidente de Estados Unidos amenazaba con destruir una civilización milenaria en una guerra que él mismo ha iniciado —sin que todavía haya explicado por qué y para qué—. La paradoja es que la misión Artemis II también es un dispositivo de propaganda del imperialismo estadounidense, de modo que una de las mayores amenazas del mundo también sacará provecho y pecho de esta aventura espacial. Dos mundos se cruzarán entonces: la destrucción y la conservación.

Llegará el día en que mis hijas comprendan que la belleza de las auroras boreales es también una señal de lo frágil que es todo: el campo magnético que las genera, la atmósfera que respiramos, el equilibrio que permite la vida. Y comprenderán, espero, que proteger ese equilibrio no es una cuestión abstracta ni meramente técnica, sino profundamente política. Detrás de cada tonelada de CO₂ hay decisiones concretas, intereses identificables y responsabilidades desiguales. La canica azul no se está rompiendo sola. Más al contrario: un sistema económico al servicio de intereses muy concretos la está agrietando y destruyendo mientras otros la fotografían.

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