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ANÁLISIS

La automatización no trabaja para todos

Desfile de robots durante la Conferencia Internacional sobre Robótica y Automatización, hace un año, en Georgia (Atlanta).
25 de mayo de 2026 23:17 h

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Las grandes empresas llevan meses despidiendo a trabajadores, lo que apunta a una estrategia de automatización debida a la incorporación de la inteligencia artificial al proceso productivo. Algunas estimaciones hablan más de cien mil despidos en todo el mundo en lo que va de año, una cifra similar a la que hubo en todo 2025. En España, los casos del ERE de Amazon —1.200 personas— y el de Capgemini —748 personas— son dos ejemplos claros, pero posiblemente habrá más en los meses venideros.

Desde los inicios del capitalismo, el miedo a ser sustituidos por máquinas ha sido una de las inquietudes más profundas y persistentes de la clase trabajadora. Los trabajadores habían sido desposeídos del control de los medios de producción a través de la violencia y el robo —como ilustran de manera paradigmática los enclosures, aquellos cercamientos de las tierras comunales que arrojó a la población campesina a las fábricas urbanas—, de modo que siempre intuyeron que la reorganización del trabajo con nueva maquinaria no redundaría en su beneficio. El movimiento ludita, a comienzos del siglo XIX, es quizás la expresión más conocida de aquella resistencia popular, precisamente porque supuso una rebelión que buscaba destruir las máquinas que estaban arruinando los oficios tradicionales y expulsando a miles de trabajadores al desempleo y la miseria. A veces se olvida que en aquellos momentos el Estado respondió con aún más violencia, con leyes que castigaban con la horca a quien rompiera un telar, y con una clara defensa de la propiedad privada de los dueños de las máquinas frente al sustento de los trabajadores. El Estado era, entonces más que nunca, un instrumento totalmente comprometido con los propietarios de los medios de producción.

Aquellos medios de producción eran unas máquinas que habían sido creadas para abaratar los costes. Aunque la historiografía dominante ha edulcorado la capacidad inventiva de los mecánicos que produjeron los primeros telares mecánicos o la máquina de vapor durante la Revolución industrial, lo cierto es que el propósito perseguido era, antes que nada, sustituir a trabajadores caros —los hombres adultos cualificados— por mujeres y niños, peor pagados y menos capaces de organizarse colectivamente. Además, y tal y como ha documentado con detalle Andreas Malm en Capital fósil, aquellas máquinas fueron al principio muy ineficientes desde el punto de vista termodinámico —la rueda hidráulica era a menudo más barata que el motor de carbón—, pero permitían un control mucho mayor sobre la fuerza de trabajo. Los obreros pasaban de producir con cierta autonomía en sus casas del mundo rural, marcando su propio ritmo, a hacerlo apilados y vigilados en las fábricas de la periferia contaminada y sobrepoblada de las ciudades industriales. Desde sus albores, en suma, las innovaciones tecnológicas del capitalismo han estado orientadas a maximizar beneficios al coste social y ecológico que fuera necesario, no a aligerar el esfuerzo humano ni a democratizar la riqueza. Y esto es resultado de la lógica profunda del capitalismo, no de la tecnología en sí, y lo que por otra parte explica que más de dos siglos después nos resulte un proceso tan familiar.

Frente a esta lectura crítica con las máquinas, los economistas suelen insistir en que, aunque haya un proceso de ajuste doloroso, tras la introducción de cada nueva tecnología que sustituye trabajo se crean siempre nuevos empleos en otros sectores —por lo general, se dice, mejor pagados—. Carl Benedikt Frey, el autor de The Technology Trap, abre su libro recordando precisamente la sustitución de los faroleros que apagaban las lámparas de aceite por el alumbrado eléctrico. Marx, por su parte, vio en este tipo de cambios consecuencias horrorosas para los trabajadores que perdían sus medios de vida, pero también la prueba de la progresividad del sistema capitalista hacia unas relaciones de producción más modernas. David Ricardo pensaba lo mismo a comienzos del siglo XIX, y atribuía cualquier desempleo provocado por la maquinaria a una fricción transitoria. Sin embargo, en la tercera edición de sus Principios —un cambio de posición célebre y demasiado a menudo olvidado por los pensadores contemporáneos— incorporó una modificación que hizo de su argumento algo mucho más escéptico: aceptaba que la sustitución podía ser permanente y perjudicial para los trabajadores. Que el padre intelectual de buena parte de la teoría económica liberal terminara por reconocerlo debería invitarnos a una mucho mayor prudencia ante las promesas del optimismo tecnológico.

Es cierto que, en general, la mecanización casi nunca implica la automatización de trabajos enteros, sino de tareas concretas dentro de cada puesto. Eso suele obligar al trabajador a especializarse en aquellas actividades que la máquina aún no puede realizar, lo que a menudo exige mayor cualificación: programar, supervisar, gestionar, cuidar. Este proceso está detrás, además, del incumplimiento de lo que Marx esperaba que fuera una polarización total de la sociedad entre proletariado y burguesía. Resultó que, junto al obrero industrial clásico, a lo largo del siglo XIX fue creciendo una abultada clase media de asalariados especializados en actividades que implicaban más una gestión intelectual que un trabajo manual: técnicos, administrativos, profesionales, supervisores. El llamado “problema de la clase media” —ya lo discutían Bernstein y Kautsky a finales del siglo XIX y lo ha revisitado con detalle Erik Olin Wright— no es nuevo, pero ha tomado nuevas formas en cada oleada tecnológica. Lo característico de la actual, como subraya el informe del Consejo Económico y Social sobre el futuro del trabajo, es que la automatización vacía especialmente los empleos intermedios y polariza el mercado laboral entre puestos muy cualificados y otros muy precarios. Es decir, empeora la dinámica de desigualdad que ya está bastante acentuada por otros factores.

En nuestras sociedades tenemos absolutamente idolatrado el progreso tecnológico hasta el punto de no problematizar su papel

A pesar de toda esta complejidad, en nuestras sociedades tenemos absolutamente idolatrado el progreso tecnológico hasta el punto de no problematizar su papel. Cualquier crítica al rumbo concreto de la innovación se desactiva enseguida con el etiquetado de “tecnófobo” o “ludita”, como si la disyuntiva fuera entre admirar acríticamente cada novedad o regresar a vivir en cuevas. Pero antropólogos como Alf Hornborg llevan décadas advirtiendo que la máquina es una condensación de materiales y de flujos de energía que han sido extraídos por el centro a partir de las periferias de la economía mundial. Como es bien conocido, detrás de cada teléfono móvil hay coltán congoleño extraído en condiciones de semiesclavitud, litio de los salares andinos arrancado al ecosistema, cobre chileno y silicio refinado con cantidades enormes de electricidad. En definitiva: las máquinas no caen del cielo y son construidas a partir de materiales y flujos energéticos que vienen de algún sitio concreto, aunque no pensemos habitualmente en ello. Eso convierte cada salto tecnológico en una operación de intercambio ecológico desigual, donde el bienestar aparente de unos pocos se sostiene sobre el agotamiento y la contaminación de muchos otros, casi siempre lejos de nuestra vista.

Quizás el ejemplo paradigmático de todo esto sea la llamada inteligencia artificial. Aunque a veces se la presenta como un proceso casi desmaterializado —una “nube” mágica y etérea—, lo cierto es que implica un consumo extraordinario de agua, minerales y energía: los grandes centros de datos que entrenan los modelos generativos requieren muchísimos recursos, y la disputa por el suministro eléctrico se ha convertido en uno de los argumentos centrales del propio sector tecnológico. Con todo, y teniendo presente la necesidad de gestionar estos costes, la tecnología podría usarse para fines socialmente deseables: contribuir a la investigación científica, ayudar a diagnosticar enfermedades, traducir lenguas minoritarias, facilitar tareas tediosas o peligrosas, liberar tiempo de trabajo para el cuidado y el descanso. En la práctica, sin embargo, su uso está generalizado en la producción industrial de tonterías digitales —imágenes vacías, textos repetitivos, contenido publicitario diseñado para capturar atención— o, peor aún, en la hiperexplotación de los trabajadores: algoritmos que dictan al repartidor de plataforma cada metro de su trayecto, sistemas que cronometran al segundo el trabajo o aplicaciones que asignan turnos imposibles a quienes ya cobran un salario de subsistencia. No es tanto una paradoja como la incorporación de la tecnología a la lógica capitalista: la inteligencia artificial podría elevar la productividad en muchísimas áreas —evitando toda una lista de tareas que son tediosas para el trabajador— y producir lo mismo en mucho menos tiempo, pero esta opción está clausurada bajo el capitalismo.

Y lo está porque el objetivo ciego del sistema es producir más y más y más, no importa cuál sea el coste social y ecológico ni la disponibilidad de otras alternativas sociales. Cada incremento de productividad se traduce en mayores beneficios para los propietarios y en una intensificación de tareas o en despidos puros y duros para quienes ejecutan el trabajo. Las plataformas digitales —esa última frontera del trabajo asalariado— son un buen retrato del fenómeno: tecnología puntera puesta al servicio de la precarización extrema, mayor informalidad laboral, vigilancia algorítmica permanente y una pretensión de aplicar las viejas relaciones de servidumbre con interfaz amigable. Los analistas más serios reconocen que el futuro del trabajo no dependerá tanto de la potencia técnica de las máquinas como de la gobernanza democrática —laboral, fiscal, industrial— que decidamos construir colectivamente. Parece obvio que, sin diálogo social, sin negociación colectiva y sin políticas públicas marcadamente progresistas, el cambio tecnológico será otro mecanismo más de redistribución de la riqueza hacia arriba.

Y ese, en el fondo, es el verdadero sinsentido de la automatización contemporánea. No es que sustituya trabajadores —en sí mismo, que máquinas y algoritmos hagan parte de las tareas más pesadas podría ser una excelente noticia—, sino que no está dirigida a ningún fin social democráticamente planificado. Únicamente responde a los estímulos insensibles del mercado, a la presión bursátil trimestral y al cálculo individual del beneficio. De esa manera nos hemos convertido en parte de un engranaje que nunca se detiene, precisamente porque no hay ningún plan común que justifique el esfuerzo. Estamos a merced de una gran fuerza inconsciente. Discutir la automatización del trabajo, en consecuencia, no es discutir si las máquinas son buenas o malas: se trata de discutir quién decide qué se produce, cómo se produce y para qué se produce. Y esa es, también, la pregunta que el ludita de hace dos siglos lanzaba con su martillo y que la izquierda contemporánea no debería renunciar a formular con todas las herramientas —técnicas, sindicales y políticas— que tenga a su alcance: la tecnología, como la economía, ¿para qué?

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