La zoología de la certeza
Hay una fauna contemporánea que no aparece en los tratados de zoología, pero que resulta cada vez más fácil de reconocer. No hablo de especies nuevas, sino de comportamientos que se han convertido casi en categorías sociales. Entre ellas destacan tres que están convencidas de que todo lo saben, estando ahí precisamente el problema.
En primer lugar, está el tonto motivado, el cual no se limita a equivocarse. Se esfuerza. Tiene iniciativa, entusiasmo, energía y una extraordinaria capacidad para convertir una mala idea en un proyecto de dimensiones considerables. Si se equivoca, lo hace con determinación. Si alguien le advierte de que está tomando el camino equivocado, interpreta la advertencia como falta de ambición. No necesita tener razón para avanzar. Le basta con sentirse legitimado para hacerlo.
Luego está el sobaco ilustrado, que es el que suele llevar documentos debajo del brazo y camina apresuradamente de un lado a otro, como si estuviera ocupado. Informes, expedientes, papeles, estudios, gráficos, incluso algún libro convenientemente visible. Y parece creer que, por el simple hecho de transportarlos bajo la axila, el conocimiento termina entrando por ósmosis. No importa demasiado que los haya leído o entendido. Lo importante es llevarlos encima. Este no necesita actuar demasiado porque su territorio natural es la conversación. Ha leído algo, ha visto un vídeo, ha escuchado un pódcast, conoce dos conceptos y, con ese equipaje intelectual, se siente capacitado para explicar prácticamente cualquier asunto. Su característica fundamental no es la ignorancia. La ignorancia, por sí sola, no tiene nada de malo. Nadie puede saber de todo. Su problema es la combinación de conocimiento superficial y seguridad profunda. Es ese individuo que, después de leer un titular o tres páginas en internet, considera que ya conoce la complejidad de un asunto. Su especialidad es la conclusión rápida.
Y después aparece el tonto útil. Este quizá sea el más interesante porque no necesariamente es tonto en el sentido convencional. Puede ser inteligente, culto e incluso bienintencionado. Lo que lo convierte en tonto útil es su disposición a poner sus capacidades al servicio de una idea, una causa o un grupo sin preguntarse demasiado quién termina beneficiándose de su esfuerzo. Este personaje se siente protagonista, pero muchas veces simplemente está siendo utilizado. De hecho, es una figura particularmente frecuente en el debate público. Basta con ofrecerle una causa suficientemente atractiva, una consigna suficientemente sencilla y un enemigo suficientemente reconocible. A partir de ahí, hará el trabajo. Repetirá argumentos, amplificará consignas, descalificará al contrario y defenderá posiciones que quizá ni siquiera habría adoptado si se hubiera detenido a pensar quién las diseñó y para qué.
El caso es que, uniendo los tres arquetipos, el resultado puede ser devastador porque prosperan en determinados momentos de incertidumbre. Y frente a la incertidumbre existe la tentación de simplificar. Pero la realidad rara vez funciona así. De hecho, cuando un problema complejo se convierte en una consigna sencilla, alguien gana algo. A veces gana audiencia. Otras veces, votos. Otras, influencia. Y, en ocasiones, gana simplemente la satisfacción de sentirse intelectualmente superior.
Por ello, una sociedad madura debería valorar menos la seguridad con la que alguien habla y más la calidad de las preguntas que es capaz de hacerse. Deberíamos desconfiar de quienes tienen una respuesta inmediata porque no saben administrar la duda. Y quizá la inteligencia consista precisamente en eso: dudar.
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