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El simulacro de la hipocresía

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Un simulacro suele entenderse como una actividad planificada cuyo propósito es preparar a las personas para afrontar una situación real. A través de la práctica, los participantes aprenden procedimientos, identifican riesgos y mejoran su capacidad de respuesta ante acontecimientos que pueden afectar a la seguridad, la salud o el funcionamiento de una organización. Sin embargo, el concepto también puede emplearse en un sentido figurado para describir conductas que consisten en representar una realidad que no existe. Desde esta perspectiva, puede interpretarse como una forma de simulacro permanente, un ejercicio continuado de construcción de apariencias destinado a proyectar una imagen determinada ante los demás.

Es cierto que la hipocresía radica en la distancia existente entre lo que una persona dice y lo que realmente piensa, entre los valores que proclama y las conductas que practica, o entre la imagen que pretende transmitir y su comportamiento cotidiano. En este sentido, puede considerarse una representación cuidadosamente organizada en la que cada gesto, cada palabra y cada acción forman parte de una escenificación destinada a influir en la percepción de los demás.

Si imagináramos la hipocresía como un simulacro formal, el primer paso consistiría en definir el objetivo de la representación, de forma que quien participa en este debe decidir qué imagen desea proyectar. Puede tratarse de una persona comprometida con determinadas causas sociales, de alguien que defiende determinados principios éticos o de quienes muestran preocupación por el bienestar colectivo, sabiendo que lo importante no es la autenticidad de esos valores, sino la conveniencia de aparentarlos. Una vez establecido el objetivo, comenzaría la fase de diseño. Al igual que en cualquier simulacro real se identifican escenarios y procedimientos, en este ejercicio metafórico se elaboran discursos, argumentos y comportamientos destinados a reforzar la imagen elegida. La siguiente etapa correspondería a la preparación de la participación, a través de la recepción de instrucciones sobre cómo actuar. Esta fase requiere una notable capacidad de adaptación, ya que el participante debe ser capaz de justificar contradicciones, minimizar inconsistencias y ofrecer explicaciones convincentes cuando alguien cuestione la diferencia entre sus palabras y sus actos.

El escenario desempeña también un papel fundamental, porque la hipocresía rara vez se desarrolla en privado. Necesita espectadores, de forma que la visibilidad suele ser más importante que la coherencia interna. En dicho escenario, durante la ejecución del simulacro los participantes ponen en práctica las habilidades adquiridas. Expresan opiniones que consideran socialmente aceptables, apoyan públicamente determinadas causas o defienden principios que, probablemente, no aplican en su vida cotidiana. La finalidad es generar confianza y admiración mediante una representación cuidadosamente construida de forma que, cuanto más convincente resulte la actuación, mayor será la probabilidad de que el público acepte la imagen proyectada como auténtica.

Sin embargo, al igual que sucede en cualquier simulacro, la ejecución no está exenta de riesgos, siendo la principal amenaza la aparición de evidencias que revelen la diferencia entre la representación y la realidad. De hecho, mientras que la jefatura del Estado de la Ciudad del Vaticano hablaba de paz y amor en relación con la inmigración durante su visita a Canarias, esos mismos días, en la Unión Europea se aprobaba el Pacto sobre Migración y Asilo, reflejando un endurecimiento progresivo de la política migratoria donde, sintetizándolo mucho, la agilidad en los retornos y la externalización, previo pago de su importe, son dos de sus principales signos de identidad. Y, mientras tanto, de una parte y de otra, no se dejaban de agitar las banderitas. Y si eso no es ser hipócritas, que baje dios y lo vea…

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