El imperio de la novelería
Toda sociedad necesita distinguir entre quienes entretienen y quienes orientan, o entre quienes generan emociones y quienes ayudan a construir criterios. Bajo esta premisa, vivimos en una época marcada por la democratización de la influencia social y la hipertrofia de la visibilidad. Nunca tantas personas habían tenido acceso a mecanismos de difusión capaces de convertirlas en figuras públicas. Sin embargo, este proceso ha venido acompañado de un fenómeno cultural más profundo, como es el de la erosión de los criterios de jerarquía simbólica y la consolidación de una lógica donde todo tiende a valer lo mismo en el plano de la atención. En este contexto, la pregunta ya no es solo qué ocurre cuando una sociedad equipara a un artista con un líder religioso, sino qué ocurre cuando esa equivalencia se produce dentro de un ecosistema dominado por la tendencia cultural a privilegiar lo nuevo, lo inmediato, lo llamativo y lo emocionalmente excitante por encima de lo duradero, lo estructural o lo reflexivo. Y aquí es donde aparece la novelería.
Esta no es simplemente el gusto por la novedad. Es un régimen de percepción, una forma de organizar la atención colectiva en la que lo importante no es la calidad intrínseca de un contenido, sino su capacidad de generar impacto inmediato. En ese régimen, la profundidad compite en desventaja con la sorpresa, la continuidad con la ruptura y la reflexión con la reacción. Hoy, ese sistema se debilita bajo el impacto de la economía de la atención, donde el prestigio ya no depende tanto de la función social que se cumple como de la capacidad de generar tráfico simbólico, porque cuando todo se mide por el criterio de la popularidad, desaparece la posibilidad de distinguir entre entretenimiento, conocimiento y orientación moral. Y esa indistinción es precisamente el terreno fértil de dicha porque introduce una inestabilidad estructural en el sistema de referentes. Lo que hoy es central, mañana es irrelevante. Lo que ayer era venerado, hoy es olvidado. La atención colectiva se desplaza de forma acelerada, sin sedimentación. En ese entorno, los referentes no se construyen, sino que se consumen. El resultado es una cultura en la que la profundidad pierde competitividad donde el mensaje complejo, que requiere tiempo de asimilación, es desplazado por el contenido instantáneo. Y la sabiduría, que se construye en el tiempo, es reemplazada por la opinión inmediata.
Una sociedad sin referentes claros es una sociedad más expuesta a la manipulación emocional, a la volatilidad de las tendencias y a la sustitución constante de criterios, con la consiguiente confusión cultural que se produce, tendiendo a convertirse en una sociedad dominada por lo inmediato, lo superficial y lo efímero. Y, cuando eso ocurre, la ciudadanía ya no elige a quién admirar por lo que aporta, sino por el ruido que consigue generar.
Hay que tener en consideración que esta transformación tiene consecuencias directas sobre la formación de referentes. En una sociedad regida por la novelería, los referentes no emergen por su consistencia, sino por su capacidad de capturar atención en un momento dado. Esto genera una inflación de figuras públicas y una devaluación simultánea de la autoridad real. Y no es que desaparezcan los referentes. Lo que ocurre es que se multiplican sin jerarquía. Y cuando todo el mundo es referente de algo, nadie lo es realmente de nada. Con la novelería, no es que la sociedad deje de pensar, sino que deja de saber qué pensamiento merece la pena sostener en el tiempo. Y, para muestra, tenemos miles de botones.
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