La doble lucha de las personas sordas: “Es la discapacidad menos visible y la pandemia ha supuesto mayor aislamiento”

Noemí Alonso, estudiante de Medicina. (ALEJANDRO RAMOS)

Noemí Alonso es estudiante de Medicina en la Universidad de Las Palmas de Gran Canaria, una de las carreras para las que se requiere de una nota media muy alta para entrar y de una constancia en el estudio. Es una persona sorda y pertenece a ese apenas 1,5% de estudiantes con algún tipo de discapacidad que llega a la universidad pública, según un estudio del CERMI (Comité Español de Representantes de Personas con Discapacidad). Entre los motivos de que esa parte del estudiantado se pierda antes de llegar a Bachillerato se encuentran las expectativas que la sociedad proyecta en ellos, muchas veces cargadas de estereotipos y el hecho de que el sistema educativo no haya sido capaz en estos años de motivarlos y dar una respuesta a las diferentes necesidades que tiene este alumnado, explica Isabel Gómez, presidenta de la Fundación Canaria para Personas con Sordera, Funcasor. “Si le das recursos a los estudiantes sordos desde pequeños, eso les da capacidad para decir yo puedo con todo, si no, se dificulta el camino”, asegura la estudiante de Medicina, que recuerda que ha tenido que esforzarse en sacar buenas notas y que afirma que el cambio del instituto a la universidad fue bastante duro al principio, pero se complicó especialmente en este año de pandemia, en el que la lectura labial ha sido imposible por la obligación de llevar mascarillas. Seguir clases de forma telemática también ha supuesto un doble esfuerzo ya que los docentes pueden olvidar hablar siempre a cámara y se puede perder la comunicación. 

El colegio público canario que rompe barreras y donde todo el alumnado aprenderá lengua de signos

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La estudiante explica que a lo largo de su etapa educativa no requirió de una intérprete de lengua de signos en el aula porque cuenta con resto auditivo, que le permite escuchar con un audífono ayudándose de la lectura labial. Esto se dificulta si el docente o la persona que le habla le da la espalda, lleva mascarilla o las condiciones del aula no están adecuadas para que no se filtre ruido del exterior. No obstante, remarca que cada persona tiene unas necesidades diferentes, como por ejemplo, su madre, Ángeles, que la acompaña en esta entrevista y que tiene una sordera severa que no le permite escuchar con ayuda de un audífono. A través de una intérprete con la que se comunica en lengua de signos explica que las familias de personas con sordera siempre son las que tienen que luchar para que sus hijos tengan la mejor educación posible. Su caso es uno de muchos de los que no pudieron seguir las clases en una escuela pública en Canarias y cuando era una niña acudió a un centro para personas sordas en la Península. Siempre tuvo claro que su hija podía llegar al máximo de lo que ella quisiera y que lucharía para que contara con todos los recursos necesarios. Noemí estudió en un colegio público para alumnado preferente con discapacidad auditiva cerca de su zona, en Las Palmas de Gran Canaria, y después en el IES La Minilla. Durante la etapa de infantil le dijeron que no podía estudiar inglés con el resto de compañeros y que en sustitución acudiría a clases de Audición y Lenguaje. Su madre se opuso y finalmente la niña pudo seguir en clases de inglés como el resto. Hoy día, señala que tiene más soltura en la parte escrita ya que lee muchos artículos científicos en este idioma por su carrera. 

Ángeles señala que deberían existir más centros con recursos para el alumnado con sordera, que no se encuentren alejados y que dispongan de las herramientas necesarias; de lo contrario, la motivación va decayendo y esto supone que en el ámbito laboral las personas con discapacidad auditiva acaben en servicios de limpieza, lavandería, y, de ahí, los estereotipos, apunta. “Hay muchas personas que tienen capacidades y que son muy buenas, pero al final no terminan sus estudios porque no cuentan con los recursos suficientes”, insiste. Noemí subraya que este año en la universidad cuenta con un equipo de frecuencia modulada, que el docente se cuelga, de manera que a ella le llega mejor el sonido. No obstante, si fuera necesario solicitará una intérprete el próximo curso. Recuerda que en su camino hasta la universidad ha tenido que esforzarse mucho y lamenta que a veces haya quien infravalora el trabajo de las personas sordas, porque “trabajas el doble por todas las barreras de comunicación”. Su sueño es acabar la carrera y abrir una consulta médica en el futuro que sea accesible para las personas sordas, “que se pierden en el 95% de la información médica que se les da”. 

Más barreras de comunicación en la pandemia

Una de las consecuencias de la pandemia, además de las que tienen que ver con el ámbito educativo, fue precisamente las trabas en el área de la salud. Ángeles y Noemí explican que cuando solicitaban cita médica, como tan solo podían ser atendidas por el teléfono, las personas sordas han tenido que depender de que un familiar o una intérprete pueda estar con ellas en el momento de la cita para poder interactuar. Uno de los problemas, indican también las trabajadoras de Funcasor, es que los profesionales de Atención Primaria no siempre llaman a la hora de la cita y esto hace descuadrar el horario de la intérprete, que normalmente tiene otros trabajos que hacer durante el día. La estudiante de Medicina también añade que cuando acude a un hospital con su madre por una cita o un problema médico de ella, muchas veces los médicos se dirigen directamente a la hija y le preguntan que si escucha, en lugar de tratar de hacerse entender con Ángeles. “Parece que tienes que tener a alguien pegado a ti y eso personalmente molesta muchísimo”, afirma Noemí, que considera que el sanitario podría escribirlo o tratar de explicar a la paciente, ya que es la afectada. “Es como si no tuviéramos capacidad de entender”, remarca Ángeles. 

Otro ejemplo que cuenta Noemí es el día en el acudió a vacunarse contra la COVID. Durante unos minutos estuvo esperando en la fila y el sanitario se acercó a decirle que la había llamado y a preguntarle por qué no pasó. Entonces, tuvo que explicarle que era una persona sorda. “Es una discapacidad invisible y siempre tenemos que estar explicándonos”, remarca. Se trata de algo que considera que tiene una solución simple si se establecen en todos los edificios sanitarios y en toda la administración pública paneles visuales y luminosos donde se escriba su nombre y su turno o un número que le corresponda. “Hospitales, centros de salud, educación… tienen que ser adaptaciones prioritarias”, añaden. Afirman que las ciudades tampoco están bien adaptadas y que existe un servicio de vídeo interpretación en lengua de signos llamado Svisual que está en la administración pública, pero que no promocionan lo suficiente para que las personas sordas lo conozcan. Sobre las mascarillas transparentes, añade que ya hay homologadas, pero ¿cuándo se van a poder conseguir?, se preguntan. 

Si hay una palabra que define lo que ha supuesto la pandemia para las personas con discapacidad auditiva es “aislamiento”, que ya existía en parte por esas barreras de comunicación, pero que se ha incrementado. El hecho de que todo el mundo lleve mascarilla impide la lectura labial a las personas que se valen de este mecanismo para que la comunicación fluya. Pero no solo en ello, el hecho de que las oficinas estuvieran cerradas también ha supuesto una barrera. Las expertas que trabajan en Funcasor explican que hay personas que para realizar la declaración de la renta, la opción telefónica también suponía que tuvieran que concretar con una intérprete, con lo cual siempre tienen que planificar cualquier trámite que quieran realizar ya que dependen de este profesional. Las personas con sordera severa requieren de otra persona a veces en actividades cotidianas como ir al banco. “¿Por qué tengo que depender siempre de alguien para una gestión que es privada?” se cuestiona Ángeles, por ejemplo. 

La presidenta de Funcasor insiste en sacar la discapacidad del ámbito privado, darle más visibilidad y aumentar los recursos en el ámbito educativo, así como formar al profesorado que trabaja con personas con sordera y otras discapacidades. Sus compañeras en la fundación, como la gerente Belén Darias, apuntan que el confinamiento supuso que muchos de los recursos educativos no estuvieran subtitulados o adaptados, pero además el alumnado afectado por la brecha digital que no disponía de recursos tecnológicos se vio doblemente afectado. La asociación, que ofrece apoyo formativo, psicológico, de empleo… para las personas con discapacidad auditiva aboga además por que las instituciones públicas cumplan con la ley, respetando que un porcentaje de los puestos de trabajo sean ocupados por personas con discapacidad, así como con el hecho de que cualquier normativa incluya un protocolo sobre discapacidad. 

Algunos centros educativos están dando pasos gigantes como el CEIP Ernesto Castro Fariñas, en Tenerife, que dispone ya de cuatro aulas totalmente insonorizadas acompañadas de un dispositivo tecnológico que permite que la calidad del sonido del docente llegue mejor a los audífonos de las personas que lo utilizan. El centro prevé comenzar el próximo año con un proyecto piloto en el que todos los estudiantes, sean sordos o no, saldrán bilingües al aprender lengua de signos.  El hecho de que el alumnado haya tenido que llevar durante todo este curso mascarilla y que tenga que volver a llevarla el próximo ha acelerado el proceso en el que venían trabajando equipos anteriores. “Las mascarillas transparentes apenas tenían una duración de 20 minutos, luego se empañan”, asegura su director José Juan Cruz. 

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