CRÍTICA DE CINE

Cómo pintar una leyenda

Fotograma con el actor Willem Dafoe en 'Van Gogh, a las puertas de la eternidad'

- Título: Van Gogh, a las puertas de la eternidad (At Eternity’s gate), 2018

- Dirección: Julian Schnabel

- Guión: Jean-Claude Carrière, Louise Kugelberg, Julian Schnabel

- Reparto: Willem Dafoe, Rupert Friend, Oscar Isaac, Mads Mikkelsen, Mathieu Amalric

No es la primera vez que se pretende trasladar el universo interior de Vincent Van Gogh a la gran pantalla, acercarlo a los ojos de la masa. Tampoco hace mucho tiempo del último intento, con el maravilloso proyecto animado Loving Vincent (Kobiela, Welchman, 2017). Lo cierto es que la figura del pintor holandés, tal y como pareciera en vida, es muy compleja como para ser producto comercial.

Bastante optimista ha resultado el logro de Van Gogh, a las puertas de la eternidad, nuevo trabajo de Julian Schnabel (Basquiat, 1996). Para empezar porque su propósito es todo lo sincero que puede extraerse de su proclama, pero más profundamente porque esta es la historia de cómo Van Gogh se convierte en leyenda. Mediante su pintura, pero -y he aquí la diferencia- desde la anécdota, el suceso, la experimentación, la introspección a la que se ve arrastrado el espectador, la metamorfosis y evolución de su trabajo hacen gala de querer sentirse maldita y la batuta de Schnabel, amante de la pintura, no por casualidad y pese a la diferencia respecto a sus anteriores trabajos, mantiene ese goce por las pinceladas.

Vincent Van Gogh es la interpretación absoluta de Willem Dafoe, en unas posibles pretenciosas puertas a la eternidad que el director de la más que recomendable La escafandra y la mariposa ha creado para el cometido.

Aún con la arrogancia del caso, Schnabel es un referente de calidad absoluta y crea el universo tan fidedignamente, de una manera tan espontánea y aparentemente sencilla, que el espectador que disfrute de la cinta verá cómo el arte de la pintura, el del drama propio del personaje, la dirección estética y la fotografía se ensamblan hasta el punto de olvidarnos que asistimos al pase de una ficción biográfica. Nos acabamos sumergiendo, en mayor o menor medida en el mundo de Van Gogh.

Dafoe ha merecido mucho más reconocimiento del otorgado, en un año ya impregnado por la desfachatez de unos Oscars despreciados, maníqueos y utilizados por todos los agentes comerciales posibles. Gran parte de la culpa de ello la ha tenido la propia masa social, presionando a ciertos medios que no han dudado en dar el golpe de gracia y rebajar su criterio para ganar unos euros frente a la agonía de determinados obsoletos mass media.

Divertida o no -que no lo es-, ... a las puertas de la eternidad da lo que promete y es altamente recomendable, siendo una cinta mucho más accesible que su predecesora en la temática vangoghiana.

Un goce para la mirada y una historia fascinante e inspiradora. Cuando se hace de la vida un arte, puede pasar que acabe en payasada o en leyenda. Este año se ha querido valorar más la excentricidad mercantilizada antes que la leyenda, pese al material con el que partimos. Lo hemos tenido muy fácil y hemos actuado mal.

El cine vive. Las grandes películas e historias nunca morirán. Pero debemos ser cuidadosos. El mundo debe acercarse al arte, al verdadero, y no querer adaptarlo y rebajarlo de ese estatus a algo simplón como es la tendencia masiva de mero entretenimiento banal.

El arte es ocio, sí. Pero no por ello pretendamos convertirlo por capricho en nuestro personal circo en decadencia.

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Publicado el
1 de marzo de 2019 - 12:15 h

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