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Islas del Sol y de la Luna: la cuna de los dioses

El Lago Titicaca es uno de los centros espirituales más importantes de las regiones andinas desde tiempos ancestrales.

Miles de viajeros suben cada año hasta las orillas más altas del mundo para descubrir los secretos de una cultura milenaria.

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Playas de Challapampa, en el sector norte de la Isla del Sol.

Playas de Challapampa, en el sector norte de la Isla del Sol.

Dicen por estos pagos que un día ya lejano el dios Inti (el sol) miró hacia abajo para ver cómo iban las cosas por la tierra y que lo que vio no le gustó. La humanidad estaba en un estado de salvajismo y miseria que entristeció al creador del mundo. Los hombres y mujeres vivían en continua discordia, desconocían la agricultura, no sabían construir herramientas e ignoraban cualquier tipo de norma de comportamiento social.

Ante esta situación, el sol decidió tener dos hijos que enseñaran a la gente los fundamentos de la civilización. Con este fin y propósito nacieron  Manco Capac y Mama Ocllo en una pequeña isla del Lago Titicaca. La pareja se puso muy pronto a la tarea. Él enseñó a los hombres los rudimentos de la agricultura; ella se encargó de que las mujeres se convirtieran en buenas y trabajadoras esposas y hábiles artesanas. Viendo Inti que aquello funcionaba, encargó a la pareja que buscara un lugar apropiado y fértil para fundar una ciudad que fuera cuna de un imperio. Y de allí salieron Manco Capac y Mama Ocllo en busca del lugar señalado de lo que, un par de siglos después sería la ciudad de Cuzco, centro político de la cultura incaica.

Algunos investigadores creen que, pese a las connotaciones mitológicas y religiosas de la fundación de la dinastía incaica, haya algo de verdad en la leyenda. Algunos historiadores apuntan a que grupos familiares provenientes de la zona de influencia de Tiwanaku, al sur del Lago, emigraron hacia el norte y formaron el núcleo civilizador que, siglos más tarde, cristalizaría en la cultura incaica. Si esto es así, no se equivocan los que dicen que en estas orillas situadas a más de 3.800 metros sobre el nivel del mar tuvo su origen una de las más grandes culturas americanas.

Para los viajeros de latitudes europeas el paisaje tiene ciertos tintes mediterráneos. Aguas tranquilas y transparentes; playas de colores claros; bosquecillos que mueren al borde del agua. Pero basta una mirada al horizonte para que esa sensación desaparezca. El lago está rodeado por las imponentes cimas nevadas de Los Andes. Tierra adentro, la visión de las terrazas de cultivo y las humildes casas de los campesinos rompen esa primera impresión de forma definitiva. Las mujeres ataviadas con sus faldas multicolores, los rebaños de ovejas y los rostros enrojecidos por un sol inmisericorde devuelven al viajero a la realidad. Andes. Altiplano. Bolivia. Uno de los lugares para viajar más imponentes del mundo.

La isla del Sol no  tiene más que 14,3 kilómetros cuadrados: 9,6 de largo y 4,5 en su parte más ancha. La Isla de la Luna es, aún, más pequeña. Pero aún así irradian una energía especial. No descuadra tanta leyenda; tanto mito; tanta magia. Viendo la inmensidad azul del Titicaca desde las alturas, no es difícil dejarse arrastrar por los mitos y creer, a pies juntillas, que de estas aguas nacieron los hijos de Inti para civilizar a los indómitos animales de ‘dos patas’ que poblaban el imponente Altiplano.

Como centro ritual de primer orden desde tiempos anteriores a los incas (uno de los mitos locales que, según los investigadores, es anterior a la propia dinastía cuzqueña, asegura que los astros subieron al cielo desde las profundidades del Lago Titicaca), ambas islas fueron uno de los centros de peregrinaje más importantes del Imperio. No es de extrañar, por lo tanto, que en la estrecha geografía de la isla se acumulen una gran cantidad de restos arqueológicos y que sea fuente de todo tipo de mitos, leyendas y costumbres de carácter ritual que han pervivido a lo largo del tiempo. No es casualidad que una de las mayores iglesias católicas del país se levanta en la vecina localidad de Copacabana, a orillas del Lago. Este cúmulo de circunstancias ha convertido al lugar en un imán para personas inquietas y mochileros que buscan un lugar donde se combinan la autenticidad y la posibilidad de viajar barato. Viajar Ahora te descubre los secretos de un lugar único.

Una Guía de las Islas del Sol y de la Luna

La Isla del Sol.- La única manera de llegar hasta este lugar es en barco desde la localidad de Copacabana. La mayoría de los visitantes que llegan a la Isla del Sol desembarcan en Challapampa, en el extremo norte; desde aquí, en tres o cuatro horas, se puede recorrer el antiguo sendero que une esta zona con Yumani, al sur. Son, aproximadamente, nueve kilómetros de recorrido. Pero los casi cuatro mil metros de altitud pesan. En este pequeño pueblo, donde es posible comprar comida o buscar alojamiento, se encuentra el Museo del Oro de la ciudad sumergida, una pequeña sala donde, con más voluntad que orden, se pueden ver objetos arqueológicos de las diferentes culturas prehispánicas que pasaron por estas tierras a lo largo de los siglos.

El complejo arqueológico norte.- A unos dos kilómetros de Challapampa, junto al cerro Tlicani, se encuentra el complejo ritual de la Roca Sagrada. Estos restos arqueológicos, de época incaica, se relacionan con los mitos fundacionales de la dinastía reinante en Cuzco ya que, según la tradición, aquí  nacieron Manco Capac y Mama Ocllo. Muy cerca de la roca sagrada se encuentra la Mesa Ritual, en la que, según la tradición, se realizaban los sacrificios de animales para rendir homenaje al dios sol. A unos centenares de metros hacia el norte se levantan los restos del Chincana (laberinto), una construcción de origen incaico que muchos expertos identifican como un cenobio en el que residían los sacerdotes del recinto ceremonial. Una complicada red de pasillos, escaleras y habitaciones de pequeño tamaño dan al lugar esa apariencia de labertinto que le da nombre.

El camino Incaico que conecta el norte y el sur escala por el espinazo de la isla, un hecho que permite ver ‘todo’ el perímetro insular. Desde esta vía, que llega a los 4.006 metros sobre el nivel del mar en el cerro Chaycorpata, se puede descender a todas las pequeñas poblaciones costeras. Una de estas bajadas lleva hasta la pequeña aldea de Challa 2 en el que hay abierto un modesto centro etnográfico.

Una de las particularidades de este sendero es que atraviesa las tres comunidades indígenas en las que se divide el territorio: Challapampa, al norte, Ch’alla, en la zona central, y Yumani, en el sur. Para acceder a cada sector, los turistas deben pagar un pequeño peaje que da derecho a visitar todos los monumentos. Según algunos investigadores, esta ruta era el camino que seguían los peregrinos que viajaban desde todos los rincones del imperio para visitar la Roca Sagrada.

Yumani.- Es la población más grande y el lugar en el que se concentra la mayor parte de los comercios, restaurantes y alojamientos. También es una buena base para los que decidan pasar la noche. El principal atractivo arqueológico del extremo sur es el Pilcocaina (Residencia de los pájaros). La tradición cuenta que esta vivienda de época prehispánica era la residencia en la que se alojaba el mismísimo inca  cuando se desplazaba hasta la isla. Todas las aberturas de la construcción se localizan hacia el este (lugar dónde se produce el amanecer), por lo que otros expertos identifican el lugar como un templo de culto al sol.

Desde la zona alta de Yumani, el camino baja de manera vertiginosa hacia el embarcadero. El tramo final de este descenso se realiza a través de La Escalera del Inca. A medio camino de la costa se encuentra la Fuente de las Tres Aguas, una muestra del dominio hidráulico de los pueblos prehispánicos. Muy cerca de la zona de amarre de los barcos que comunican la isla con las orillas del lago se localiza un curioso sistema de terrazas conocido como el Jardín del Inca.

La Isla de la Luna.- Situada a quince minutos de navegación de la Isla del Sol, esta pequeña roca de poco más de 105 hectáreas de extensión es la otra joya del Lago Titicaca y, como su vecina mayor, también tuvo la categoría de territorio sagrado para las culturas prehispánicas del lugar. Koati, o Isla de la Luna, se consagró al culto de Mama Killa (nombre quechua de la Luna), esposa de Inti (el Sol). El atractivo más importante de este lugar es el Inakullu, o Templo de la Luna. El edificio, que se conserva en relativo buen estado, cuenta con 35 habitaciones y elaboradas puertas. Junto a la fachada se localiza una gran explanada en la que se realizaban las ceremonias.

La más importante era la del Cuya Raymi Killa, que coincidía con el equinoccio de Primavera. Durante la ceremonia se realizaban ritos de purificación que, según las creencias de la época, protegían al imperio de epidemias.

Según la tradición, otra de las funciones del lugar era la educación de las mujeres más nobles del imperio y la formación del cuerpo de sacerdotisas de la religión incaica. En este recinto religioso las alumnas aprendían las rígidas labores que la cultura incaica atribuìan a su sexo y condición social. Otros investigadores  aseguran que también se purificaban las jóvenes destinadas a los sacrificios humanos.

La mística de las islas del Sol y de la Luna atrae cada equinoccio de Primavera (21 de septiembre) y solsticio de Invierno (21 de junio)  a miles de turistas que buscan experiencias ‘sobrenaturales’.

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