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Otras formas de decir

Los militantes del lenguaje despreciamos otras formas de comunicación, confiamos tan ciegamente en el poder de la palabra que olvidamos que hay otras maneras de poder decir. Hablamos y hablamos y hablamos y a veces no conseguimos conectar. Y no sólo no conectamos sino que puede ocurrir que las palabras que pronunciamos en lugar de acercarnos a los otros nos alejen. Porque en ocasiones lo que decimos es un foso por el que se despeñan amistades, relaciones entre padres e hijos o matrimonios. Los militantes del lenguaje, de tanto hablar, corremos el riesgo de acabar siendo como una de esas televisiones permanentemente encendidas que dejan un molesto ruido de fondo en la estancia pero a las que ya nadie presta atención.

¿Qué otras formas de decir existen para comunicar aquello que no son capaces de explicar las palabras? Ante todo, el silencio. El silencio es una forma poderosa de decir. No tanto por lo que el silencio dice, que también, sino porque en esas pausas en las que el lenguaje verbal no existe comienzan tímidamente a aflorar otras formas de comunicación. Cuando dos personas callan se animan a hablar sus cuerpos. Dedicamos mucha energía a pensar en lo que decimos y en lo que nos dicen. Cuando hablamos y cuando nos hablan casi no nos quedan fuerzas para nada más. Porque comunicarnos a través de las palabras es exigente, agotador. Tanto que quienes hablan durante horas acaban extenuados, vaciados física y mentalmente.

El silencio nos permite destinar toda esa energía que gastamos hablando a otro tipo de atención. Cuando dos personas que están juntas acuerdan permanecer calladas, calladas pero sin darse la espalda, calladas pero sin renunciar a hablar, es cuando verdaderamente comienzan a adquirir protagonismo las miradas, los movimientos del cuerpo, el tacto. Ojos, gestos, piel, abrazos, caricias. Formas ancestrales y primitivas de decirnos esas cosas que jamás podremos decirnos a través de las palabras.

Los militantes del lenguaje despreciamos otras formas de comunicación, confiamos tan ciegamente en el poder de la palabra que olvidamos que hay otras maneras de poder decir. Hablamos y hablamos y hablamos y a veces no conseguimos conectar. Y no sólo no conectamos sino que puede ocurrir que las palabras que pronunciamos en lugar de acercarnos a los otros nos alejen. Porque en ocasiones lo que decimos es un foso por el que se despeñan amistades, relaciones entre padres e hijos o matrimonios. Los militantes del lenguaje, de tanto hablar, corremos el riesgo de acabar siendo como una de esas televisiones permanentemente encendidas que dejan un molesto ruido de fondo en la estancia pero a las que ya nadie presta atención.

¿Qué otras formas de decir existen para comunicar aquello que no son capaces de explicar las palabras? Ante todo, el silencio. El silencio es una forma poderosa de decir. No tanto por lo que el silencio dice, que también, sino porque en esas pausas en las que el lenguaje verbal no existe comienzan tímidamente a aflorar otras formas de comunicación. Cuando dos personas callan se animan a hablar sus cuerpos. Dedicamos mucha energía a pensar en lo que decimos y en lo que nos dicen. Cuando hablamos y cuando nos hablan casi no nos quedan fuerzas para nada más. Porque comunicarnos a través de las palabras es exigente, agotador. Tanto que quienes hablan durante horas acaban extenuados, vaciados física y mentalmente.