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Marcos Díez

Poeta y periodista. Autor de los libros de poemas  Desguace (Visor, 2018) Combustión (Visor, 2014) y Puntos de apoyo (La grúa de piedra, 2011). Ha publicado también el libro de cuentos Desdoblados (Valnera, 2012) y El Festín (Valnera, 2017), un libro de artículos de corte reflexivo publicados en eldiario.es Cantabria. Ha sido galardonado con el premio internacional de poesía Hermanos Argensola, el premio de poesía Ciudad de Burgos, el premio de poesía Ciudad de Alcalá y el premio José Hierro de Poesía. 

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De milagro

Un día, tendría yo unos cinco años, salimos a la calle y cerramos sin querer la puerta de la casa con las llaves por dentro. Vivíamos en un primero así que saltamos al patio desde el piso de una vecina. Nuestro baño tenía una de esas ventanas de cristal sujeto con masilla a un marco metálico. En la parte de abajo el cristal era fijo y en la parte superior había una pequeña ventana oscilante, que estaba abierta. Mi madre me metió por esa ventana y me descolgó cabeza abajo mientras me sujetaba por las piernas. En un momento dado me soltó y caí, no recuerdo bien cómo, sobre la bañera. Después, sin lesiones aparentes, corrí orgulloso a abrir la puerta.

Otro día, siendo muy pequeño también, entré solo en la cocina y, al pasar junto a la olla express, giré la llave del gas poniendo el fuego a su máxima potencia. Era una cocina estrecha y alargada, con la ventana en uno de sus extremos. Hasta la ventana fui y me asomé por ella a imaginar que había una montaña rusa dentro del patio (era algo con lo que fantaseaba algunas veces) y que, subido en uno de los vagones de esa atracción soñada, pasaba por delante de las ventanas de los vecinos del sexto y del tercero a una velocidad vertiginosa. La olla explotó y llenó la cocina de vapor, de caldo hirviendo y de fideos. Había fideos por las paredes, por el techo, en los armarios, por el suelo. Mi madre, como si aquello fuera 'Apocalipsis Now', apareció entre el humo gritando mi nombre. Su voz llegaba, como si yo estuviera dentro del agua, a mis oídos aturdidos.

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Rabia y miel

Me atraen las voces rotas, las que se quiebran. Musicalmente prefiero a Camarón, rabia y miel, que la perfección vocal del cantante más perfecto. No tengo claro por qué me atraen con tanta fuerza los cantos ásperos, rasgados. Voces como caminos sin asfaltar, voces como la corteza rugosa de los árboles, voces como torrentes turbios.

No me pasa sólo con la música. Prefiero un jardín ligeramente abandonado, donde asoman zarzas y plantas que crecen sin permiso, que un césped impoluto. Prefiero un coche usado, ya sucio y un poco abollado, que uno nuevo. Prefiero un personaje literario a veces miserable y a veces bondadoso que uno que sea únicamente bondadoso. Prefiero la madera desgastada a la que brilla tras una capa reluciente de barniz. Prefiero las camisetas que ya se han amoldado al cuerpo que las recién estrenadas. Prefiero las canas al pelo teñido. Prefiero la arruga al maquillaje. Me hipnotizan más las manos duras de un labrador que las uñas impecables de un oficinista.

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Sobre el sueño

A veces, no muchas veces, me despierto y no sé dónde estoy ni qué día es. Durante unos segundos mi mente se encuentra como suspendida en un lugar indeterminado, en un tiempo impreciso. ¿Es esta mi cama? ¿Es lunes o sábado? ¿Qué tengo que hacer? ¿Quién soy yo? Es como cuando arrancas el ordenador y se queda un rato procesando la información antes de que el fondo de escritorio aparezca nítido y reconocible ante nuestros ojos.

A veces, no muchas veces, me despierto pero no estoy despierto del todo y durante unos segundos se funden la realidad y el sueño y no soy muy capaz de distinguir lo uno de lo otro. Algo parecido a cuando en una desembocadura se entremezclan el agua dulce y la salada en un torbellino confuso. Y como no sé qué es real y qué ensoñación no tengo claro si quiero entrar de nuevo en el sueño o escapar de él de forma definitiva.

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Sobre la creación

A Mario Camus, tras ganar el Oso de Oro en Berlín con 'La colmena', la Warner le dijo: "Haz lo que quieras". Camus quiso hacer 'Los santos inocentes' y llevó a la productora la novela de Delibes. "¿De qué va?", le preguntaron. "Habla de una familia de campesinos y hay un tonto...", comenzó a responder  antes de que le dijeran que mejor escribiera él un nuevo guion de cualquier cosa. Más tarde, con Ganesh Producciones Cinematográficas e hipotecando su propia casa, Camus rodó 'Los santos inocentes'. El resto (Cannes y el reconocimiento unánime de que había rodado una obra maestra) ya es historia.

Camus siempre lo tuvo claro. Cuando leyó el libro no leyó el libro, sino que vio una película. Fue, además, una película fácil de rodar porque a veces, cuando las cosas se ven con claridad, lo complejo resulta sencillo. Hay personas que se pasan la vida buscando un golpe de lucidez así, esa clarividencia que te lleva a saber que has encontrado algo valioso.

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"Me atraen los claroscuros. La vida alienta y alcanza su mejor verdad en el contraste"

Considera que la mejor literatura hace del contraste su motor.  Y así, lleno de contrastes y claroscuros, ve la luz 'Para una teoría de las distancias', último libro de Lorenzo Oliván (Castro Urdiales, 1968).  El autor, uno de los mejores poetas de su generación en España, se declara obsesionado por el movimiento, como actitud vital y poética. Galardonado con premios como el Loewe, el Generación del 27 o el Premio Nacional de la Crítica, Oliván nos entrega un libro con el que busca conectar lo impensable.

Su último libro de poemas se titula 'Para una teoría de las distancias', un título que remite, tal vez, a cierto trasfondo filosófico. ¿Es su obra, sin renunciar a lo irracional, más meditativa?

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Sobre el control

A algunas personas les pasa que hacen con la gente lo que algunos hacen con las mascotas. Siéntate, plas, traeme la pelotita.  Quieren sentirse dueños de los otros, muchas veces sin darse cuenta, a través del control de su comportamiento. Todos somos un poco controladores según cuándo y con quién. Cuando nos ponemos en modo controlador somos un poco como los perros que cuidan el rebaño. Ladrido por aquí, mordisquito por allí, castigo por allá. Y poco a poco la oveja va a donde el perro le dice que vaya y ya no hace falta que el perro enseñe los dientes o los hinque en su carne porque la oveja ha aprendido que al perro es mejor no enfadarlo. Es más difícil controlar a una persona que a una oveja. Pero no mucho más difícil. Controlar no es muy complicado, si lo saben hacer hasta los perros. De hecho, conozco casos de personas que son dominadas por sus perros, que ejercen sobre sus dueños un control férreo y los dueños no se dan ni cuenta y no es que les acaben llevando en la boca el periódico a sus canes, pero casi.

Las técnicas de control son muy variadas. Están las personas que controlan en plan pastor eléctrico. Cada vez que haces lo que ellas no esperan te sacuden una descarga. Zas, zas, zas. Hasta que te limitas a moverte por las zonas que ellos han delimitado para ti. Este tipo de control, siendo muy aparatoso, es el más inofensivo porque es transparente, claro, fácil de ver y de desactivar. Sólo hay que vencer el miedo al castigo. Es el control más primitivo, más básico, más animal.

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Las fotografías y el alma

En algunas culturas existe la superstición de que cuando a alguien le hacen una fotografía, esa instantánea se apropia no sólo de la imagen de la persona retratada sino también de su alma. Durante mucho tiempo pensé que esta superstición tenía su origen en la ignorancia más oscura, en el primitivismo de gentes que atribuían a la técnica cualidades mágicas y sobrenaturales.

Ahora, en cambio,  siento  que esa superstición no está tan mal encaminada y que, quizás, con cada fotografía que nos hacen, de alguna manera, se nos despoja de algo que hay dentro de nosotros. No porque un pedazo de nuestra alma se vaya con ellas sino porque esas imágenes construyen identidades que rara vez tienen que ver con lo que realmente somos.

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Hospitales

Me gustan los hospitales. Me gustan los quirófanos y las anestesias y las transfusiones de sangre y los trasplantes y las operaciones de rodilla. Me gustan las batas blanquísimas y los pasillos que parecen no tener un final y las salas de urgencia. Me gustan las personas que se dedican a la medicina y me gustan los fármacos. No deseo que me ingresen en un hospital pero deseo tener un hospital cerca cuando me pase algo, aunque sé bien que a veces tener un hospital cerca no sirve de nada. A mi hermana se le rompió una vena dentro de la cabeza en la misma puerta de Valdecilla y de poco sirvieron las camillas y la unidad de cuidados intensivos. Los hospitales no son una garantía, son lugares imperfectos donde las cosas se intentan y los desenlaces fatales, muchas veces, se frenan o retrasan. Lugares donde el dolor, si es posible, se calma. Pero no siempre.

Cuando alguien dice que no le gustan los hospitales entiendo que, en realidad, lo que quiere decir es que no les gusta la enfermedad. A mí tampoco me gustan las enfermedades ni los accidentes pero sí me gustan los hospitales, me gustan con sus aciertos y sus errores porque sé que es imposible que no los haya, porque entiendo que tiene que ser complicado tomar decisiones que pueden ayudar o no a los otros, porque comprendo que asumir ese riesgo de intentar curar implica la posibilidad de no saber hacerlo y de equivocarse, porque hay que tener cierto coraje para hacer eso durante treinta o cuarenta años casi a diario y escuchar, después, los reproches cuando no fue posible ayudar. Hay médicos malos y desagradables, claro que sí. Pero hasta los malos nos salvan muchas veces.

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Sufrir

La realidad es algo a lo que sólo podemos asomarnos de forma sesgada. Para cada persona la realidad es lo que percibe, lo que interpreta, lo que ha aprendido, lo que le han dicho de forma convincente que el mundo es. Tantos mundos como tantas mentes intentado descifrar, de formas más o menos conscientes, qué demonios es todo eso que está fuera de nuestros cuerpos.

Sólo así se explica que ante una misma realidad y en un mismo contexto y desde una posición similar unos vean miseria y otros milagro. Porque es sorprendente cómo algunas mentes pueden reducir una vez y otra el mundo a lo mezquino, naufragar una vez y otra en pequeños charcos.

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Secretos

La transparencia es, en estos tiempos que corren, una exigencia. Hay que mostrar todo lo que hay porque se presupone que nada bueno se puede ocultar tras un secreto. Debemos ser cristalinos, diáfanos, sin rincones oscuros, sin penumbras, sin sombras, sin misterios.

Tras la demanda de transparencia lo que hay es siempre una falta de confianza. El que confía no necesita que todo se le muestre. Nuestra sociedad no confía y por eso demandamos una necesaria transparencia en la gestión pública. Nadie se fía de nadie y como consecuencia no permitimos que nada se oculte. Y con razón.

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