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Marcos Díez

Escritor, poeta y periodista. Autor de los poemarios  Combustión (Visor, 2014) y Puntos de apoyo (La grúa de piedra, 2011). Ha publicado también el libro de cuentos Desdoblados (Valnera, 2012). Dirige desde 2011 la Fundación Santander Creativa.

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Hospitales

Me gustan los hospitales. Me gustan los quirófanos y las anestesias y las transfusiones de sangre y los trasplantes y las operaciones de rodilla. Me gustan las batas blanquísimas y los pasillos que parecen no tener un final y las salas de urgencia. Me gustan las personas que se dedican a la medicina y me gustan los fármacos. No deseo que me ingresen en un hospital pero deseo tener un hospital cerca cuando me pase algo, aunque sé bien que a veces tener un hospital cerca no sirve de nada. A mi hermana se le rompió una vena dentro de la cabeza en la misma puerta de Valdecilla y de poco sirvieron las camillas y la unidad de cuidados intensivos. Los hospitales no son una garantía, son lugares imperfectos donde las cosas se intentan y los desenlaces fatales, muchas veces, se frenan o retrasan. Lugares donde el dolor, si es posible, se calma. Pero no siempre.

Cuando alguien dice que no le gustan los hospitales entiendo que, en realidad, lo que quiere decir es que no les gusta la enfermedad. A mí tampoco me gustan las enfermedades ni los accidentes pero sí me gustan los hospitales, me gustan con sus aciertos y sus errores porque sé que es imposible que no los haya, porque entiendo que tiene que ser complicado tomar decisiones que pueden ayudar o no a los otros, porque comprendo que asumir ese riesgo de intentar curar implica la posibilidad de no saber hacerlo y de equivocarse, porque hay que tener cierto coraje para hacer eso durante treinta o cuarenta años casi a diario y escuchar, después, los reproches cuando no fue posible ayudar. Hay médicos malos y desagradables, claro que sí. Pero hasta los malos nos salvan muchas veces.

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Sufrir

La realidad es algo a lo que sólo podemos asomarnos de forma sesgada. Para cada persona la realidad es lo que percibe, lo que interpreta, lo que ha aprendido, lo que le han dicho de forma convincente que el mundo es. Tantos mundos como tantas mentes intentado descifrar, de formas más o menos conscientes, qué demonios es todo eso que está fuera de nuestros cuerpos.

Sólo así se explica que ante una misma realidad y en un mismo contexto y desde una posición similar unos vean miseria y otros milagro. Porque es sorprendente cómo algunas mentes pueden reducir una vez y otra el mundo a lo mezquino, naufragar una vez y otra en pequeños charcos.

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Secretos

La transparencia es, en estos tiempos que corren, una exigencia. Hay que mostrar todo lo que hay porque se presupone que nada bueno se puede ocultar tras un secreto. Debemos ser cristalinos, diáfanos, sin rincones oscuros, sin penumbras, sin sombras, sin misterios.

Tras la demanda de transparencia lo que hay es siempre una falta de confianza. El que confía no necesita que todo se le muestre. Nuestra sociedad no confía y por eso demandamos una necesaria transparencia en la gestión pública. Nadie se fía de nadie y como consecuencia no permitimos que nada se oculte. Y con razón.

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Los inagotables

Hay libros que se agotan, la mayoría, y hay un puñado de libros inagotables. La Biblia es, quizás, el mejor ejemplo de los segundos porque no se acaba nunca. A mí no se me agotan algunos libros de poemas porque vuelvo a ellos una vez y otra como el que camina por un bosque que ya conoce pero que nunca es exactamente el mismo. Cuando Mario Camus, cineasta y gran lector, tuvo que desprenderse de parte de su biblioteca eligió quedarse sólo con los ejemplares de poesía, quizás porque el poema está a medio camino entre la literatura y la canción, quizá porque el poema tiene una música que invita a ser escuchada, una música que cada vez que se escucha suena mejor. O tal vez porque ocupan menos, todo puede ser.

Al margen de la poesía hay en mi vida una serie de libros que son como una cantimplora que siempre tiene algo fresco que ofrecerme, un buen sorbo que llevarme a la boca. Pienso, sobre todo, en el 'Libro del desasosiego' de Pessoa, que me acompaña desde hace más de veinticinco años. Un libro que tolera como pocos la repetición y que siempre, como las grandes personas, tiene algo que ofrecerme cuando regreso a él. Por eso vuelvo.

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In šāʾ Allāh

Una vecina a la que le falta una década para cumplir un siglo se despide de mí siempre que nos vemos de la misma manera. Hasta mañana, digo yo. Si dios quiere, dice ella. Y si no quiere también, le suelo replicar. Ella me mira como si no tuviese ni idea de nada y creo que tiene razón. Porque tras su "si dios quiere" lo que hay no es un dejar en manos de la divinidad el futuro sino el reconocimiento de que lo que pasará mañana es algo que no depende sólo de nosotros.

"Si dios quiere" expresa el deseo de que algo suceda y la aceptación de que el hecho de que suceda escapa de alguna manera a nuestro control.  Mi "y si no quiere también" lo que refleja es una soberbia y una ingenuidad porque lo cierto es que yo no puedo decidir del todo ver a mi vecina mañana y por eso conviene dejar en el aire, como hace ella, ese deseo de que nos veamos y no dar por sentado que ese encuentro llegará a producirse.

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Agujeros

La vida está llena de agujeros, se abren ante nosotros como venidos de la nada y muchos están llenos de nada también. Caemos en ellos o los andamos bordeando como el que camina por el filo de un acantilado y se mueve temeroso, con miedo a que todo se precipite hacia no sabe dónde. Un agujero puede esconder, como un pozo, únicamente oscuridad. Pero también puede conducirnos, como un túnel, hacia un nuevo paisaje, hacia una luz distinta. ¿Cómo distinguir unos de otros?

Los agujeros aparecen de repente o se van haciendo poco a poco sin que nos demos cuenta. En ocasiones los cavamos nosotros de espaldas a nosotros mismos. Otras veces los agujeros se van horadando lentamente empujados por la erosión de los días, de las ilusiones, de los cuerpos, de los afectos. Sea como sea, el caso es que donde algo era sólido se abre de pronto una grieta y dentro de la grieta hay un vacío.

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Otras formas de decir

Los militantes del lenguaje despreciamos otras formas de comunicación, confiamos tan ciegamente en el poder de la palabra que olvidamos que hay otras maneras de poder decir. Hablamos y hablamos y hablamos y a veces no conseguimos conectar. Y no sólo no conectamos sino que puede ocurrir que las palabras que pronunciamos en lugar de acercarnos a los otros nos alejen. Porque en ocasiones lo que decimos es un foso por el que se despeñan amistades, relaciones entre padres e hijos o matrimonios. Los militantes del lenguaje, de tanto hablar, corremos el riesgo de acabar siendo como una de esas televisiones permanentemente encendidas que dejan un molesto ruido de fondo en la estancia pero a las que ya nadie presta atención.

¿Qué otras formas de decir existen para comunicar aquello que no son capaces de explicar las palabras? Ante todo, el silencio. El silencio es una forma poderosa de decir. No tanto por lo que el silencio dice, que también, sino porque en esas pausas en las que el lenguaje verbal no existe comienzan tímidamente a aflorar otras formas de comunicación. Cuando dos personas callan se animan a hablar sus cuerpos. Dedicamos mucha energía a pensar en lo que decimos y en lo que nos dicen. Cuando hablamos y cuando nos hablan casi no nos quedan fuerzas para nada más. Porque comunicarnos a través de las palabras es exigente, agotador. Tanto que quienes hablan durante horas acaban extenuados, vaciados física y mentalmente.

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Personas raras

Qué raras son las personas. Rarísimas. Todas. Hasta las que se creen normales. A veces las observo secretamente. Las miro y no me ven cuando las miro. Al menos eso pienso, que no me ven mirar. Es que son fascinantes. Y están por todas partes. Me gusta observar sobre todo a desconocidos. Los miro cuando caminan, cuando esperan en la parada del autobús, cuando toman café, cuando conducen. Qué extraños son con sus ropajes, con sus adornos, con sus extensiones tecnológicas, con sus acciones inverosímiles.

Es corriente que en espacios públicos nos sintamos a salvo de las miradas indiscretas de los desconocidos. Porque, ¿quién se va a fijar en nosotros? Y es entonces cuando bajamos la guardia y asoman en lugares donde somos visibles comportamientos que escondemos bajo nuestro yo social. Para empezar, hay mucha gente que habla sola por la calle, murmuran entre dientes, hacen gestos de asentimiento o de reprobación, a veces sonríen y otras discuten. Pertenezco a ese club, lo reconozco, y aunque trato de disimular es posible que a veces me relaje y algún observador me vea caminar por la calle mientras me recito a mí mismo un poema escrito por mí para ver cómo suena, esa masturbación.

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Sobre el humor

Cada vez que me asalta una preocupación intento reírme de ella. El humor es un arma poderosa para aliviar el punto de vista, relajar el ánimo y tomar mejores decisiones. Ante una situación difícil el humor equivale a abrir una ventana para que se renueve el aire ya irrespirable de una estancia. La carcajada limpia los pulmones. 

A más dificultad, más me río de mí y de lo que me pasa y más brutas son las bromas que me hago. Cuando hay tragedias personales, con enfermedades y muertes de por medio, ya me dejo caer hacia el humor negro, esa forma de llorar y reír al mismo tiempo. El humor no hace desaparecer los dramas pero los aligera, les quita fuelle. Ante la muerte y la enfermedad cabe el dolor, sí, pero también el humor. Me río, sobre todo, de mis miedos, de mis problemas, de mis pequeñas hipocondrías, de la nada que acecha.

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1982

En uno de los primeros recuerdos de mi infancia estoy en un supermercado y una cajera me guiña primero el ojo derecho y luego el izquierdo y me regala un sobre de cromos del Mundial de Fútbol. Yo miro a Naranjito, que confundo inicialmente con una mandarina, y pienso: "¡Estamos en 1982!". Con cinco años sentí que había alcanzado el futuro y me creí un privilegiado, como un escalador que llega a lo alto de una montaña. Fue la primera vez que tuve verdadera conciencia del tiempo.

En 1992 me pasó algo parecido. Y qué decir del cambio de milenio y el efecto 2.000 que iba a colapsar la civilización contemporánea. En aquella época trabajaba en una televisión local haciendo un programa patrocinado por el Gobierno regional de turno titulado pomposamente '2006, un horizonte empresarial'. Llegó 2006 y el horizonte, como la zanahoria que se pone delante del burro para que no se detenga, siguió estando exactamente a la misma distancia.

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