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Marcos Díez

Poeta y periodista. Autor de los libros de poemas  Desguace (Visor, 2018) Combustión (Visor, 2014) y Puntos de apoyo (La grúa de piedra, 2011). Ha publicado también el libro de cuentos Desdoblados (Valnera, 2012) y El Festín (Valnera, 2017), un libro de artículos de corte reflexivo publicados en eldiario.es Cantabria. Ha sido galardonado con el premio internacional de poesía Hermanos Argensola, el premio de poesía Ciudad de Burgos, el premio de poesía Ciudad de Alcalá y el premio José Hierro de Poesía. 

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Un extraño paseo

Hace unos días di un paseo a mi perro de madrugada. El termómetro del coche parpadeaba indicando riesgo de hielo: tres grados, dos grados, cero grados. El perro, acomodado a los pies del asiento delantero, llevaba un par de días sin verme. Lo acababa de recoger, al filo de la media noche, y mientras conducía hacia casa me miraba fijamente como diciéndome: "Venga, no me hagas esto, vamos a correr un poco". Aunque a saber lo que pensaba o esperaba el perro de mí, si es que pensaba o esperaba algo. El caso es que interpreté que quería que yo lo pasease y no quise decepcionarlo.

Estaba muy cansado, sólo quería dejar caer mi cuerpo sobre la cama para entregarme seguidamente al sueño, pero ante su insistencia perruna di el intermitente y aparqué el coche a los pies de una farola solitaria desde la que nace un camino por el que suelo pasear a plena luz del día. Actué movido por el temor a decepcionar a mi perro (sin comentarios). El caso es que él se puso muy contento y yo me envolví en la bufanda, me abroché bien el abrigo, metí las manos en los bolsillos y me adentré en la noche.

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Sobre los cuerpos

A un perro le resulta indiferente que alguien esté vestido o desnudo a su lado. Todas las personas que han convivido con un perro saben a qué me refiero. El animal nos mira imperturbable porque no le dice nada nuestro cuerpo, lo único que le importa es nuestra presencia, lo que hacemos, cómo ocupamos el espacio e interactuamos con él. A los niños muy pequeños les pasa algo parecido: no sienten extrañeza ante sus padres sin ropa. A un perro o a una niña muy pequeña les da igual el grado de definición de mis músculos, si tengo más o menos vello corporal, las arrugas, la sequedad de mis rodillas, las canas, las primeras señales de mi inevitable decadencia.

Crecemos y vamos llenando la carne de significado y al hacerlo dejamos de verla. Estamos tan llenos de imágenes de lo que debe ser un cuerpo que somos incapaces de mirarnos con limpieza incluso cuando en la soledad de nuestra habitación, al salir de una ducha placentera, nos situamos despojados de adornos y artificios ante el espejo. Lo que es bello y lo que no está mediatizado por unos aprendizajes que nos señalan de qué debemos avergonzarnos, qué debe de atraernos, qué tiene que causarnos rechazo en los demás y en nosotros mismos.

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Sobre lo virtual

Los teléfonos móviles, con todas sus aplicaciones al servicio de la comunicación, nos permiten estar conectados a todas horas con casi todo el mundo. Los sistemas de mensajería instantánea promueven con sus diálogos escritos inmediatos una forma de conversar que tiene algo de omnipresente y que está atravesada casi siempre por el malentendido, la imprecisión y la prisa. Conversamos con otro, sí, pero el otro no está. No lo vemos, no lo escuchamos, no sabemos qué hace mientras habla con nosotros. Y ni siquiera tenemos la ventaja de la comunicación epistolar en la que lo escrito da lugar a reflexiones hondas y de calado, a una forma de decir hermosa porque se cuida y no es precipitada. 

La palabra escrita vale más cuanto más se piensa porque es en ese detenernos a pensar en lo que escribimos cuando se abre paso un pensamiento distinto. Por eso el arte de la correspondencia nos eleva. Las palabras que escribimos desde los teclados táctiles al ritmo vertiginoso de una conversación hablada nos conducen, sin embargo, al desastre y la frustración. Dialogar a través de estas aplicaciones de mensajería instantánea acaba siendo casi siempre agotador. Porque cuando uno tiene verdaderamente ganas de hablar con otra persona lo virtual es siempre una carencia que nos recuerda que la otra persona no está porque nos falta su cuerpo con sus ojos encendidos que también nos dicen cosas.

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Fitipaldi

Hay personas que simbolizan cosas. Sus nombres y apellidos se convierten entonces en adjetivos que tienen un significado. Es lo que le sucedió a Emmerson Fittipaldi, piloto de carreras de los años setenta cuyo apellido se utiliza desde hace décadas en nuestra lengua para denominar a quienes van por la vida veloces, alegres y un tanto alocados. ¿Por qué de entre todos los pilotos de Fórmula 1 fue Fittipaldi el elegido a pesar de no ser el más laureado, quizás tampoco el más rápido? ¿Por qué Fittipaldi y no Senna o Prost o Fangio o Brabham?

Tenemos, por una parte, la sonoridad. Fittipaldi está cargado de íes que asoman afiladas, veloces, de nuestros labios. Schumacher pesa como un tanque cada vez que lo pronunciamos, Vettel tiene algo de funeral. Fittipaldi, en cambio, es una palabra que sale disparada con su forma de flecha. Fittipaldi se dice como si se acelerara porque cabalga a lomos de su propia velocidad.

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Un hombre y una cueva

Hay en Santander un hombre que vive en una cueva. No diré dónde, para qué. No he entrado en esa cueva aunque ganas de hacerlo sí he tenido. Afuera de su caverna hay una mesa, unas sillas, una bombona de butano y un tendal. No conozco a ese hombre pero estoy tentado de irme a pasear por los alrededores de la gruta en la que vive a ver si me lo encuentro y me invita a entrar. Me han dicho que su cueva es alargada, que tiene una buena orientación y que cuenta, incluso, con una ventana desde la que se puede ver el mar. Me lo ha dicho una persona que conoce a alguien que conoce a alguien que dice que ha estado dentro de esa cueva en una ocasión.

No sé si ese hombre será feliz, si estará loco, si será desdichado, si pasará hambre, si estará satisfecho, si tendrá frío, si le dolerán los huesos por la humedad. Desconozco si se despertará en medio de la noche y le invadirá una tristeza hecha ya piedra o si le crecerá dentro la alegría al oler el salitre del mar y escuchar el sonido de las olas rompiendo contra los acantilados.

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Sobre la permanencia

La imagen digital no ocupa, no pesa, es vaporosa. Uno guarda cientos o miles de fotografías en su teléfono móvil. Se mezcla todo allí: lo que merece ser guardado (que es lo menos casi siempre) y lo que debería ser eliminado. Pero hacer esa selección lleva un trabajo, así que finalmente las fotografías se descargan como el que descarga un volquete lleno de tierra en el ordenador. En sus entrañas electrónicas se acumulan desordenadas las imágenes en carpetas. Cada fotografía tiene un nombre, que es en realidad un número que no nos dice nada. Los archivos son cada vez más, pero la computadora pesa lo mismo. Por eso guardamos, guardamos, guardamos instantáneas como si quisiésemos atrapar con ellas, en ellas, la vida que se nos va. Pero cuantas más fotografías tenemos menos posibilidades hay de que volvamos algún día a ver aquello que en su día retratamos.

Un amigo que trabaja en temas tecnológicos asegura que nuestros nietos tendrán menos posibilidades de ver fotografías nuestras que nosotros de nuestros abuelos. Todos los ordenadores se apagarán un día para no ser encendidos nunca más, los discos duros en algún momento dejarán de conectarse, las contraseñas se olvidan, los formatos cambian. Todo lo que haya dentro de una computadora que permanezca apagada treinta años no podrá ser recuperado. Un disco duro no podrá resistir un siglo en un desván. Un archivo digital es más frágil que un álbum.

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El crematorio

Manuel Vilas, en su poema 'El crematorio', habla con el hombre que maneja el horno de gasoil en el que van a incinerar a su padre. El hombre le dice: "Dura dos o tres horas, depende del peso del difunto". Vilas comenta: "Mi padre sólo pesaba setenta kilos". "Bueno, entonces costará mucho menos tiempo", responde el hombre.

Me he acordado del poema al leer que la Consejería de Sanidad de Valencia se ha llegado a plantear la prohibición de incinerar a personas con obesidad mórbida, porque contaminan demasiado. El hombre del poema de Vilas ya lo dejaba caer: "Antes hemos quemado a un señor de ciento veinte kilos, y ha tardado un rato largo". Los que redactaron esa propuesta de Valencia quizá leyeron el poema de Vilas y se vieron invadidos por una repentina lucidez. Argumentaban que incinerar un cuerpo de ese volumen "necesita una cantidad muy elevada de combustible", lo que conlleva un aumento "considerable de contaminación sobrepasando el umbral de lo permitido".

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Gafas

Perdí las gafas de sol y el sol no dejaba de molestarme, se ponía delante de mi parabrisas a primera hora de la mañana o última de la tarde y me cegaba y yo me acordaba de mis gafas de sol y las echaba de menos. Eran horribles pero hacían su función. Así que fui a la óptica para comprarme unas y me graduaron la vista. Llevaba cinco años sin hacerlo y mi miopía había aumentado un poco en el ojo izquierdo y considerablemente en el derecho. El óptico me explicó que el ojo está diseñado para mirar a lo lejos, para localizar bisontes o gacelas desde lo alto de una colina, y no para enfocar una letra del cuerpo doce en un teléfono móvil, en un libro o en un ordenador. Así que tuve que comprarme unas gafas normales también.

No me resulta fácil escoger unas gafas. Llevaba cinco años con las anteriores y cambiarlas era como ponerme otras cejas, otros ojos, otra boca u otra nariz. Con todas me veía raro. Me probaba unas y otras y me sentía Mister Potato quitándome y poniéndome cosas de la cara; me miraba inseguro al espejo de la óptica y como las gafas de prueba no están graduadas me tenía que pegar al espejo para poder ver algo con unos ojillos que vistos de cerca me parecieron tristes. Probé a hacerme fotos con el teléfono móvil para verme desde una perspectiva más adecuada. El óptico me miraba con una mezcla de ternura y desesperación mientras yo estiraba mi brazo y miraba a la cámara un tanto incómodo. Al final escogí unas sin estar demasiado convencido.

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Una historia mínima

Hace unas semanas me senté en un banco junto a la bahía. El aire estaba limpio y mi vista se deslizaba como una patinadora por un paisaje antiguo y cristalino. La luz iba cayendo. El cielo, en esas últimas horas de la tarde, cambiaba cada minuto y, más que un lienzo estático, era una danza de luces y colores que se enredaban entre el mar y las montañas.

En el banco de al lado una pareja, o lo que a mí me parecía una pareja, hablaba de sus cosas. Ella creyó reconocer un velero que regresaba a casa tras volver de no sabía dónde pero luego se fijó bien y dijo que no, que no era ese el velero que ella conocía. Comenzaron a fantasear en ese momento con la posibilidad de navegar juntos. Poco después sus ensoñaciones se centraron en hacer un viaje, o varios viajes, o muchos viajes. Ella proponía lugares muy lejanos en los que él no había estado. Él parecía triste y era como si ella lo intentara sacar de un lugar en el que andaba sumergido. Los miré un poco de reojo y vi que no se tocaban pero que se movían como si tuviesen muchas ganas de hacerlo.

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Tirachinas

Hasta los siete años crecí en el barrio de Castilla Hermida, junto a la antigua lonja de pescado, y fui al colegio del Barrio Pesquero. El patio del recreo era la calle y, también, una nave portuaria en la que se almacenaban gigantescas montañas de piedras que tenían cristales incrustados que brillaban como tesoros muy pequeños cuando las acariciaba la luz del sol. El timbre que anunciaba que había que regresar a clase era el puño del maestro golpeando una puerta metálica. No sé si alguien nos vigilaba mientras, entre clase y clase, jugábamos con los minerales como el que juega con la arena de la playa.

La memoria de la primera infancia es, al menos en mi caso, un tanto débil. Pero la memoria funciona un poco como esas muñecas rusas que, si las abres, encuentras una nueva muñeca más pequeña en su interior. Fijas tu mente en un recuerdo y, si logras sostener esa atención en un acontecimiento, es fácil que acabe apareciendo en ese recuerdo una trampilla que nos lleva a un acontecimiento distinto de nuestro pasado que descansa, sin que nosotros lo sepamos, enterrado en algún lugar de la memoria. Trampilla a trampilla vamos accediendo a una compleja galería llena de recovecos, simas, grandes cavidades con estalactitas, ríos subterráneos, espacios oscuros o sin ventilar. 

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