eldiario.es

Síguenos:

Boletines

Boletines

Menú

Marcos Díez

Poeta y periodista. Autor de los libros de poemas  Desguace (Visor, 2018) Combustión (Visor, 2014) y Puntos de apoyo (La grúa de piedra, 2011). Ha publicado también el libro de cuentos Desdoblados (Valnera, 2012) y El Festín (Valnera, 2017), un libro de artículos de corte reflexivo publicados en eldiario.es Cantabria. Ha sido galardonado con el premio internacional de poesía Hermanos Argensola, el premio de poesía Ciudad de Burgos, el premio de poesía Ciudad de Alcalá y el premio José Hierro de Poesía. 

  • Reacciones a sus artículos en eldiario.es: 7

Literatura y salvación

Si se abre ligeramente un libro y se coloca con el lomo mirando hacia el cielo se crea, en ese momento, algo como una tienda de campaña. Quizá por eso, por complicada que sea la situación en la que me encuentre, hallo siempre una guarida en la literatura.  Es la literatura un lugar parecido a la vida pero que no es exactamente la vida. Allí uno coge fuerzas, perspectiva, visión, para arrojarse a vivir de nuevo otra vez con más arrojo, con más inteligencia.

No se puede vivir siempre dentro de la literatura pero la literatura ayuda a desbrozar los caminos de la vida que están enmarañados. Escribir cura y salva. Leer, cura y salva más todavía. Muchos escritores realizan afirmaciones parecidas, es casi un mantra que se repite. La literatura me ha salvado. La literatura me ha salvado. La literatura me ha salvado. De tanto repetirse puede parecer una frase hecha. Pero no.

Seguir leyendo »

Zánganos

Un vecino de noventa años me dijo hace poco: "Ay, si volviese a vivir haría las cosas de manera distinta". "Qué harías distinto", pregunté yo. Su respuesta fue automática: "¡Sería un zángano!". Y luego comenzó a reír como si hubiese hecho un corte de mangas a las horas dedicadas a tareas carentes de sentido para él.

Los zánganos están mal vistos porque parece, y es verdad, que se aprovechan de los que sí laboran. Pero los zánganos son criticados, sobre todo, porque, en lo más hondo, es justo lo que desean hacer los que les critican. El zángano dedica su tiempo a lo que le place y ese es, quizás, el exponente máximo de la libertad: hacer lo que uno quiere cuando quiere en una vida que es limitada y efímera. El zángano tiene el valor y la sabiduría de enfrentarse al tiempo abierto como un campo de Castilla. No todo el mundo puede mirar a la cara al tiempo ancho, al tiempo sin el cobijo de una obligación alrededor de la cual se articule la existencia. Los zánganos, casi siempre, son capaces de construir sus propias madrigueras, de sacar de la manga en medio de cualquier páramo siempre una buena sombra. A los zánganos se les revela lo mejor de la vida. 

Seguir leyendo »

Burocracia

La burocracia es una tela de araña muy tupida que nos atrapa y nos inmoviliza, a veces hasta matarnos. Ken Loach habla de ello en 'Yo, Daniel Blake'. El protagonista de la película es un carpintero que ha sufrido un infarto y que, según la recomendación de sus médicos, debe dejar de trabajar. Pero una funcionaria de la Seguridad Social le dice, tras una entrevista personal, que está en condiciones de hacerlo. Para no perder la cobertura como desempleado, porque el subsidio por incapacidad se lo han denegado, se ve obligado a demostrar que busca activamente unos empleos que no puede aceptar porque su médico le dice que tiene que guardar reposo. Mientras tanto, desesperado y humillado porque es visto permanentemente como un sospechoso, vaga de oficina en oficina, de formulario en formulario, de reclamación en reclamación.

La burocracia, de tan disparatada y cruel, empuja en ocasiones a la trampa, sobre todo a los más vulnerables. Porque los recursos (formación, economía saneada, etc.) facilitan los caminos alternativos (la sanidad privada, por ejemplo) o el afrontar (contratando gente especializada, otro ejemplo) trámites que sin un conocimiento profundo de la administración son retos equivalentes a subir el Everest sin botellas de oxígeno y sin la ayuda de los sherpas.

Seguir leyendo »

Sobre la navegación

Desde que uso el navegador GPS llego antes y mejor a los sitios a los que quiero ir pero me oriento peor y, quizás por desgracia, me pierdo menos. Confío en esa máquina porque hace las cosas mejor que yo. Pero yo, al entregarme a la máquina, hago cada vez peor las cosas que sabía hacer. Cuando la máquina falla me cuesta el doble llegar a los sitios porque algo en mí se ha entumecido. Si la máquina no funciona tengo que parar en una gasolinera, comprar un mapa y dejar un poco de tiempo a mi mente para que vaya recordando cómo era eso de orientarse en el espacio, cómo era estar atento a las señales, cómo era preguntar a una persona desconocida, cómo era tomar los caminos equivocados sin que una voz programada insista sin descanso en que he cometido un error.

En un mundo entregado a la productividad no están bien vistas las pérdidas de tiempo, ni siquiera cuando uno está descansando (el tiempo de descanso se parece sospechosamente al tiempo de trabajo muchas veces). El navegador nos permite optimizar las horas que dedicamos a un viaje pero, al hacerlo, convierte ese viaje en un acto planificado, previsible, seguro. Y de alguna manera, aunque nos desplacemos de un sitio a otro, el viaje deja un poco de existir. Nos pasamos la vida planificando cosas porque existe en nosotros la pulsión de aprovechar al máximo el tiempo limitado que tenemos para vivir. La planificación se acaba convirtiendo, así, en una metodología al servicio de la optimización de la existencia. La vida acaba determinada por la agenda establecida (toda agenda aporta orden y ahogo), los itinerarios se marcan de antemano y se reduce al mínimo la posibilidad de la sorpresa. Las sorpresas, cuando llegan, suelen tener más que ver con los accidentes que, para bien o para mal, nos sacuden y hacen que la vitalidad vibre de nuevo.

Seguir leyendo »

Escribir

Al escribir, en los días mejores, parece como si el teclado del ordenador fuera de pronto un piano. Tiene el lenguaje su música, aunque no estén demasiado claras sus partituras, que también las hay. En la escritura el ritmo es ese algo un tanto misterioso que hace que unas cosas fluyan y otras no. Lo escrito gusta no sólo por lo que dice sino, también, por cómo suena eso que se dice. Cuando leemos bailamos al compás de las palabras que se pronuncian adentro de nosotros.

Escribir es un ejercicio fascinante. Uno no escribe como habla y, quizás por eso, la escritura nos ilumina con una forma de pensar distinta. No se piensa igual cuando se escribe que cuando no. Mientras uno escribe el pensamiento avanza de distinta manera por los recovecos de la mente. A determinadas ideas uno solo puede llegar escribiendo, como determinados lugares solo se pueden alcanzar buceando. Escribir es un remolino en el que se entremezcla lo que uno busca de forma premeditada con lo que uno, sin esperarlo, encuentra. Escribir es ir a la caza de palabras en las que hemos pensado pero, también, es dejarse sorprender por palabras que salen a buscarnos para anunciarnos cosas de las que no nos habíamos percatado.  El oficio es elegir con acierto qué, en medio de ese torbellino, formará parte del texto y qué no.

Seguir leyendo »

Sobre la espera

¿A quién no le ha ocurrido alguna vez? Nos ponen una fecha o la ponemos nosotros. Cogemos entonces el calendario y se rodea con un bolígrafo, cuidadosamente, ese día, como para que no se escape. A partir de ese momento se espera con urgencia, si la fecha es deseada, o con inquietud, si el momento que hemos marcado está rodeado de incertidumbres, a que ese día llegue. Parece que las fechas que señalamos quedan unidas a nosotros con una cinta elástica, no permanecen estáticas sino que,  misteriosamente, se alejan o se acercan. En unas ocasiones parece que las podemos tocar casi con la punta de los dedos, en otras nos parece que no llegaremos nunca a alcanzarlas. Es como si al marcar la fecha en el calendario atáramos la fecha a un anzuelo y lo lanzásemos al mar, desde ese instante nos sentimos unidos por un fino sedal, casi invisible, a lo que enganchado a ese anzuelo nos espera. La caña, desde ese momento, está viva y nos dice cosas de lo que aguardamos, bien porque se tensa o vibra, bien porque no se percibe nada tirando del sedal en el lado que no vemos.

De cuando en cuando uno va al calendario y mira ese día que ha señalado, como si al mirarlo ese círculo que lo rodea se convirtiera en una mirilla por la que pudiéramos asomarnos a lo que va a pasar. Hay personas que mientras esperan tachan, como si fuesen presos, los días que ya han vivido. Quizás porque la espera se vive a veces como una condena. Se tachan los días que van pasando y el tiempo que aún tenemos que esperar parece, con ese efecto óptico, algo más liviano.

Seguir leyendo »

Madrugar

Suena mi despertador a las 6:00 de la mañana con independencia de que sea o no día laboral. Me cuesta poner el cuerpo en marcha al principio. Pero, vencida esa primera tentación de volver a dormir, salgo de la habitación y hallo una secreta energía en el silencio de la casa. Sólo el perro se levanta conmigo, se estira, sale a la calle unos segundos, alivia su vejiga, olisquea perezoso alguna planta y se vuelve a tumbar para seguir descansando en otro sitio.

Levantarse temprano, cuando es de noche todavía, con la mente despejada tras el descanso, solo porque todos duermen, en silencio porque no ha llegado la hora de los ruidos, es una costumbre para mí vigorizante. Pocos momentos del día me producen un placer tan íntimo. Un poco antes de que amanezca comienzan a cantar los pájaros, como si estuvieran dando a la claridad que se comienza a intuir la bienvenida. Uno abre la ventana y, mientras comienza clarear, parece que el aire está más limpio. Ya sé que el mundo no se estrena en cada amanecer pero mientras está amaneciendo a mí me lo parece y es como si yo también estrenase mi atención y mis sentidos. Son las mejores horas para el pensamiento, para la lectura, para la contemplación más nítida.

Seguir leyendo »

De milagro

Un día, tendría yo unos cinco años, salimos a la calle y cerramos sin querer la puerta de la casa con las llaves por dentro. Vivíamos en un primero así que saltamos al patio desde el piso de una vecina. Nuestro baño tenía una de esas ventanas de cristal sujeto con masilla a un marco metálico. En la parte de abajo el cristal era fijo y en la parte superior había una pequeña ventana oscilante, que estaba abierta. Mi madre me metió por esa ventana y me descolgó cabeza abajo mientras me sujetaba por las piernas. En un momento dado me soltó y caí, no recuerdo bien cómo, sobre la bañera. Después, sin lesiones aparentes, corrí orgulloso a abrir la puerta.

Otro día, siendo muy pequeño también, entré solo en la cocina y, al pasar junto a la olla express, giré la llave del gas poniendo el fuego a su máxima potencia. Era una cocina estrecha y alargada, con la ventana en uno de sus extremos. Hasta la ventana fui y me asomé por ella a imaginar que había una montaña rusa dentro del patio (era algo con lo que fantaseaba algunas veces) y que, subido en uno de los vagones de esa atracción soñada, pasaba por delante de las ventanas de los vecinos del sexto y del tercero a una velocidad vertiginosa. La olla explotó y llenó la cocina de vapor, de caldo hirviendo y de fideos. Había fideos por las paredes, por el techo, en los armarios, por el suelo. Mi madre, como si aquello fuera 'Apocalipsis Now', apareció entre el humo gritando mi nombre. Su voz llegaba, como si yo estuviera dentro del agua, a mis oídos aturdidos.

Seguir leyendo »

Rabia y miel

Me atraen las voces rotas, las que se quiebran. Musicalmente prefiero a Camarón, rabia y miel, que la perfección vocal del cantante más perfecto. No tengo claro por qué me atraen con tanta fuerza los cantos ásperos, rasgados. Voces como caminos sin asfaltar, voces como la corteza rugosa de los árboles, voces como torrentes turbios.

No me pasa sólo con la música. Prefiero un jardín ligeramente abandonado, donde asoman zarzas y plantas que crecen sin permiso, que un césped impoluto. Prefiero un coche usado, ya sucio y un poco abollado, que uno nuevo. Prefiero un personaje literario a veces miserable y a veces bondadoso que uno que sea únicamente bondadoso. Prefiero la madera desgastada a la que brilla tras una capa reluciente de barniz. Prefiero las camisetas que ya se han amoldado al cuerpo que las recién estrenadas. Prefiero las canas al pelo teñido. Prefiero la arruga al maquillaje. Me hipnotizan más las manos duras de un labrador que las uñas impecables de un oficinista.

Seguir leyendo »

Sobre el sueño

A veces, no muchas veces, me despierto y no sé dónde estoy ni qué día es. Durante unos segundos mi mente se encuentra como suspendida en un lugar indeterminado, en un tiempo impreciso. ¿Es esta mi cama? ¿Es lunes o sábado? ¿Qué tengo que hacer? ¿Quién soy yo? Es como cuando arrancas el ordenador y se queda un rato procesando la información antes de que el fondo de escritorio aparezca nítido y reconocible ante nuestros ojos.

A veces, no muchas veces, me despierto pero no estoy despierto del todo y durante unos segundos se funden la realidad y el sueño y no soy muy capaz de distinguir lo uno de lo otro. Algo parecido a cuando en una desembocadura se entremezclan el agua dulce y la salada en un torbellino confuso. Y como no sé qué es real y qué ensoñación no tengo claro si quiero entrar de nuevo en el sueño o escapar de él de forma definitiva.

Seguir leyendo »