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Marcos Díez

Poeta y periodista. Autor de los libros de poemas  Desguace (Visor, 2018) Combustión (Visor, 2014) y Puntos de apoyo (La grúa de piedra, 2011). Ha publicado también el libro de cuentos Desdoblados (Valnera, 2012) y El Festín (Valnera, 2017), un libro de artículos de corte reflexivo publicados en eldiario.es Cantabria. Ha sido galardonado con el premio internacional de poesía Hermanos Argensola, el premio de poesía Ciudad de Burgos, el premio de poesía Ciudad de Alcalá y el premio José Hierro de Poesía. 

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Gafas

Perdí las gafas de sol y el sol no dejaba de molestarme, se ponía delante de mi parabrisas a primera hora de la mañana o última de la tarde y me cegaba y yo me acordaba de mis gafas de sol y las echaba de menos. Eran horribles pero hacían su función. Así que fui a la óptica para comprarme unas y me graduaron la vista. Llevaba cinco años sin hacerlo y mi miopía había aumentado un poco en el ojo izquierdo y considerablemente en el derecho. El óptico me explicó que el ojo está diseñado para mirar a lo lejos, para localizar bisontes o gacelas desde lo alto de una colina, y no para enfocar una letra del cuerpo doce en un teléfono móvil, en un libro o en un ordenador. Así que tuve que comprarme unas gafas normales también.

No me resulta fácil escoger unas gafas. Llevaba cinco años con las anteriores y cambiarlas era como ponerme otras cejas, otros ojos, otra boca u otra nariz. Con todas me veía raro. Me probaba unas y otras y me sentía Mister Potato quitándome y poniéndome cosas de la cara; me miraba inseguro al espejo de la óptica y como las gafas de prueba no están graduadas me tenía que pegar al espejo para poder ver algo con unos ojillos que vistos de cerca me parecieron tristes. Probé a hacerme fotos con el teléfono móvil para verme desde una perspectiva más adecuada. El óptico me miraba con una mezcla de ternura y desesperación mientras yo estiraba mi brazo y miraba a la cámara un tanto incómodo. Al final escogí unas sin estar demasiado convencido.

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Una historia mínima

Hace unas semanas me senté en un banco junto a la bahía. El aire estaba limpio y mi vista se deslizaba como una patinadora por un paisaje antiguo y cristalino. La luz iba cayendo. El cielo, en esas últimas horas de la tarde, cambiaba cada minuto y, más que un lienzo estático, era una danza de luces y colores que se enredaban entre el mar y las montañas.

En el banco de al lado una pareja, o lo que a mí me parecía una pareja, hablaba de sus cosas. Ella creyó reconocer un velero que regresaba a casa tras volver de no sabía dónde pero luego se fijó bien y dijo que no, que no era ese el velero que ella conocía. Comenzaron a fantasear en ese momento con la posibilidad de navegar juntos. Poco después sus ensoñaciones se centraron en hacer un viaje, o varios viajes, o muchos viajes. Ella proponía lugares muy lejanos en los que él no había estado. Él parecía triste y era como si ella lo intentara sacar de un lugar en el que andaba sumergido. Los miré un poco de reojo y vi que no se tocaban pero que se movían como si tuviesen muchas ganas de hacerlo.

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Tirachinas

Hasta los siete años crecí en el barrio de Castilla Hermida, junto a la antigua lonja de pescado, y fui al colegio del Barrio Pesquero. El patio del recreo era la calle y, también, una nave portuaria en la que se almacenaban gigantescas montañas de piedras que tenían cristales incrustados que brillaban como tesoros muy pequeños cuando las acariciaba la luz del sol. El timbre que anunciaba que había que regresar a clase era el puño del maestro golpeando una puerta metálica. No sé si alguien nos vigilaba mientras, entre clase y clase, jugábamos con los minerales como el que juega con la arena de la playa.

La memoria de la primera infancia es, al menos en mi caso, un tanto débil. Pero la memoria funciona un poco como esas muñecas rusas que, si las abres, encuentras una nueva muñeca más pequeña en su interior. Fijas tu mente en un recuerdo y, si logras sostener esa atención en un acontecimiento, es fácil que acabe apareciendo en ese recuerdo una trampilla que nos lleva a un acontecimiento distinto de nuestro pasado que descansa, sin que nosotros lo sepamos, enterrado en algún lugar de la memoria. Trampilla a trampilla vamos accediendo a una compleja galería llena de recovecos, simas, grandes cavidades con estalactitas, ríos subterráneos, espacios oscuros o sin ventilar. 

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Literatura y salvación

Si se abre ligeramente un libro y se coloca con el lomo mirando hacia el cielo se crea, en ese momento, algo como una tienda de campaña. Quizá por eso, por complicada que sea la situación en la que me encuentre, hallo siempre una guarida en la literatura.  Es la literatura un lugar parecido a la vida pero que no es exactamente la vida. Allí uno coge fuerzas, perspectiva, visión, para arrojarse a vivir de nuevo otra vez con más arrojo, con más inteligencia.

No se puede vivir siempre dentro de la literatura pero la literatura ayuda a desbrozar los caminos de la vida que están enmarañados. Escribir cura y salva. Leer, cura y salva más todavía. Muchos escritores realizan afirmaciones parecidas, es casi un mantra que se repite. La literatura me ha salvado. La literatura me ha salvado. La literatura me ha salvado. De tanto repetirse puede parecer una frase hecha. Pero no.

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Zánganos

Un vecino de noventa años me dijo hace poco: "Ay, si volviese a vivir haría las cosas de manera distinta". "Qué harías distinto", pregunté yo. Su respuesta fue automática: "¡Sería un zángano!". Y luego comenzó a reír como si hubiese hecho un corte de mangas a las horas dedicadas a tareas carentes de sentido para él.

Los zánganos están mal vistos porque parece, y es verdad, que se aprovechan de los que sí laboran. Pero los zánganos son criticados, sobre todo, porque, en lo más hondo, es justo lo que desean hacer los que les critican. El zángano dedica su tiempo a lo que le place y ese es, quizás, el exponente máximo de la libertad: hacer lo que uno quiere cuando quiere en una vida que es limitada y efímera. El zángano tiene el valor y la sabiduría de enfrentarse al tiempo abierto como un campo de Castilla. No todo el mundo puede mirar a la cara al tiempo ancho, al tiempo sin el cobijo de una obligación alrededor de la cual se articule la existencia. Los zánganos, casi siempre, son capaces de construir sus propias madrigueras, de sacar de la manga en medio de cualquier páramo siempre una buena sombra. A los zánganos se les revela lo mejor de la vida. 

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Burocracia

La burocracia es una tela de araña muy tupida que nos atrapa y nos inmoviliza, a veces hasta matarnos. Ken Loach habla de ello en 'Yo, Daniel Blake'. El protagonista de la película es un carpintero que ha sufrido un infarto y que, según la recomendación de sus médicos, debe dejar de trabajar. Pero una funcionaria de la Seguridad Social le dice, tras una entrevista personal, que está en condiciones de hacerlo. Para no perder la cobertura como desempleado, porque el subsidio por incapacidad se lo han denegado, se ve obligado a demostrar que busca activamente unos empleos que no puede aceptar porque su médico le dice que tiene que guardar reposo. Mientras tanto, desesperado y humillado porque es visto permanentemente como un sospechoso, vaga de oficina en oficina, de formulario en formulario, de reclamación en reclamación.

La burocracia, de tan disparatada y cruel, empuja en ocasiones a la trampa, sobre todo a los más vulnerables. Porque los recursos (formación, economía saneada, etc.) facilitan los caminos alternativos (la sanidad privada, por ejemplo) o el afrontar (contratando gente especializada, otro ejemplo) trámites que sin un conocimiento profundo de la administración son retos equivalentes a subir el Everest sin botellas de oxígeno y sin la ayuda de los sherpas.

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Sobre la navegación

Desde que uso el navegador GPS llego antes y mejor a los sitios a los que quiero ir pero me oriento peor y, quizás por desgracia, me pierdo menos. Confío en esa máquina porque hace las cosas mejor que yo. Pero yo, al entregarme a la máquina, hago cada vez peor las cosas que sabía hacer. Cuando la máquina falla me cuesta el doble llegar a los sitios porque algo en mí se ha entumecido. Si la máquina no funciona tengo que parar en una gasolinera, comprar un mapa y dejar un poco de tiempo a mi mente para que vaya recordando cómo era eso de orientarse en el espacio, cómo era estar atento a las señales, cómo era preguntar a una persona desconocida, cómo era tomar los caminos equivocados sin que una voz programada insista sin descanso en que he cometido un error.

En un mundo entregado a la productividad no están bien vistas las pérdidas de tiempo, ni siquiera cuando uno está descansando (el tiempo de descanso se parece sospechosamente al tiempo de trabajo muchas veces). El navegador nos permite optimizar las horas que dedicamos a un viaje pero, al hacerlo, convierte ese viaje en un acto planificado, previsible, seguro. Y de alguna manera, aunque nos desplacemos de un sitio a otro, el viaje deja un poco de existir. Nos pasamos la vida planificando cosas porque existe en nosotros la pulsión de aprovechar al máximo el tiempo limitado que tenemos para vivir. La planificación se acaba convirtiendo, así, en una metodología al servicio de la optimización de la existencia. La vida acaba determinada por la agenda establecida (toda agenda aporta orden y ahogo), los itinerarios se marcan de antemano y se reduce al mínimo la posibilidad de la sorpresa. Las sorpresas, cuando llegan, suelen tener más que ver con los accidentes que, para bien o para mal, nos sacuden y hacen que la vitalidad vibre de nuevo.

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Escribir

Al escribir, en los días mejores, parece como si el teclado del ordenador fuera de pronto un piano. Tiene el lenguaje su música, aunque no estén demasiado claras sus partituras, que también las hay. En la escritura el ritmo es ese algo un tanto misterioso que hace que unas cosas fluyan y otras no. Lo escrito gusta no sólo por lo que dice sino, también, por cómo suena eso que se dice. Cuando leemos bailamos al compás de las palabras que se pronuncian adentro de nosotros.

Escribir es un ejercicio fascinante. Uno no escribe como habla y, quizás por eso, la escritura nos ilumina con una forma de pensar distinta. No se piensa igual cuando se escribe que cuando no. Mientras uno escribe el pensamiento avanza de distinta manera por los recovecos de la mente. A determinadas ideas uno solo puede llegar escribiendo, como determinados lugares solo se pueden alcanzar buceando. Escribir es un remolino en el que se entremezcla lo que uno busca de forma premeditada con lo que uno, sin esperarlo, encuentra. Escribir es ir a la caza de palabras en las que hemos pensado pero, también, es dejarse sorprender por palabras que salen a buscarnos para anunciarnos cosas de las que no nos habíamos percatado.  El oficio es elegir con acierto qué, en medio de ese torbellino, formará parte del texto y qué no.

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Sobre la espera

¿A quién no le ha ocurrido alguna vez? Nos ponen una fecha o la ponemos nosotros. Cogemos entonces el calendario y se rodea con un bolígrafo, cuidadosamente, ese día, como para que no se escape. A partir de ese momento se espera con urgencia, si la fecha es deseada, o con inquietud, si el momento que hemos marcado está rodeado de incertidumbres, a que ese día llegue. Parece que las fechas que señalamos quedan unidas a nosotros con una cinta elástica, no permanecen estáticas sino que,  misteriosamente, se alejan o se acercan. En unas ocasiones parece que las podemos tocar casi con la punta de los dedos, en otras nos parece que no llegaremos nunca a alcanzarlas. Es como si al marcar la fecha en el calendario atáramos la fecha a un anzuelo y lo lanzásemos al mar, desde ese instante nos sentimos unidos por un fino sedal, casi invisible, a lo que enganchado a ese anzuelo nos espera. La caña, desde ese momento, está viva y nos dice cosas de lo que aguardamos, bien porque se tensa o vibra, bien porque no se percibe nada tirando del sedal en el lado que no vemos.

De cuando en cuando uno va al calendario y mira ese día que ha señalado, como si al mirarlo ese círculo que lo rodea se convirtiera en una mirilla por la que pudiéramos asomarnos a lo que va a pasar. Hay personas que mientras esperan tachan, como si fuesen presos, los días que ya han vivido. Quizás porque la espera se vive a veces como una condena. Se tachan los días que van pasando y el tiempo que aún tenemos que esperar parece, con ese efecto óptico, algo más liviano.

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Madrugar

Suena mi despertador a las 6:00 de la mañana con independencia de que sea o no día laboral. Me cuesta poner el cuerpo en marcha al principio. Pero, vencida esa primera tentación de volver a dormir, salgo de la habitación y hallo una secreta energía en el silencio de la casa. Sólo el perro se levanta conmigo, se estira, sale a la calle unos segundos, alivia su vejiga, olisquea perezoso alguna planta y se vuelve a tumbar para seguir descansando en otro sitio.

Levantarse temprano, cuando es de noche todavía, con la mente despejada tras el descanso, solo porque todos duermen, en silencio porque no ha llegado la hora de los ruidos, es una costumbre para mí vigorizante. Pocos momentos del día me producen un placer tan íntimo. Un poco antes de que amanezca comienzan a cantar los pájaros, como si estuvieran dando a la claridad que se comienza a intuir la bienvenida. Uno abre la ventana y, mientras comienza clarear, parece que el aire está más limpio. Ya sé que el mundo no se estrena en cada amanecer pero mientras está amaneciendo a mí me lo parece y es como si yo también estrenase mi atención y mis sentidos. Son las mejores horas para el pensamiento, para la lectura, para la contemplación más nítida.

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