La ría San Martín: de un humedal “chocolate negro” al “alto valor” de un estuario sin protección jurídica
Cuando, a principios de los años ochenta, Abel Ojugas tenía nueve años, dice que el agua de la Ría San Martín de la Arena era “color chocolate oscuro”. Así describe el efecto de los vertidos a un estuario que nace en la desembocadura de los ríos Saja y Besaya, entre los municipios de Suances, Miengo, Polanco, Santillana y Torrelavega. El recuerdo del portavoz de la asociación Proyecto Ría San Martín es el de alguien que se crió “a cien metros” de una ría ubicada en una zona marcada por dos siglos de industrialización y urbanismo.
“Nos bañábamos en la ría y, cuando te tirabas al agua, no podías ver ni diez centímetros por debajo de la superficie”, evoca Ojugas, que ahora tiene 54 años: “En aquella época, había vertidos industriales, pero también aguas fecales que llegaban directamente a la ría. Los malos olores eran habituales”, dice de un lugar conocido también como Ría de Requejada, ahora también ría de Suances.
Ojugas recuerda una ría, en la que entre agosto y septiembre aparecieron 94 aves muertas, con síntomas similares, según datos de la asociación Proyecto Ría San Martín. Estas cifras fueron reducidas a 44 por el Gobierno de Cantabria (PP) -que circunscribió el conteo a agosto- sobre los que encargó un análisis sin resultados “concluyentes” de por qué murieron.
Por eso, las asociaciones Ría San Martín, Seo/Birdlife y Ecologistas en Acción de Cantabria piden al Gobierno autonómico que siga investigando el porqué y coinciden en subrayar que la ría carece de una figura jurídica de protección ambiental. Las tres han propuesto una en concreto al Gobierno de Cantabria (PP): la declaración de Área Natural de Especial Interés (ANEI). De tenerla, permitiría una gestión sostenible y una planificación compatible con las actividades turísticas y económicas. Es decir, qué usos están permitidos, cuáles requieren autorización y cuáles estarían prohibidos. En la anterior legislatura hubo unos pocos movimientos por parte de la administración pública, en la actual, no ha habido ninguno.
“Es una de las rías más importantes de Cantabria, pero está totalmente desprotegida. Históricamente, ha sido una ría que se la ha destrozado con vertidos y con rellenos; en este momento, ese deterioro continúa y la mortandad de aves es un dato más de ese deterioro”, resume Ramón Sainz, portavoz de Ecologistas en Acción para los temas de la Ría.
El estudio 'Análisis de los vestigios de contaminación en el estuario de Suances (norte de España): retos para los métodos de datación y la recuperación ecológica tras el cierre de la mina', publicado en la revista científica Regional Studies in Marine Science, en diciembre de 2025, hizo muestreos de sedimentos superficiales en 2022. Los investigadores concluyeron que el estuario almacena cantidades sustanciales de sedimentos contaminados por dos tipos de vertidos: por un lado, mineros, por el vertido directo o accidental de estériles de mina, residuos de lavado de mineral y lodos mineros y, por otro, industriales.
Los recuerdos de infancia de Abel Ojugas tienen que ver con un siglo antes, a finales del siglo XIX, cuando la industrialización de la zona arrancó con la explotación de la Real Compañía Asturiana del gran yacimiento de zinc y plomo en la mina de Reocín, que instaló una cantera en Cortiguera para que la Real Compañía pudiese meter navíos. Esto entroncó, a inicios del siglo XX, con la fábrica de productos químicos de Solvay, que abrió una cantera de piedra caliza, cerca de la playa de Cuchía. Y, posteriormente, con la extinta fábrica de celulosa Sniace, en Torrelavega, a finales de los años cuarenta del siglo pasado. La mina pasó a manos de Asturiana de Zinc (AZSA) a mediados de los ochenta, hasta su clausura en 2003, la cantera dejó de operar en 2005 -en cuyo espacio restaurado anidan hoy aves- y Sniace cerró en 2020.
A lo largo del espacio fluvial que desemboca en la ría de Suances se implantaron con los años la planta de óxido de zinc y dióxido de azufre líquido conocida como Fábrica de Hinojedo (1929, hoy propiedad de Glencore); la fábrica de producción y envasado de azufres Julio Cabrero y Compañía (1960) y la planta química farmacéutica Moehs (2000).
Junto con otros investigadores de País Vasco y Madrid, José Gómez-Arozamena, profesor jubilado de la Universidad de Cantabria (UC) y nacido en Torrelavega, hizo tres estudios sobre la ría, en 2005, 2015 y 2022. Éste último para ver cómo estaba la ría veinte años después del cierre de la mina. Para el informe, analizaron los sedimentos y, en función de lo que se encontraron, determinaron de dónde venía la contaminación: “El principal aporte ha sido la mina”, sintetiza a elDiario.es Gómez-Arozamena.
El estudio documentó elevadas concentraciones de cinc, plomo y cadmio, provenientes de los residuos y lodos del yacimiento minero y también mercurio, vinculado a los efluentes industriales de Solvay. En todos los casos, “se han reducido”, pero la presencia es “alta”, señala el investigador que, en el informe, hizo la datación cronológica de los sedimentos, y que trabajaba en el laboratorio de radioactividad ambiental del departamento de Radiología y Medicina Física de la UC.
La razón, interpretó con su equipo de investigación, es que por la dinámica fluvial y mareal, la contaminación vuelve a estar en suspensión porque las riadas removilizan las capas superficiales. “Lo que podríamos esperar después de 20 años del cierre de la mina es que hubiera habido una regeneración natural de la contaminación y eso es lo que no se ha producido. Ese es el fenómeno por lo cual pensamos que había tal cantidad de contaminación, tales cantidades de concentración que, aunque no haya más aportes, se vuelven a redistribuir. Es casi una mina lo que tenemos en el sedimento”.
Abel Ojugas no conoce el contenido del informe, pero comprende la realidad de la zona: “No estoy en contra de las fábricas ni de la actividad industrial. Creo que se puede mantener la actividad económica y, al mismo tiempo, conservar nuestro patrimonio natural”, enfatiza Ojugas mientras echa la vista atrás, a cuando los grandes barcos mercantes que entraban hacia el puerto del municipio de Requejada, formaban parte del paisaje habitual de la ría.
Del barquero a las “montañas” de azufre
Antiguamente, antes de los puentes y las pasarelas, un barquero cruzaba a la gente de orilla a orilla, de Suances y Cortiguera, a Cuchía. Abel Ojugas suma a su relato a su vecino José Manuel Gómez Eguren, gran conocedor de la historia de la zona que cuenta que llegó a haber cinco barquerías y la última que aguantó se llamaba Santo Domingo. “El último barquero que quedó, fue precisamente el guarda de la cantera de Cortiguera, que se encargaba de custodiar el polvorín que existió hasta finales del siglo XX”, describe. “Algunos vecinos del pueblo de Cudón estaban casados con vecinos del pueblo de Cortiguera y al grito de: 'barquero', le llamaban y el guarda amablemente les cruzaba de un lado a otro”, agrega.
Frente a la fábrica de Solvay se fue haciendo una isla de vertidos sobre una isla existente, hoy conocida como Isla de Solvay o Isla de Monti, que pertenece a Hinojedo y queda frente al municipio de Requejada. Solvay la compró para utilizarla como vertedero químico durante décadas. Después, la empresa pasó a sacar los vertidos por un emisario submarino, pero la acumulación de materiales en isla Monti quedó sin depurar.
Abel Ojugas solía bañarse de niño enfrente de la isla de Monti y recuerda que la isla estaba vigilada por los guardas de Solvay: En una época en la que, él ni sus amigos sabían apenas nadar, un día su hermano empezó a ahogarse, pero una amiga logró sacarlo del agua, para ir a su casa “todos llenos de fango”, evoca: “Con los años seguimos frecuentando la isla de Monti: cruzábamos para cazar, una actividad que entonces formaba parte de nuestras vidas”.
En la memoria de este vecino se agolpan también las montañas “enormes” de azufre almacenado al aire libre en el puerto de Requejada: “Cruzábamos la ría a nado para llegar hasta allí y llevarnos un poco de azufre. Después cogíamos unas pastillas de potasio que le quitábamos a mi tío y hacíamos nuestras travesuras, provocando pequeños estallidos”.
Cuando Abel Ojugas se bañaba con sus hermanos y amigos en la playa de La Concha, que limita con la desembocadura de la ría, en Suances, en el lugar donde se lanzaban al agua, “se acumulaba tanta espuma que prácticamente nos cubría y apenas podíamos vernos”, dice quien considera que “aquella ría era nuestro mundo”.
Mientras la urbanización de los cinco municipios por los que discurre, ha ido creciendo, también se han instalado en la zona diversos polígonos industriales y a finales de los noventa, el Estado y la consejería de Medio Ambiente para la Estación Depuradora de Aguas Residuales (EDAR) Vuelta Ostrera. “El conjunto de afecciones provocadas por las aguas residuales urbanas, de origen agropecuario e industrial, genera una situación de grave contaminación en el sistema fluvial”, se explica a modo de justificación de la EDAR en el convenio entre ambas instituciones.
En la zona de la cantera, había una cueva que posteriormente quedó tapada cuando se construyó la depuradora de Vuelta Ostrera -que lleva dos décadas pendiente de nueva ubicación, tras una sentencia del Tribunal Supremo-. Un día, Abel Ojugas decidió entrar con un amigo y quemar tres neumáticos: “El humo lo invadió todo. Se hizo completamente de noche dentro de la cueva. No veíamos la salida y empezábamos a asfixiarnos”. Hasta que vio un rayo de luz y salieron: “Teníamos toda la cara negra del humo y solamente nos resaltaban los ojos”.
“Allí nos criamos, aprendimos a nadar, pescamos nuestras primeras lubinas, pasamos noches, enteras pescando angulas”, dice el presidente de la asociación Proyecto Ría San Martín.
Veinte años de mejoría
Ojugas desea una figura de protección para una ría que “en los últimos veinte años”, su situación “ha mejorado mucho”. Lleva años haciendo censos de animales y es rotundo sobre el cambio que ha experimentado la zona. Coincide con su percepción Felipe González, delegado de SEO/Birdlife en Cantabria, que afirma que, “desde el cese de los vertidos de la fábrica de Sniace, además del saneamiento general en 2007”, las condiciones de la ría han mejorado de forma notable.
“Han vuelto las nutrias a Torrelavega y se ha llegado a observar hasta salmones remontar”, ejemplifica antes de señalar que uno de los “grandes” indicadores de calidad de un humedal o de una ría es la presencia de aves limícolas, algo que sucede en la Ría San Martín, que son las que se alimentan en el fango de gusanas y quisquillas.
En la última década, mientras la ría ha mejorado, la política ha empezado a recibir peticiones concretas para cuidarla. En 2017, Ecologistas en Acción solicitó verbalmente a por primera vez a la consejería de Desarollo Rural, una figura específica para preservar la ría, el ANEI. El Gobierno anunció el inicio de expediente para su declaración tres años después, en 2020. En 2023, cerca de las elecciones, el gobierno abrió el expediente a consulta pública y Ecologistas presentó alegaciones. En 2024, ya con el gobierno del PP, volvió a preguntar al respecto, pidió de nuevo la reanudación urgente del expediente para la protección de la ría, denunciando una parálisis de veinte meses en la tramitación del expediente. Pero silencio.
Hoy ecologistas, ambientalistas y expertos en aves destacan el “alto valor” ornitológico de la ría, donde acude con frecuencia gente a hacer avistamientos de aves. Es uno de los 44 humedales de Cantabria incluidos en el Inventario Español de Zonas Húmedas (IEZH) del Ministerio para la Transición Ecológica (MITECO). De hecho, es el cuarto humedal más importante de Cantabria para aves acuáticas invernantes, situándose solo por detrás de las marismas de Santoña, la bahía de Santander y el embalse del Ebro, señala Felipe González, delegado de SEO/Birdlife en Cantabria, que atribuye, entre otras razones, al “aporte” de agua dulce que vierte el colector de salida de la depuradora de Vuelta Ostrera, que “es lo que más atrae a las aves a ese rincón”.
Es la ría más importante de Cantabria por su ubicación geográfica y por su caudal, apunta Sainz, de Ecologistas en Acción: “Recibe cerca del 10% de las aves invernantes de la comunidad y alberga especies de salmón atlántico y anguila europea, prácticamente extinguidas; además, hay plantas en riesgo de desaparición de especies, abunda, como la Suaeda vera, el junquillo salado y la adormidera marina. ”Está apareciendo el águila pescadora, con el objetivo de conseguir anidar, a pesar de haber sido derribado un poste de anidación recién instalado y con el problema de las motos de agua“, cuestiona Sainz.
Abel Ojugas, que se crio junto al estuario, solo pide protección para la asociación Ría San Martín: que el Gobierno autonómico estudie la figura jurídica del ANEI y considere la posibilidad de incorporar la ría a la Red Natura 2000: “No hemos venido a enfrentarnos con administraciones, empresas, cazadores, ni con nadie. Lo único que defendemos es que este espacio tenga el mismo reconocimiento y las mismas garantías de conservación que merecen las demás marismas y estuarios de Cantabria”, para preservar que la ría que tuvo color “chocolate negro” hoy sea “transparente”. Ojugas cree que “debemos conservar lo que tanto ha costado recuperar”.