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Elogio al anonimato del pueblo

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Escribo recién llegada a El Hierro. Once mil habitantes repartidos en una isla que, mirada desde cualquier risco, parece hecha para que el ser humano se olvide un poco de sí mismo. Aquí la despoblación no es un titular: es kilómetros de carretera sin nadie, caseríos dispersos, laderas verdes repartidas en porciones de agricultura local que caen al Atlántico sin pedir permiso, un silencio que no ha sido diseñado por ningún consultor. Uno de los paraísos naturales de la geografía nacional, y, sin embargo, casi nadie sabría situar sus pueblos en el mapa. Llevo varios días cocheándola y caminándola y he entendido, de golpe, algo que llevaba tiempo intentando escribir: el anonimato también es una forma de habitar.

Reclamo el anonimato como manera de vivir en el medio rural. Lo reclamo con la incomodidad de quien hace lo contrario: escribir sobre pueblos, construir relato y marca. Y aun así, cada vez que piso un lugar así, sospecho que lo mejor que podríamos hacer por él es dejar de contarlo. En un mundo donde todo se retransmite al segundo, defender la opacidad de un pueblo se ha vuelto casi un acto político.

La visibilidad como impuesto

Nos han vendido la visibilidad como si fuera una forma de justicia: si existes en pantalla, existes; si no, te mueres. Y así, a los pueblos —que llevan siglos existiendo sin permiso de nadie— les hemos exigido de pronto que se pongan guapos para la foto. Que tengan identidad visual, eslogan, historia contable en tres diapositivas. Les hemos dicho: si queréis ayudas, futuro, turistas, tenéis que ser interesantes. Tenéis que ser marca.

Es un impuesto silencioso, y quizá el más caro que paga el medio rural. La marca, para funcionar, necesita simplificar: un rasgo, un color, un tópico digerible. Y los pueblos no son rasgos, son capas. Capas de nombres antiguos, familias que se hablan y no se hablan, fiestas que solo entienden los de dentro. Cuando esa capa profunda se convierte en cartel, algo se rompe. La identidad cultural no se preserva enseñándola: se preserva viviéndola sin espectadores.

El anonimato como ecología cultural

En El Hierro lo he visto con claridad. Hay ermitas cuya ubicación exacta es difícil de encontrar, senderos y espacios recónditos que solo se aprenden andando con alguien de allí, palabras locales que no viajan bien. Y esa opacidad no es atraso: es ecología cultural. Igual que protegemos suelos, acuíferos y especies, deberíamos proteger opacidades. Un pueblo tiene un aforo, no solo físico sino simbólico. Aguanta un número limitado de miradas ajenas antes de empezar a actuar para ellas. Cuando ese aforo se rebasa, el lugar deja de ser lugar y se convierte en escenario. Y los escenarios se desmontan en cuanto baja la temporada.

Cuatro herejías para empezar

Si esto suena a manifiesto, lo asumo. Dejo cuatro herejías concretas.

Primera: no todo pueblo necesita marca. Algunos necesitan, sencillamente, que los dejen en paz y les arreglen la carretera.

Segunda: hay saberes locales que no deben ser contenido. La receta de la abuela, el nombre exacto del paraje, el chascarrillo de la plaza pueden quedarse dentro.

Tercera: el turismo lento también puede ser demasiado. Slow no significa infinito. Un pueblo puede decidir su cupo, como se decide un cupo de pesca.

Cuarta, y la más incómoda para mí: quienes relatamos lo rural tenemos que aprender a no contarlo todo. A elegir el silencio como herramienta profesional. Hay reportajes que no se publican y reels que no se graban, y esa renuncia también es trabajo cultural.

Vivir sin ser noticia

Reclamar el anonimato no es reclamar el olvido. Los pueblos no quieren desaparecer: quieren decidir en qué términos aparecen, ante quién y cuándo. Vivir sin ser noticia es un lujo que la ciudad perdió hace tiempo y que islas como El Hierro, o comarcas como la Serranía, todavía pueden defender. Es la posibilidad de una vida entera hecha de gestos que nadie retransmite: encender la lumbre, saludar al vecino, esperar la lluvia. Nada de eso cabe en una campaña, y, sin embargo, ahí está el país entero.

Quizá la política cultural más innovadora que le queda al medio rural no sea aparecer más, sino aparecer menos y mejor. Educarnos —los de fuera y los de dentro— en el respeto a la opacidad. Aprender que hay pueblos, e islas, que no queremos descubrir. Que los queremos exactamente donde están, haciendo exactamente lo que hacen, sin el resto del mundo mirando. Y que ese no mirar, hoy, es una de las formas más radicales de cuidar.