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Primer día de colegio

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Hybris, también la de los poetas. Conocí al menos a tres con su hybris, y solo uno supo cambiar los límites de sí mismo por la vastedad de todos. Cuando él me llamaba, yo solía alejarme de mí mismo todo lo que podía. (Maestros)

¿Dónde estaba la Ramajería? ¿Por qué me llamaba desde allí? La oía, la oía como a una graja arrancándole al cielo su piel.

Si alguna palabra nueva y difícil de pronunciar caía allí, la guardaban y vigilaban por miedo. La juzgaban.

Una memoria de las “veces” de lo “que-no-se´” Bajo una lluvia fina iba de Fuenteliante a Marialba. Por una vez ante los cirujanos de la piedad: he pasado por tantos lugares insignificantes, perdidos de la mano de dios, que me volvía salvaje, y así inocente. Ahorré por eso tanto lenguaje que ahora puedo hablar durante tres días seguidos.

Luego sentía esa vergüenza ajena de los que me han oído sin saber lo que realmente decía.

Los Cirujanos de la Piedad: ante el abandono un grito en aquellos lugares de cuervos y grajas, arremolinados ante una oveja muerta, a los que alguien tiraba piedras.

¿No oyes ahora el silencio de la inmanencia?

Ahora oyes mi silencio y yo oigo el tuyo. Se reflejan, se unen como dos cuerdas con el ocho enfrentado, o ese ocho por chicote.

Incluso no queriendo decir nada, poniendo toda la fuerza en un no decir algo que tuviera un significado inmediato, siempre se acaba diciendo algo. La realidad habla y escribe a través de aquel que aprieta la mano con lápiz del niño para guiarle por la hoja en blanco. Aquí, en el lugar de Estorninos se detiene durante unos cuántos días para reír. De noche le resonaban ciertas frases: “Detenerse, retenerse es crear vacío en el propio interior”. Simone Weil.

Lo que se celebra, casi siempre, es que la historia ya no vuelva a pasar por aquí. Ayuda también esa vía de tren abandonada, la estación abandonada. Un lugar que se abandona así mismo. Los días abandonados aquí son más largos que en otros lugares, incluso en invierno los atardeceres son lentísimos.

Solo escribe de la muerte, lleva muchos años tras ella, en todos sus textos aparece escondida, como un hormiguero bajo un tablón. Siempre está en el centro, aunque él la escore hacia las esquinas, pero igual que se puede arrastrar, llevar, o empujar algo que no pesa y no se ve, la aleja todo lo que puede para que no estorbe.

“Al igual que en la música, un poema surge del silencio y regresa al silencio” Valery. Más radical aún, igual que la música de algunos astros en una fase avanzada de apagamiento seguirá oyéndose por mucho tiempo, y esto no sucede jamás a escala divina, la poesía de la existencia, que no el poema, cuando está atravesada por el amor, surge de la muerte y regresa a la muerte. La duración estéril de estos días, ya fueron igual de largos antes. Alguien desde un tubo te decía: No hagas nada, quédate quieto, ese es el secreto de que duren tanto estos días, tampoco duermas mucho o sestees, como mucho hazte el muerto en el río otoñal. Hacerse el muerto, boca arriba, flotando, respirando lentamente, la corriente ligera te llevará. También se trata de no hablar mientras se flota. Al hablar, el aire se va en lo que dices, así te hundes. Debes guardar el aire, respirar lentamente. Así estos días duran el doble, son enteramente tuyos.

Imágenes de imágenes de imágenes. Las imágenes no cuentan historias, para las historias, las imágenes son muros que no dejan pasar el lenguaje hacia la verdad. La poesía, en este caso el poema silencioso, es el muerto en esa historia que ella nos contó ayer. El muerto a cuya boca han acudido moscas. Si nos fijamos bien en la comisura de sus labios, veremos hilos negros y blancos, aún mojados por el aliento.

En continuo cambio, nunca deja de ser una nube, como la misma y vaporosa historia que a mi lado están contando dos mujeres mayores. Ni por asomo querría estar en esa historia. A mi izquierda y a mi derecha oigo otras historias, parecen la misma, el lenguaje de esas historias tiene algo de nube, informe, cambiante, avanzan en un día de sol otoñal arrastrando su sombra en la llanura.

En la cima de esa escombrera él tenía que encontrar la frase en la que cupiera todo, tan llena de silencio que pudiese estallar por sí misma.

Solo escribe de la muerte, lleva muchos años tras ella, en todos sus textos aparece escondida, como un hormiguero bajo un tablón. Siempre está en el centro, aunque él la escore hacia las esquinas, pero igual que se puede arrastrar, llevar, o empujar algo que no pesa y no se ve, la aleja todo lo que puede para que no estorbe. Allí donde lo dejes seguirá siendo el centro de todo.

“Pero esa anterior lejanía del mundo, esas soledades agrestes, seguían influyendo en aquel mundo”. Así comenzó este año las clases mi viejo maestro.

Desde un lugar alto, qué en relación a otros lugares altos, no lo era tanto, solo una elevación, una vieja escombrera ya mimetizada en el paisaje de la llanura. A ella ascendía muchos días para ver más lejos, y sin nada que llamara la atención especialmente en aquel paisaje, le llegaba aquello que Sartre llamó la Náusea una náusea que no venía de nada concreto, y esa resaca que deja la alegría ingobernable, sin límites. En la cima de esa escombrera él tenía que encontrar la frase en la que cupiera todo, tan llena de silencio que pudiese estallar por sí misma. Y su idea de la muerte, y como la despreciaba, y la arengaba y la codiciaba y la incitaba. Ese enfado permanente hacia ella, hasta que le mordió con los años en vez de con los dientes. Lo más terrible, indecente incluso, era morir en verano, cuando todo estaba intensamente vivo.

Al final del cuaderno, del último cuaderno, la historia va perdiendo fuerza. En ese cuaderno color mostaza del diseñador Pierre Legrain estaba tu río de verano, en su máximo estiaje; ya no descendería más el nivel de las aguas. Un pequeño río detenido. Se acabaron todas las fiestas alrededor de ese lugar, y por no haber más santos o vírgenes negras que celebrar, ahora a ese vasto espacio volvía el dios del lugar.

La provincia es el mal absoluto escribe Yves Bonnefoy. “Sí, el mal absoluto” Pero añade: “Lo absoluto engendra lo absoluto” la vía que nos lleva a la más extrema poesía. Valente, en relación a lo expresado por Bonnefoy escribe: “D´accord” Después del verano en el que fuimos valientes, la infinitud de hastío de la gran llanura en llamas. Dejo atrás la ciudad hasta que dejo de verla. En el espacio mesiánico no hay nada, solo distancias. El cielo lo abre todo aún más. En el aire tan ligero se escucha la sombra de una retama en el arder de voces muertas. La sombra de la retama como el movimiento de un estudiante de la cábala, o Shoklen; al recitar con el vaivén del cuerpo, el balanceo de la retama, la corriente del alma atravesando el cuerpo.

“No atravesaré más la Sierra de Gredos”. Esto se lo había oído a alguien en una ocasión en la pequeña estación de autobuses de Candeleda, a pie de monte. El Piamonte imaginado por él, y ayudado por trozos de historias y algunas postales que dios sabe cómo me habían llegado, más un poema de Ungaretti, de su libro Alegría, un poema huesudo que ya nunca me abandonaría: E subito riprende il viaggio come dopo il naufragio un supérstite lupo di mare. Ese Piamonte imaginado ahora estaba a mi espalda, allí en la Sierra de Gredos, y ese ya-no-atravesaré-más-la-Sierra-de-Gredos, que había oí en la boca de aquel viajero, me hacía sentir en la espalda un peso descomunal, como si llevara a un hombre herido. Pero ese peso, ese gran peso del herido, sumado al mío, me traería el alivio, el gran alivio de casi no ser. No cruzaría ya ninguna sierra a través de caminos de herradura y sendas de montaña abrasadas, teniendo presente aquella famosa frases de Carolus: “No atravesaré más puerto que el de la muerte” Pero si tenía que estar en dos lugares, cuando estuvo allí, por el lugar del Bohoyo, perdido entre la nieve, siguiendo los hilos del humo de las chimeneas del valle, tirando y tirando de los hilos podridos de una historia que alguien le había contado en Cuneo. El fracaso es belleza, y la única alegría del mundo es comenzar.

Ya no existe ese mundo, por eso allí hace más frío o más calor. Ya no existe, y como si hubiera habido un último día, el último día de ese mundo, y ese día siguiese todavía aquí, entre nosotros, dejándose notar en las cosas y en el paisaje. Por la noche los fantasmas se van llevando las piedras un poco más allá, se las llevan lejos.