Cuando la tecnología entra sin llamar
Tengo un amigo que piensa que hay ideas incompatibles y conceptos que se repelen, como pasa con algunos elementos químicos o lo que sucede cuando mezclamos el agua con el aceite. En el ámbito social, recientemente se ha celebrado la Semana Santa en prácticamente todos los pueblos de España y hemos visto como conviven el sacrificio de la fe y el fervor de la religiosidad popular con el disfrute del turismo y la hostelería. Aparentemente son fenómenos contradictorios, pero vemos que no solo conviven, sino que se retroalimentan.
Esta retroalimentación debiera darse también entre ámbitos de actuación aparentemente distantes como son la innovación tecnológica aplicada a la atención de personas en situación de dependencia y la dimensión ética y humanizada de los cuidados. Sin embargo, en esta cuestión observo una confrontación entre los defensores a ultranza del desarrollo tecnológico (tecnófilos) y los más absolutos detractores (tecnofóbicos) que ven en la tecnología una amenaza para la calidad y calidez de los cuidados.
La disputa no es nueva. Los antropólogos han estudiado cómo el proceso de hominización y el desarrollo evolutivo de la especie humana van muy ligados al desarrollo de instrumentos para hacerse la vida más fácil. Hoy nadie pone en cuestión los descubrimientos y los avances del pasado, pero suele ser habitual que haya siempre resistencias y temores a la innovación.
En las últimas décadas la irrupción de la tecnología digital ha transformado silenciosamente muchos ámbitos de nuestra vida. Hoy el teléfono móvil nos está cambiando, no solo la manera de comunicarnos, sino tal vez la forma de trabajar y de vivir. Pero es también Internet, la digitalización y la inteligencia artificial, que están cambiando la actividad laboral, permitiendo el teletrabajo y, por tanto, rompiendo las barreas geográficas y favoreciendo fenómenos inversos a los que se produjeron en las revoluciones industriales anteriores que provocaron una concentración del trabajo en torno a los grandes centros de producción.
En regiones como Castilla-La Mancha, donde el envejecimiento demográfico, la dispersión territorial, la reducción del tamaño y los apoyos de las familias y la creciente demanda de servicios asistenciales configuran un escenario complejo, es necesario plantearse que la llegada de la inteligencia artificial y de nuevas herramientas tecnológicas no es solo una posibilidad, sino una necesidad estratégica.
Comparte nuestra región problemas que no son exclusivos del territorio, sino que afectan a todo el país y a buena parte del mundo occidental. Problemas que son fruto del éxito como sociedad, ya que el aumento del envejecimiento obedece fundamentalmente al alargamiento de la vida, pero esto conlleva un incremento de las situaciones de dependencia y una mayor demanda de cuidados sociosanitarios, que se concentran en las últimas fases de la vida. Sin embargo, también compartimos los problemas (cuya causa no puede atribuirse a ningún éxito) de la reducción de la natalidad y la falta de profesionales para hacer frente a la creciente demanda de cuidados.
En este contexto, las familias no podrán afrontar esta actividad que han venido y vienen haciendo en silencio, sobre todo las mujeres, y con cierto sacrificio de esfuerzo y de conciliación con su actividad laboral y familiar.
Nos enfrentamos ante uno de los grandes retos que tenemos como sociedad para los próximos años, porque no estamos ante una nube pasajera: la demanda de cuidados continuará incrementándose y la tecnología está siendo, puede ser y será un elemento que tendrá una importancia considerable en la reconfiguración de la forma en que entenderemos y proporcionaremos los cuidados en el futuro más próximo.
Los dispositivos de teleasistencia avanzada, con sensores de movimientos, detectores de riesgos, recordatorios de medicación, los asistentes de voz adaptados, los geolocalizadores y un concepto de atención proactiva para reducir el sentimiento de soledad, pueden contribuir a mantener la autonomía personal durante más tiempo en el entorno habitual de la persona.
En Castilla-La Mancha, donde muchas personas mayores viven solas en entornos rurales, estas soluciones no solo aumentan la seguridad, sino que aportan tranquilidad a las familias que viven lejos y también pueden mejorar sus cuidados mediante la detección preventiva de situaciones de riesgo para la salud o a través de la propia telemedicina. Todo ello, junto con la digitalización de actividades interactivas y de los procesos asistenciales, puede evitar desplazamientos innecesarios y facilitar intervenciones tempranas.
La teleasistencia avanzada, la monitorización remota y la telemedicina son y pueden ser una oportunidad para territorios extensos y poco poblados. Estos sistemas permiten que una persona mayor que vive en la Serranía de Cuenca, en la Sierra de Alcaraz o en la Campana de Oropesa pueda recibir atención y seguimiento evitando largos desplazamientos.
La tecnología no debe sustituir al acompañamiento personal ni al cuidador humano, sino que ha de servir de apoyo para hacer su trabajo y liberar tiempo de tareas automáticas y repetitivas o meramente administrativas, permitiendo que los profesionales se centren en lo que aporta valor: el trato directo, la amabilidad, la escucha, el acompañamiento y el apoyo emocional o terapéutico para personas con fragilidad o con deterioros cognitivos. En este sentido, el desarrollo de tecnologías adaptadas al sector de los cuidados puede convertirse en un yacimiento de innovación productiva, generando empleo cualificado y favoreciendo la colaboración entre empresas, universidades y centros de investigación.
No todo puede ni debe ser automatizado y el mayor peligro es que la tecnología sustituya (en lugar de apoyar) a la relación humana. Los cuidados son, sobre todo, un acto de acompañamiento emocional y de relación humana, por lo tanto, cargados de una importante dimensión ética. En este sentido, los dispositivos de apoyo deben ser adaptados, accesibles, manejables, amigables y con un diseño inclusivo. Es la tecnología la que debe adaptarse a las personas más vulnerables y no al revés.
También es importante evitar la desigualdad en el acceso, ya que existe el riesgo de crear un sistema de cuidados de dos categorías: uno, con tecnologías adaptadas para quien puede pagárselo, y otro para los que no disponen de los medios económicos necesarios. Este riesgo es especialmente alto en las zonas rurales, precisamente en aquellos lugares donde la tecnología tiene un mayor valor estratégico.
El tema tiene sus complejidades técnicas y sociales, pero para que las tecnologías digitales y la IA sean aliadas reales del bienestar y la autonomía personal es fundamental situar a la ética en el centro. Las herramientas deben diseñarse desde las necesidades y los usos de las personas, especialmente cuando estas son mayores o se encuentran en situaciones de soledad o dependencia. Deben servir para empoderar a la persona y no para condicionarla, primando siempre la libertad, el consentimiento y la opción de desconectarse a voluntad propia, porque la persona debe conservar el control de la tecnología y no depender de ella.
El dilema no es si debemos o no introducir tecnología e inteligencia artificial en los cuidados o en la promoción de la autonomía personal. Esto es ya una tendencia inevitable. El riesgo es que esta tecnología pase a nuestras casas sin llamar a la puerta y sin haber analizado qué modelo de cuidados queremos construir para el futuro. En todo caso, la clave está en comprender que hablamos de personas, no de datos; de relaciones humanas y no de procesos. La tecnología producirá bienestar si responde a las necesidades y demandas de quien la utiliza y si respeta sus valores éticos, teniendo en cuenta las circunstancias y las preferencias de cada persona. Por esto, en el diseño de los productos y dispositivos tecnológicos, en sus funciones y en su aplicación resulta obligado, una vez más, contar con quien los va a usar.