Los 'Toledos' de Félix Urabayen
Perfectamente se puede definir al novelista Félix Urabayen (Ulzurrun, Navarra, 1883-Madrid, 1943) como un escritor navarro-toledano, o mejor, viceversa, pues no solamente lo mejor de su obra está ofrendado a Toledo, sino que se conocía la provincia toledana a la perfección.
Él estudió Magisterio, empezando la carrera en Pamplona y concluyéndola en Zaragoza. Tras varios destinos (en Navarra, en Huesca, en Salamanca y en Castellón), estableció su profesión en Toledo, donde fue profesor numerario en la Escuela de Magisterio, desde 1913, en la ciudad del Tajo. En 1931 fue nombrado director de la misma.
Estuvo vinculado al Ateneo de Madrid durante la presidencia de su amigo Manual Azaña, acudiendo a la tertulia de la Granja del Henar, cafetería situada en la madrileña calle de Alcalá, donde, sobre todo, se discutían temas políticos. Allí se reunían destacadas personalidades, como Valle-Inclán, Ortega, Sender, Prieto, Marañón o el propio Azaña.
Claramente republicano, se opuso a la dictadura de Primo de Rivera. Fue presidente del Consejo Provincial de Acción Republicana y de Izquierda Republicana. En la guerra civil residió en el levante español (Valencia, Alicante) y ocupó diversos cargos culturales. Nada más finalizar la guerra, en mayo de 1939, fue detenido en la estación madrileña de Atocha precisamente por dos policías toledanos.
Sufrió prisión en la cárcel Conde de Toreno; compañeros suyos en esa cárcel fueron Miguel Hernández y Antonio Buero Vallejo, con quienes compartía sus aficiones literarias, muy entusiasmado, según Buero, con Joseph Conrad. Lo liberaron por padecer un estado terminal de cáncer de pulmón. Asistido por su amigo Gregorio Marañón, murió en Madrid el 8 de febrero de 1943. Al parecer, sus últimos días los pasó leyendo ‘La conquista de la felicidad’ de Bertrand Rusell.
Realizó un matrimonio muy ventajoso, pues se casó la hija del rico propietario del Hotel Castilla (donde se había alojado Rainer Maria Rilque, Benito Pérez Galdós, la infanta Isabel, llamada “La Chata” y, claro, el propio Urabayen). Mercedes de Priede Hevia fue su esposa. Vivieron en la calle de Santa Clara, cabe los apreciados cobertizos toledanos. Comentarios malévolos (uno de ellos volcado en la enciclopedia Wikipedia) proclaman “que un descastado maestro consiguiera a esta bella y poderosa mujer, pretendida por muy linajudos y clasistas jovencitos de Toledo, le granjeó poderosas enemistades”. Las propiedades del novelista y las de su esposa fueron confiscadas a causa de la guerra, dada la ideología izquierdista del creador navarro.
Urabayen, que residió en Toledo durante veinticinco años, consagró a la ciudad, amén de un profuso número de textos, una notable trilogía novelística, compuesta, de estos tres títulos: ‘Toledo: Piedad’, ‘Toledo la despojada’ y ‘Don Amor volvió a Toledo’, que mezclan sentimientos de amor y odio hacia la insigne villa.
Para él el Toledo culturalmente deslumbrante, se hallaba a la vez como una ciudad 'roída por almas de gusanos', vendida a los voraces comerciantes de baja estofa (anticuarios, chamarileros), consentidos por las desaprensivas autoridades civiles y eclesiásticas. Para él, la solución de los males endémicos de Toledo, y por ende de toda Castilla, precisaba de las trabajadoras gentes del norte peninsular.
Muchos escritores con nombre se han ocupado del escritor: José Esteban (quien es su biógrafo), Hilario Barrero, Jesús Fuentes, Mariano Calvo, Francisco Gómez Porro, entre otros y, muy especialmente, dado el sobresaliente número de trabajos que atesora, Enrique Sánchez Lubián.
Mariano Calvo señala: “A la vez que crítico insobornable, el navarro fue un panegirista devoto de Toledo, al que amaba y odiaba conjuntamente, como un Jano de dos humores contradictorios y alternos. En un momento podía escribir que no hay nada más inmoral que la moral toledana; y en otro lugar proclamaba que a Toledo se le toma un cariño feroz, que se enraíza al alma para siempre y sin liberación posible”.
Gregorio Marañón, gran amigo, proclamaba que Urabayen “pretendía disimular su absorción por la ciudad vetusta murmurando de ella, pero sin que le creyera nadie; como esos hombres que, dominados por una mujer hablan mal, de continuo, del sexo femenino en las tertulias de los cafés”.
Los trabajos de Sánchez Lubián que estudian la obra y vicisitudes de la figura de Félix Urabayen constituyen un corpus muy prolijo y acreditado. De una conferencia suya sobre el último libro de la trilogía dedicada a Toledo, extraigamos esa cita que viene a coincidir con la crítica de Urabayen hacia las mangancias que se realizaban en Toledo: “La ciudad era, también, una gigantesca almoneda donde cualquiera que viniese bien provisto de fondos económicos podía llevarse desde un retablo del Greco a cualquier artesanado o yesería mudéjar. La ciudad carecía de una clase burguesa moderna y con espíritu emprendedor, no encontrando caminos que la hiciesen progresar.
En los salones del Hotel Castilla se cerraron muchos de estos tratos. Urabayen se empeñó a querer a Toledo, como recalca Sánchez Lubián, “con vocación regeneracionista”. Este crítico afirma que ‘Don amor volvió a Toledo’, por sus atinadas características del género novelístico, es más novela que las otras dos de la trilogía.
Existe un volumen que recoge artículos de Urabayen dedicados unos a Toledo, no sólo a la ciudad sino a la provincia, y otros a los paisajes de su tierra navarra. ‘Estampas del camino’ es su título. Fue editado, junto con una de las novelas del navarro, por el encomiable editor toledano Antonio Pareja.
Entre los textos toledanos, hay uno, 'Elogio del vencido', que me ha llamado mucho la atención, ofrendado elogiosamente a la Peñascosa Pesadumbre, con portentosas claves definitorias de las impresiones que la villa dona.
La panorámica de la ciudad de Toledo, ese arrabal del Oriente, según Marañón, contemplada desde la orilla del río opuesta a la urbe, es inigualable. Es posible que ninguna otra ciudad del mundo muestre una panorámica superior. Ezra Pound, que amaba su Venecia residencial, decía, sin embargo, que la ciudad más bella del mundo era Venecia pero antes de ver Toledo.
Urabayen escribe: “Toledo ha sido vista desde una altura. Y se explica. Desde la cumbre, el paisaje se entrega pronto y la silueta del burgo se recorta al primer ojeo. Tanto da la Peña del Rey Moro como los torreones de San Servando, igual la terraza del Valle que cualquiera de los cigarrales que se posan como palomas curiosas en las arrugas del terreno.
Cualquiera que sea el punto de mira, Toledo quedará inerte a nuestros pies, encintado por el doble damasquino de sus murallas y el lomo azul, plateado e inquieto, enroscado a sus flancos, a modo de esos aceros toledanos que se dejan aprisionar en el hueco de la mano“.
Otra suculenta cita ante la portentosa panorámica: “Toledo aparece siempre acostada, dormida. Es una matrona vieja, cansada de trajinar, que se ha tendido al desgaire, entregando a nuestra mirada gran parte de sus encantos íntimos. Sorprende sobre todo su quietud, su transparencia luminosa, limpia, quieta, cerrada, nueva. En todo el cuadro no hay más movimiento que las aguas del río”.
Pero el Tajo, frente a nuestro escritor, “ha renunciado a toda acción presente y futura. Es el titán vencido que, junto a Toledo moribunda, no sabe más que gemir y rezar…”