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ENTREVISTA

Fatima Bhutto, escritora pakistaní: “Me conmueve lo que arriesgan los jóvenes para defender lo correcto”

Emma Reverter

Barcelona —
17 de octubre de 2026 08:31 h

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La historia familiar de la escritora y periodista paquistaní Fátima Bhutto (Kabul, 1982) está atravesada por el poder y la violencia política en su país. Su abuelo, Zulfikar Ali Bhutto, fue presidente y primer ministro, y acabó ejecutado en 1979 bajo la dictadura militar. Su padre, Murtaza Bhutto, murió a tiros a manos de la policía en 1996, cuando ella tenía 14 años. Su tía, Benazir Bhutto, dos veces primera ministra, fue asesinada en 2007. Y su tío político, Asif Ali Zardari, viudo de Benazir, es el actual presidente de Pakistán.

Ella, por su parte, se ha alejado de la política. Al menos, de la institucional. Se dedica a escribir sobre la historia y el presente de su país, avalada por una estirpe que la hace conocedora de sus entresijos. Y, en base a eso, cuestiona quién tiene el poder de contar las historias del mundo y qué voces quedan fuera del relato. Sobre eso ha basado su conferencia en el CCCB Barcelona, junto al periodista egipcio Omar El Akkad, en el marco de la Bienal de Pensamiento 2026 de Barcelona. En esta entrevista, examina la mirada eurocéntrica de los medios, los prejuicios sobre las mujeres musulmanas y la desigual atención que reciben las víctimas de las guerras.

Sostiene que Europa se percibe a sí misma como poseedora de una autoridad moral eterna. ¿Por qué?

No se trata solo de Europa, sino de Occidente en general. Se considera el centro de la historia. Además, independientemente de aquello en lo que sea cómplice, se sigue considerando inocente y justo, imparcial y correcto. Es natural pensar que uno mismo es el centro del universo… Todos pensamos lo mismo, pero no tener conciencia de la propia culpabilidad es muy peligroso. Esto ya viene de lejos, mucho antes de la violencia en Gaza y en el Líbano, pero como estamos presenciando en tiempo real un genocidio, ataques ilegales, guerras y explotación, es más difícil ocultarlo.

¿Qué papel desempeñan los medios en sostener esa imagen?

Hace apenas una semana leí un libro de Assal Rad [historiadora especializada en Oriente Medio y autora de Don’t Say Palestine, How the Media Manufactured Consent for Genocide (No digas Palestina. Cómo los medios fabricaron el consenso para el genocidio)], y ella menciona que Irak fue uno de los primeros casos de falta de rendición de cuentas en la prensa occidental.

En la cena de la Asociación de Corresponsales de Radio y Televisión, el presidente George W. Bush, bromeó sobre las armas de destrucción masiva. Dijo: “Oh, no las encontramos, deben de estar en algún sitio”, como quien busca las llaves. Y todo el mundo se rio. Fueron esos mismos medios los que explicaron que Irak tenía armas de destrucción masiva. Últimamente pienso mucho en ese momento.

Nos lavaron el cerebro para que creyéramos que los medios occidentales eran un contrapeso al poder, pero no son diferentes de los pakistaníes, ni de los rusos. Todos son igual de cómplices

¿Marcó un antes y un después? ¿Con el famoso PowerPoint de Colin Powell sobre las armas de destrucción masiva en Irak?

Sí, fue un punto de inflexión. La confianza se ha hecho añicos de tal manera que nadie volverá a creer del todo en estas instituciones: ni en la ONU, ni en los medios de comunicación, ni en la idea de que los medios sirven de contrapeso. Creo que, al ser de Pakistán, no consideramos a nuestros medios de comunicación como un contrapeso, pero nos lavaron el cerebro para que creyéramos que los medios occidentales sí lo eran. Y resulta que no son diferentes de los medios pakistaníes, ni de los rusos. Todos son igual de cómplices.

Muchos medios anglosajones han hecho esfuerzos por tener diversidad en la redacción y entre los colaboradores ¿Cree que eso se traduce en una mejor informativa?

La verdad es que no, porque los círculos de poder siguen siendo los mismos. No son más diversos ni están más abiertos. Así que, a simple vista, parece que hay más diversidad, pero, cuando lees la información ves falta de verificación de los hechos.

No creo que estemos pidiendo mucho, porque el mundo no occidental está formado por miles de millones de personas, así que seguimos siendo la mayoría del mundo [Solo India y Pakistán sumaban unos 1.719 millones de habitantes en 2025, según Naciones Unidas]. Entiendo que un diario local se centre en su ciudad y no en 5.000 millones de personas. Pero un periódico internacional tiene que plantearse las cosas de otra manera. Y, en su mayoría, no veo que lo hagan.

¿Ha mejorado cómo retrata el mundo occidental a las mujeres de Gaza, Pakistán y Líbano?

Si echamos la vista atrás, me parece que, por desgracia, las cosas no han cambiado tanto. Sigue habiendo una forma muy paternalista de informar sobre las mujeres, sobre todo sobre las de países musulmanes o no occidentales. A menudo es más fácil vender este tipo de historias, esos clichés orientalistas sobre las mujeres, y nadie cuestiona estos estereotipos con el rigor necesario.

Pensemos en cómo se ha informado de la muerte de la ecologista libanesa Mona al-Khalil [conocida por su trabajo de protección de las tortugas marinas, murió en junio de 2026, a los 76 años, por las heridas sufridas en un ataque israelí contra su casa]. Era una auténtica líder comunitaria convertida en blanco de Israel. Los medios occidentales se limitaron a escribir una especie de obituario.

No paro de oír cosas como: “Si fuera Ucrania…”. Pero no es Ucrania. Sudán no es Ucrania; ni Gaza, ni el Líbano, ni Irán. Y la cuestión es: ¿por qué tendría que ser Ucrania? Son países y territorios por derecho propio, con poblaciones enormes. No necesitan ser Ucrania para recibir una cobertura imparcial. Un periódico debería ser un espacio de cuestionamiento, análisis e investigación. Si lo que pasa en Gaza pasara en cualquier lugar de Occidente, los periódicos serían implacables a la hora de exigir respuestas.

¿Tiene la sensación de que se trata de un legado colonialista o de que tiene que ver con la religión?

Son ambas cosas, porque es lo mismo. Si decimos que es colonialismo, tenemos que recordar que las Cruzadas y gran parte del imperialismo occidental se basaban en la idea de que las religiones no occidentales eran bárbaras y paganas. La religión se utilizó para dominar y subyugar. El ejemplo que siempre pongo es que, cuando los británicos invadieron la India, encargaron un informe sobre cuál debía ser la lengua de enseñanza. El resultado fue un documento muy breve y se recomendaba, obviamente, el inglés.

El racismo contra los musulmanes está tan aceptado que no sabría decirte cuántas veces me han dicho que soy "muy culta para ser musulmana"

Con cientos de lenguas posibles.

Cientos. Pero Thomas Macaulay, el funcionario británico encargado de esta investigación, hizo un resumen muy rápido y, básicamente, dijo que no podía ser el sánscrito porque el hinduismo es una religión de supersticiones que cree, por ejemplo, que el mundo se sostiene sobre el lomo de una tortuga. Luego dijo que no podía ser el persa porque una sola estantería de una buena biblioteca europea valía más que toda la literatura de India y Arabia, lo cual es una afirmación muy ignorante. Y después dijo que no podía ser el árabe porque los musulmanes no muestran imágenes y, ¿cómo se puede educar en una lengua que no muestra imágenes? De nuevo, una tontería.

El colonialismo es, sin duda, el problema. Y en él están arraigados un racismo estructural y una islamofobia tan intensos que resulta casi imposible separarlos. El racismo contra los musulmanes está tan extendido y está tan aceptado que no sabría decirte cuántas veces me han dicho que soy “muy culta para ser musulmana”. Esa ignorancia tan profunda no es aceptable.

¿Cree que el desconocimiento sobre las sociedades musulmanas también influye en esa mirada?

Sí. Como sociedad, no aceptaríamos respecto a otros grupos el nivel de ignorancia que toleramos con los musulmanes. Cuando hablamos de cualquier otro grupo de personas, se nos exige informarnos, aprender y comprender otras perspectivas. Pero, por alguna razón, cuando se trata de los musulmanes, es como si todo el mundo fuera un experto y ese supuesto conocimiento se basara en la más absoluta estupidez. Y se acepta. La gente ni siquiera siente que deba avergonzarse de su ignorancia hacia países en los que viven miles de millones de personas.

En Los nuevos reyes del mundo, su último libro, analiza el auge global de Bollywood, las series turcas y el K-pop. Muchos jóvenes se acercan hoy a otras culturas a través de las redes sociales y del entretenimiento. ¿Cree que ese contacto puede ayudar a desmontar los clichés sobre el mundo no occidental?

Sí, creo que ayuda, aunque no estoy segura de que sea por las redes sociales. En parte sí, pero también sabemos que las redes sociales escoden peligros. Debemos ser cautelosos, porque sus dueños entienden que estas están contribuyendo a acabar con el racismo, los tabúes y la desinformación y están actuando en consecuencia.

Lo que más me impresiona es la generación Z, que no tiene esos prejuicios que las generaciones anteriores no solo tenían, sino que aceptaban tener. A nosotros nos inculcaron la aspiración de encajar en el mercado capitalista y competir. Ellos no tienen eso. Me conmueve de verdad lo mucho que están dispuestos a arriesgar para romper estructuras que merecen ser rotas, pero también para defender lo que es correcto.

¿Ve en los jóvenes una conciencia política distinta a la de su generación?

Si a mi generación nos hubieran dicho: “Oye, te vas a quedar sin título universitario…” no hubiéramos saltado a la calle. Nos lavaron el cerebro por completo. Odio usar esa expresión, pero es verdad. Estoy pensando en esos jóvenes de Francia que son capaces de conectar la injusticia, el imperialismo, el colonialismo, el racismo y el neoliberalismo. En esa política identitaria de derechas que no ofrece más que racismo porque no puede ofrecer un futuro.

Hay un vídeo de un joven en Francia [Un estudiante parisino de 17 años, durante las movilizaciones estudiantiles de este octubre]. El entrevistador le hace una pregunta y parece esperar una respuesta breve, quizá una sola frase. Pero el chico empieza a hablar de desigualdad estructural y a conectar las distintas luchas contra la injusticia, el racismo y el colonialismo. El joven lleva una kufiya, el pañuelo palestino. No es asiático ni de ascendencia africana: es un chico blanco, rubio, francés, capaz de hacer todas esas conexiones. Por eso deposito mis mayores esperanzas en la generación joven.