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La revolución juvenil por la vivienda rompe el mito de la clase media

Acampada por la vivienda en Barcelona. EFE/Marta Pérez
12 de octubre de 2026 22:35 h

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La sociedad española, educada desde la Transición en el relato de la clase media, ha despertado con la revolución juvenil por la vivienda. Un despertar que desborda ese mito y coloca al pueblo ante el espejo donde reconocerse, por fin, como clase trabajadora.

España se configura como un Estado social y democrático de Derecho y reconoce derechos como la educación, la salud, la vivienda o la protección social. De ahí que nuestra norma fundamental actúe como contrapeso frente a las ideas neoliberales que pretenden dejar la satisfacción de las necesidades básicas en manos del mercado y aceptar como inevitable el acaparamiento de la riqueza y las desigualdades que este genera.

La Constitución Española entiende que la dignidad de la persona requiere tanto libertades individuales como condiciones materiales para hacerlas efectivas, porque cuando el sistema económico se construye sobre el sacrificio de amplias capas de la sociedad, la libertad deja de ser un derecho para convertirse en un privilegio.

En la actualidad, la vivienda constituye uno de los ejemplos más elocuentes de esta tensión porque, aunque nuestra Constitución la reconoce como un derecho, las dinámicas impulsadas por décadas de políticas neoliberales han favorecido su progresiva mercantilización. La vivienda ha dejado de concebirse prioritariamente como un bien necesario para el desarrollo de una vida digna y ha pasado a ser tratada como un bien de mercado sometido a lógicas de rentabilidad y especulación, siendo la muestra más patente de ruptura del pacto constitucional.

Y es precisamente esa fractura la que nos devuelve al espejo de clase. Porque la vivienda, convertida en mercancía, ha puesto al descubierto algo que el relato de la clase media llevaba décadas ocultando; que nuestra relación constitucional con el Estado se define por nuestra condición de ciudadanía libre y digna, titular de derechos y obligaciones, y no por nuestra condición de consumidores atrapados en un ciclo permanente de trabajo, consumo y endeudamiento. El capitalismo global alimenta constantemente su propio engranaje reduciendo a la ciudadanía a una suma de individuos aislados que se identifican más como meros usuarios de servicios que como parte de una misma clase capaz de organizarse colectivamente en defensa de sus intereses democráticos y sus derechos sociales reconocidos constitucionalmente (derecho a la salud, a una vivida digna, a la educación, al trabajo, a la cultura...).

El relato de la clase media, estrechamente vinculado al consumo, sirvió, como sostiene Emmanuel Rodríguez López, para desactivar durante décadas la conciencia de la clase, sus conflictos y sus luchas. Buena prueba de ello es que la sociedad no se ha movilizado masivamente por el derecho a la vivienda hasta que la situación se ha vuelto insoportable, después de haberse cobrado innumerables proyectos de futuro, buena parte del bienestar y de la salud mental de la mayoría social e, incluso, vidas humanas.

Una sociedad articulada durante décadas en torno al trabajo y al consumo aspiracional acaba agotada, anestesiada y con escasa capacidad para exigir una redistribución democrática y constitucional de la riqueza y del poder. En ese contexto, resulta sencillo caer en la trampa del capital, pues a medida que se deterioran los derechos sociales nos invita a buscar responsables entre quienes comparten nuestras mismas dificultades, dirigiendo nuestra mirada hacia abajo y hacia los lados, hacia la clase obrera más precarizada y la población migrante, para evitar que la rabia de la precariedad se dirija hacia arriba, donde se acapara la riqueza.

Sin embargo, la fuerza de la juventud ha irrumpido para despertarnos y recordar que los derechos se conquistan en la lucha colectiva.

Miles de jóvenes han salido a las calles para señalar que nuestra sociedad sigue atravesada por profundas desigualdades materiales, ocultadas durante décadas bajo la ficción homogeneizadora de la clase media. Un paraguas ideológico que ha ocultado que la transferencia de riqueza se produce de abajo arriba y que la diferencia entre ricos y pobres se sostiene sobre el sacrificio de la clase trabajadora y el colapso del planeta tierra.

En las últimas décadas se sustituyó la internacionalización de la clase obrera por la globalización del capital y nuestros nortes globales extractivistas estallaron en miles de sures. Por eso, celebramos que la juventud nos invite a mirar hacia arriba y a tomar conciencia de que asistimos a la visibilización más nítida de la lucha de clases de las últimas décadas. Ya no hay excusa.

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