ENTREVISTA
Manuel Delgado, antropólogo: “El problema de la clase media es que le molestan los pobres, pero no la pobreza”
Pasear con Manuel Delgado (Barcelona, 1956) por el Raval es toda una experiencia. El sociólogo y catedrático de la Universitat de Barcelona (UB) se acaba de jubilar a los 70 años después de toda una carrera que le ha valido convertirse en una eminencia. Si desde la Facultad de Historia hasta el bar donde se realiza esta entrevista no le han parado cinco personas, no le ha parado nadie. Uno, incluso, se ha hecho un selfie con él.
“Que no soy el Mesías”, va repitiendo entre murmullos, mientras avanzamos hacia la terraza. Este académico debe buena parte de su fama a un carácter irreverente que le ha llevado a hacer vida, estudios y docencia en la calle. Entendiendo que la antropología urbana tiene que salir del aula, se ha llevado a sus alumnos a manifestaciones, plazas e, incluso, a observar a los buscadores de ovnis de Montserrat.
De hecho, presume que todas las tutorías las ha realizado en bares. Lo dice mientras nos pide a todos una caña y se enciende un cigarro (“No te importa, ¿verdad?”), dispuesto a hablar de su nuevo libro. Todas las ciudades están poseídas (Capitán Swing, 2026) es un tratado sobre el poder de la rebeldía y la importancia de mantener la vida y el conflicto en las calles, por mucho que el sistema luche por erigir urbes que se parezcan a los renders, en los que todo el mundo parece feliz, pero nadie tiene motivos para estarlo.
Su libro explica cómo, aunque el sistema pretenda mantenernos a raya, las ciudades siempre tienden al conflicto, al caos. Viéndole, no puedo evitar hacer un paralelismo con la academia y sus métodos docentes, que se salen de lo canónico. ¿Se considera conflictivo?
¿Yo? ¡Si soy un maldito catedrático! Llevo 40 años decidiendo sobre el futuro de mis alumnos, soy parte de la institución. ¿Crees que puedo presumir de ser un marginado periférico? ¡Qué va! Si soy, por así decirlo, el puto amo. He obtenido los máximos reconocimientos académicos, saco libros muy citados, publico en revistas indexadas… Soy, incluso, un profesor muy severo. ¿Por qué la gente me ve como conflictivo? Pues muy sencillo, porque saco a los alumnos a la calle y porque hago las tutorías en un bar. Eso es lo más desconcertante que he hecho. ¿Es incompatible una cosa con la otra? No, por mucho que haya quien pueda creer que sí.
Entonces, ¿caos sí, pero normas también?
Totalmente. Vuelvo a las ciudades y a mi libro. El último capítulo lo dedico a Dionisio, entendiendo siempre que él no puede existir sin Apolo. No son contrarios, sino complementarios. Tiene que existir una estructuración de la vida social sometida a principios y reglas, pero también debe haber espacio para lo informal y lo creativo.
No estoy en contra del poder ni de la planificación. De hecho, soy absolutamente partidario de un poder severo, rígido y duro que esté en condiciones, por ejemplo, de controlar el precio de la vivienda. Y, a la vez, que me deje hacer una hoguera de Sant Joan frente a mi casa o que los vecinos se arranquen en un concierto cuando quieran.
Es verdad que las normativas de civismo le impiden hacer esas cosas. Por eso, ahora, las hogueras y los conciertos los organiza, controla y acota el Ayuntamiento. ¿Le sirve?
No. Pido que gestionen y fiscalicen lo importante y que a mí me dejen en paz y permitan esa dimensión vital y vitalista de la vida urbana. De ello depende nuestra vida cotidiana. No es tanto lo que pido. Pero, en cambio, lo hacen al revés: vigilan lo que tendría que estar a merced de la libertad vitalista y lo que sí debería ser vigilado se ha dejado en manos de la libertad de mercado.
Dice que todas las ciudades están poseídas por el conflicto. La única que se me viene a la mente que esté libre de conflicto es la Ciudad del Vaticano, que es la ciudad menos ciudad que he visitado.
Porque no es una ciudad ni funciona como tal. Por eso no hay conflicto, porque no hay vida. Aunque parezca una ciudad, por mucho que tenga calles y edificios en los que viva gente, nunca será una ciudad si no hay quien se apropie de esos espacios de manera imprevisible.
Diferencia cultura urbana de la cultura urbanística. ¿Es eso?
Exacto. Tenemos a los urbanistas, que creen que las ciudades se pueden planificar para que sean exactas a sus maquetas. Pero eso no es más que una representación. La ciudad real está poseída por lo urbano; es decir: la vida. Y ellos, de eso, no saben absolutamente nada. Al contrario; lo temen y lo desprecian porque es incontrolable.
Los urbanistas, así como algunos profesores de antropología, intentan reducir la vida a teorías. Pero la vida es irreducible y no cabe en una maqueta ni en una aula.
El conflicto devalúa el producto pero, a la vez, una ciudad que no tenga conflicto no tendrá esencia y, por tanto, estará muerta
El neoliberalismo odia el conflicto. Pero muchos de los conflictos están provocados por las desigualdades que el propio sistema genera. ¿No es eso contradictorio?
Lo sería si fuera posible generar ciudades equitativas, pero no se puede. Por eso, las ciudades se alimentan de eso que las altera: están a merced de las lógicas de mercantilización y el conflicto devalúa el producto, pero, a la vez, una ciudad que no tenga conflicto no tendrá esencia y, por tanto, estará muerta. Se convertirá en la Ciudad del Vaticano y eso tampoco es un buen producto.
Ha habido muchos intentos de mercantilizar el conflicto. Se ha hecho en Nueva York con los tours guiados por el Bronx o Harlem; en Copenhague con Christiania o en Barcelona, con su pasado anarquista o el mismo barrio del Raval. ¿Funciona?
Para el mercado, puede. Para la gente que cae en la trampa no acostumbra. Muchos de los que vinieron a vivir al Raval, atraídos por esta imagen canalla, han acabado colgando en sus balcones pancartas que dicen “Queremos un barrio digno”. Como si el barrio, antes de ellos, no fuera digno…
¿Qué es la dignidad, profesor?
Es lo que, a duras penas, intento mantener yo sin conseguirlo. Es no tener vergüenza de uno mismo.
¿Las ciudades siempre son dignas?
La vida urbana es digna porque es vida. Porque está hecha de gente que intenta, de una manera u otra, no sentir vergüenza. Por tanto, sí: todas las ciudades y todos los barrios son dignos. Lo que no es digno son las ciudades monitorizadas, en las que el conflicto ha desaparecido. El orden, la uniformidad y la previsibilidad, palabras que les encantan a urbanistas y políticos, no son dignas.
Menciona el orden, que da nombre a una de las políticas estrella de Jaume Collboni, el Pla Endreça (Plan Ordena), para acabar con la delincuencia, la suciedad y “poner orden” en Barcelona. ¿Cree que es una política pública que desdignifica?
Pues sí. Porque intenta expulsar a la gente más digna que vive en esta ciudad. Quiere echar a cualquiera que desmienta la utopía de clase media, a aquellos que no vayan a juego con el mobiliario urbano de diseño. Expulsa a la clase trabajadora que ya no puede permitirse vivir aquí.
En el libro dice que “rehabilitar una zona es inhabilitar a sus vecinos para que vivan en ella. Reformar es expulsar”. ¿Está, pues, en contra de las intervenciones urbanas como los ejes verdes o las pacificaciones?
Estoy en contra de cualquier intervención que automáticamente se convierta en expulsión. No puedo oponerme a que se mejore la calidad de vida, pero el miedo que me genera es que, cuando diseñan estos “espacios de calidad”, los vecinos se deben preguntar si ellos son suficientemente de calidad como para seguir viviendo allí, si están a la altura del barrio en el que siempre han vivido.
No estoy contra el Estado ni el Gobierno. De hecho, me quejo cuando no están y no hacen su trabajo
Y de ahí su exigencia de un poder rígido que controle el precio de la vivienda.
Claro, porque la vida urbana no se puede dejar en manos de la espontaneidad absoluta ni esperar que la regulen las energías vitales. Si no eres capaz de matizarlo, es un discurso que le encantaría al mercado neoliberal. Insisto: no estoy contra el Estado ni el Gobierno. De hecho, me quejo cuando no están y no hacen su trabajo. Mi crítica es contra un poder que no se sabe poner al servicio de la ciudadanía, sino que se ha vendido al mercado y a la depredación.
Asegura que el poder en las ciudades, hoy en día, está en manos de la cultura, que se ha convertido, dice, en “la nueva religión de Estado”. ¿A qué se refiere?
Pues a que es incontestable. Tú puedes estar en contra del capitalismo, pero ¿puedes estar en contra de la cultura? Claro que no. Es una categoría que impide cualquier impugnación y de ahí que lo vincule con la cuestión religiosa. La cultura es ideal para convertirse en un mecanismo para elevar la moral de los territorios. Lo que hace es edificar nuevas catedrales que representan el saber y la belleza y los aísla de entornos empobrecidos, estableciendo diferencias y siendo un recordatorio constante para los vecinos de que ellos no son dignos de lo que sucede dentro.
En el Raval, con el MACBA, el CCCB o la misma universidad en la que yo enseñaba, se intentó limpiar y dignificar el barrio. Son moles que recuerdan que lo importante está dentro y lo de fuera es una mierda que no vale la pena, que allí sólo hay gente que ha cometido el pecado imperdonable de existir. Pero claro, la cultura es tan solemne que inmoviliza cualquier crítica porque, claro ¿cómo puedes no querer un museo en tu barrio?
Usted se posicionó contra las capitalidades culturales de Donosti o Málaga, así como contra el Fòrum de les Cultures de Barcelona en 2004. Ahora la capital catalana está volviendo a apostar por macroeventos como la Copa América o el Tour de Francia. ¿Qué opinión le merece?
Pues que intentan convertir la ciudad en un plató a la espera de que nosotros hagamos de figurantes, nos pasemos el día sonriendo y felices de vivir en la mejor tienda del mundo.
¿Ve solución para ciudades como Barcelona?
Sí... No lo sé. Socializar el suelo.
¿La solución pasa por políticas públicas?
Yo es que creo que la alternativa es el socialismo. Lo digo en serio. ¿O es que ya no tenemos derecho a ser de izquierdas? Ya sé que el socialismo no es infalible y no eliminará la desigualdad, pero sí podemos generar sociedades que no se nutran de la pobreza. Es todo una mierda y estamos ante un colapso civilizatorio, pero, aunque suene utópico, siempre nos quedarán las calles. Y eso no nos lo quitarán nunca, por mucho que lo intenten.
Estamos ante un colapso civilizatorio pero, siempre nos quedarán las calles. Y eso no nos lo quitarán nunca
Entonces no todas las soluciones vienen de las políticas públicas. Dígame algo que haya pasado en la calle recientemente y que le haya dado esperanza.
Por las fiestas de la Mercè de la pandemia, Ada Colau [entonces alcaldesa de Barcelona] anunció que, ese año, no habría conciertos en la calle. ¿Y qué pasó? Pues que miles de jóvenes salieron a emborracharse a Montjuïc. No es que me alegre que pasara, pero es una muestra de que en las ciudades pasan cosas y de que puedes planificar lo que te dé la gana, hacer mapas y croquis... Pero la vida es imprevisible.
Insisto: no es que me guste, pero cuando hay pequeños incidentes o sustos en barrios que han sido intervenidos para que dejaran de ser marginales, no puedo dejar de alegrarme un poco al ver que la rebeldía no ha sido domesticada.
El Raval es uno de esos barrios que se ha intentado gentrificar de todas las maneras posibles. ¿Por qué resiste?
Porque no se puede expulsar la pobreza, la miseria y la desigualdad por decreto. Lo han intentado todas las dictaduras, pero no se puede. Las puedes esconder más o menos, pero al final siempre salen a la luz. Ya sea en forma de contenedor quemado en una protesta o de un robo durante el día.
No puedo tener ninguna simpatía por la pobreza, pero lo que quiero es que, si existe, se vea. Si hay prostitución, que se vea. Sólo viendo esas cosas podremos pensar cómo cambiarlas y modificarlas, en caso de que sea necesario.
¿No es siempre necesario intervenir la pobreza?
Como fenómeno social, puede ser social y políticamente modificado, pero siempre con la idea de intervenir en el hecho, no sobre las personas. Nos guste más o menos la pobreza, las personas pobres tienen derecho a existir. Y ese es el problema del poder, la clase media o del turismo de masas; le molestan y quiere acabar con los pobres, pero no con la pobreza.
Pero lo que olvidan es que la vida siempre sobrepasa y tiene la última palabra. Por mucho que urbanistas, arquitectos y políticos crean que la dominan. Si hay una institución fundamental para la vida urbana es la calle. Este bar es una institución y tiene mucho poder.