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Una noche con un equipo que atiende a personas sin hogar: “La capacidad de exclusión de Barcelona es increíble”

Dos trabajadores del Servicio de Atención al Sinhogarismo de Barcelona hablan con una persona que duerme al raso

Sandra Vicente

Barcelona —
15 de febrero de 2026 22:11 h

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Son las 21 horas de un lunes cualquiera de enero. Las temperaturas van bajando, mientras las pocas personas que quedan en la calle se van recogiendo ya hacia sus hogares. Pero no todas. A esas horas, en la plaza de Charles Darwin de Barcelona, cada día hay una quincena de personas que empiezan a montar sus tiendas de campaña, a extender sus sacos de dormir y a parapetarse tras cajas y cartones para pasar la noche.

Y a esas horas, también, se activa el Servicio de Atención Social al Sinhogarismo en el Espacio Público (SASSEP) del Ayuntamiento de Barcelona. Todos los días del año, una veintena de profesionales sale a recorrer las calles y plazas de la capital catalana para hablar con las personas que duermen al raso.

El sinhogarismo es un fenómeno creciente, tanto en Barcelona como en diversas ciudades de España y de Europa. Solo en la capital catalana hay más de 1.760 personas durmiendo en las calles, según datos de diciembre de 2025, lo que supone un incremento del 30% en un solo año. “Vivir en Barcelona es cada vez más caro y aun con trabajo o prestaciones es imposible para muchos”, sostiene Carme Fortea, directora del Servicio de Atención al Sinhogarismo del Ayuntamiento de Barcelona.

Muchos de los que pernoctan en la calle vivían en pisos de la capital catalana, pero también hay otros muchos que vienen de otros municipios, atraídos por una mayor oferta de comedores, servicios residenciales y atención social. “Se despliega una gran cantidad de servicios, pero la capacidad de exclusión de esta ciudad es todavía mayor, es increíble. No llegamos a atenderlos a todos y es muy frustrante”, se lamentan desde el SASSEP.

Este equipo está encargado de hacer el seguimiento de lo que definen como “casos difíciles y crónicos”. Son aquellos que llevan más tiempo en las calles, los que tienen problemas de adiciones o de salud mental y para quienes reintegrarse es un camino demasiado complejo como para recorrerlo solos.

Se suelen dividir por barrios y esta noche de enero los encargados de la plaza Charles Darwin son seis, todos educadores, trabajadores sociales o psicólogos. Los primeros en llegar esperan a las puertas del hotel Arts, mientras se frotan las manos y pivotan sobre sus pies para espantar al frío. Esta noche todavía está activa la Operación Frío, el operativo que el Ayuntamiento de Barcelona inició el 6 de enero para ofrecer alojamiento de urgencia a personas sin hogar en días de muy bajas temperaturas.

“Nos acercamos en grupos de, máximo, dos personas. Siempre siendo muy respetuosos, porque al final nos estamos dirigiendo a gente que está en su cama, acabando el día, aunque estén en la calle”, explica Dani Montaner, director del SASSEP. Esas camas tienen formas diversas: algunas son cajas de cartón, otras son esterillas con diversas mantas puestas encima. Algunos tienen colchones hinchables y otros, no pocos, tiendas de campaña.

“Es un fenómeno que va al alza”, dice Fortea, en referencia a los montículos de colores que albergan a una o dos personas en su interior. Si la cremallera está cerrada, el equipo del SASSEP no molesta a sus moradores. “Tienen un perfil diferente al que veíamos hace unos años. Son personas que no han perdido la concepción del espacio privado porque, hasta hace poco, tenían una vida autónoma, con sus familias, hogares y trabajos”.

Según los últimos datos del Ayuntamiento, cerca del 14% de las personas sin hogar en Barcelona tienen un empleo y el 40% recibe prestaciones o ayudas como la Renta Garantizada o el SMI. Juan es uno de los que trabaja. Llegó a Barcelona hace ya unos cinco años y lo hizo para trabajar, principalmente, en la construcción. Él, como el 71% de los que duermen al raso, es migrante. Pero también forma parte del 40% que tiene su situación regularizada.

A pesar de eso, de tener papeles y trabajo, un despido inesperado le hizo acabar en la calle. “Vivía bastante al día”, reconoce. Dejó de poder pagar el alquiler y, como solo le ofrecían empleos sin contrato, los caseros desconfiaban de su solvencia. “Y aquí estoy”, resume Juan, que ahora está ahorrando para poder pagar a un abogado porque, dice, su empleador le explota.

“Trabajo doce horas al día, sábados incluidos. Sin contrato y sin nada. Lo hacen porque saben que pueden hacerlo, pero eso no está bien. Algún compañero mío que se ha hecho daño ha acabado jodido. No se puede tratar así a la gente”, sostiene. Tiene la esperanza de que, si denuncia a su empleador, el proceso pueda acabar con una indemnización o un contrato y eso le permita volver a empezar.

“Es muy fácil acabar en la calle y difícil salir”, dice Juan que, a pesar de que cobra 1.200 euros al mes, duerme sobre un colchón hinchable y bajo unas pocas mantas. Bien cerca de una mochila y una maleta donde guarda todas sus cosas. Aunque puede parecer dinero suficiente, muchas veces no lo es. “Nos encontramos con gente que paga pensiones y que, aunque la ley les eximiría en casos así, prefieren seguir pagando manutenciones a tener un techo”, explica Montaner.

En este sentido, los profesionales del SASSEP, aseguran que no es “para nada lo mismo” visitar estos lugares de pernocta a principios de mes que al final. “Mucha gente que alquila habitaciones hace cama caliente o va a pensiones cuando tiene dinero. Y, cuando no, regresa a la calle”, explican.

Una persona recorre la plaza Charles Darwin de Barcelona, donde pernoctan una quincena de personas cada noche

Los agentes del SASSEP recorren cada noche las calles de Barcelona y, gracias a eso, ya se dirigen a las personas que duermen en la calle por su nombre. Saben sus historias, qué necesitan y qué quieren. Y esta última pregunta, casi siempre, lleva al mismo lugar: quieren un techo. “Pero es que eso es muy difícil, hay pocas plazas y mucha demanda”, asegura Fortea.

En Barcelona hay 2.860 plazas para personas sin hogar, pero de ellas, muchas están pensadas como recursos de emergencia para familias vulnerables a las que acaban de desahuciar o para otros casos extremos como, por ejemplo, mujeres que tienen que salir de sus hogares tras haber sido víctimas de violencia machista.

Además, las personas sin hogar que acceden a recursos residenciales tienen que cumplir algunos requisitos como contar con un certificado de vulnerabilidad que otorga Servicios Sociales, no tener problemas de adicciones o, en muchos casos, dejar atrás pertenencias de gran volumen —como carros o colchones— o a sus mascotas.

Por eso, desde el SASSEP, antes de buscar un techo, afrontan otras necesidades como atención a la drogodependencia, tramitación del padrón o permisos de residencia, trabajo y nacionalidad. “Hay que ir poco a poco, porque el sinhogarismo es una situación que es muy fácil que se cronifique. Y hay que trabajar paso a paso. Lo más importante es que ellos quieran”, alerta Montaner.

“Hay muchas personas que se han rendido y que no se creen merecedoras de pertenecer a la sociedad”, añade. Es el caso de César. Él comparte colchón con Juan y apenas dice nada. Solo su nombre y que lleva, ahora, seis meses en la calle. Ya pasó por esta situación antes, consiguió volver bajo un techo, pero ahora vuelve a estar al raso. Trabaja de lo que puede, “lo justo para pagar la bebida y así poder dormir”, explica su compañero.

Se hacen compañía y protegen sus cosas mutuamente. No se consideran amigos, pero sí se aprecian. Y se cuidan. Por eso, ninguno de los dos acepta ir a un albergue a pasar esta noche de enero. Durante la Operación Frío, se activan 100 plazas en polideportivos o gimnasios en los que se hay cama, comida y duchas calientes y que se suman a las 100 plazas que hay siempre disponibles durante los meses de invierno. Pero ellos no las quieren.

“Estaría bien dejar de pasar frío, pero aquí están mis cosas, sé cómo ir a dónde tengo que ir mañana y, si me quedo, seguro que no me roban el sitio”, explica Juan. De media, solo se llena cerca del 30% de las plazas de emergencia que pone a disposición el Ayuntamiento porque el servicio no acaba de cubrir las necesidades de quienes llevan ya tiempo en la calle.

Después de recorrer toda la plaza Charles Darwin de Barcelona, nadie ha querido ir a dormir bajo techo, por diversas razones. Los profesionales del SASSEP están a punto de acabar la ronda hasta que dan con Katy, una mujer (la única) que duerme sola, con un fino saco para protegerse del frío. Cuando se acercan, está durmiendo pero deciden despertarla. No la habían visto nunca y la situación de las mujeres suele ser más compleja.

Es de Estados Unidos y vive en la calle desde hace tres meses, cuando llegó al aeropuerto de Barcelona. Estuvo pernoctando en sus instalaciones y luego decidió probar suerte en la ciudad. No comparte su historia ni dice qué busca, pero le parece bien la idea de ir a dormir a un polideportivo esa noche. En ese momento, las trabajadoras sociales que la han atendido llaman a unos compañeros que vienen a buscarla en furgoneta. Pero al ver a dos desconocidos, Katy se echa para atrás.

“No quiero. Me lo he pensado mejor. Prefiero estar aquí, estaré bien”, dice. La desconfianza es habitual en las personas que duermen en la calle y, por eso, desde el SASSEP saben abordarla. Solo son necesarios un par de minutos para que Katy recapacite, recoja sus cosas y se suba al coche que la dejará en una cama caliente.

Los profesionales que la han ayudado se miran, satisfechos. No solo han logrado que pase la noche a resguardo, sino que han abierto la puerta a que entre en el sistema de atención. Allí la atenderán educadores sociales, profesionales de la Cruz Roja y voluntarios que podrán darle información de los pasos a seguir.

“Pues ahora, a otro sitio”, dicen. Porque su trabajo no acaba en esta plaza. Se subirán a un coche y seguirán recorriendo la ciudad hasta la 1 de la madrugada. Y, pocas horas después, a las 6 horas, se activará otro equipo que hará el turno de mañana para ver cómo han pasado la noche. Este equipo se empieza a despedir de las personas a las que han saludado esa noche. Algunos duermen, otros miran a otro lado, pero unos pocos responden. “Puede parecer que no queremos vuestra ayuda, pero nos gusta que vengáis”, zanja uno de ellos, mientras se reacomoda en su saco de dormir.

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