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ANÁLISIS

La Bola Negra, una metáfora directa de la desmemoria estructural de España

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El domingo fui al cine a ver La Bola Negra con parte de mi familia elegida. Ya con la pantalla en negro y los créditos desfilando, prendieron la luz de la sala –mala costumbre– y, al levantarnos, ni una palabra. Solo una concatenación de abrazos de varios segundos y un “tengo que digerir bien lo que he visto”.

A estas alturas no hace falta presentación alguna sobre una película ya premiada en Cannes y Donostia, y en la carrera de los Óscar. El largometraje, que parte de la obra de Alberto Conejero La piedra oscura, no es un mero ejercicio de melodrama sino un artefacto político que impacta de pleno en nuestro presente. Lo hace a través de un retablo coral donde lo ficcionado y lo histórico se diluyen para proyectar el trauma del golpe de Estado, la guerra y el fascismo sobre la España actual.

La película es un tríptico que arrulla con mimo tres historias y tres personajes principales. Los atraviesa una madeja de hilos que lo tejen todo: la identidad, el amor y el existir (sentir, dudar, pensar, elegir, vivir). En este universo, el tiempo histórico quiebra su linealidad para interconectar simultáneamente 1932, 1937 y 2017. Pasado y presente coexisten; no hay un antes y un ahora. Un fluir en el que personajes y espectadores transitamos conjuntamente a través de lo que se sintió y se truncó. 

Frente a la memoria tradicional y hegemónica —a menudo binaria y en blanco y negro—, este filme propone una rememoración del pasado a través de la empatía, el afecto, la indignación y la rabia. Rodada en 35 milímetros y habitada por figuras que van desde lo histórico de Rafael Rodríguez Rapún hasta la fantasía musical de Nené o lo onírico de Lorca, la película muestra la disidencia sexoafectiva como catalizador para conectar con las luchas de los colectivos represaliados por el franquismo.

La propuesta visual es cautivadora. El universo de Calvo y Ambrossi cobra vida de la mano de un equipo técnico prodigioso. Gris Jordana en la dirección de fotografía y Roger Bellés en la dirección artística nos ofrecen un retrato de los años treinta que funciona casi como una fuente documental. Por momentos, los fotogramas evocan esas fotografías de época que consultamos en los archivos históricos. Asimismo, la mirada no normativa y el quehacer calvoambrosiano fluyen magistralmente entre lo pop, el realismo mágico de Lorca y el lirismo hipnótico. Aquello que los puristas tachan de exceso de artificio se revela como un cuestionamiento de los cánones tradicionales de la narrativa y la representación visual. Una manera de reivindicar que los vencidos de 1939 no pertenecen al silencio de los polvorientos anaqueles de la historia, sino a la genealogía de nuestra cultura contemporánea.

El largometraje es un artilugio diseñado para apelar al vínculo con nuestro pasado e intervenir el presente

Pero no pretendo hacer una crítica de cine —eso se lo dejamos a nuestra Pepa Blanes—, mi interés es otro: la praxis memorial. El filme no busca registrar la literalidad de lo ocurrido, sino utilizar la ficción para reparar vacíos y borrados. En ese transitar por la experiencia humana, el largometraje no es un contenedor pasivo de recuerdos, sino un artilugio diseñado para apelar al vínculo con nuestro pasado e intervenir el presente. Se transforma así en un vector de memoria que opera desde lo emocional para provocar reflexión, superando la crónica de hechos y datos para narrar el pasado a través de las personas (verdaderos agentes y protagonistas de la Historia y de los procesos sociales y políticos). 

La memoria histórica no es antídoto, pero sí revelación. Tiene el compromiso de hacer visible a los sujetos invisibles, de narrar y recuperar los contrarelatos silenciados por las memorias oficiales. La España franquista no solo exterminó cuerpos, sino que ejecutó una censura sistemática y un borrado de los afectos, las ideas, las materialidades y las identidades vencidas y disidentes. Los Javis proponen un dispositivo memorial intergeneracional que utiliza la mirada queer para hacer el trauma políticamente movilizador: “Este país tiene demasiadas historias de amor enterradas en los campos. Hay que arañar la tierra para que salgan. Para que puedan existir más”. 

La Bola Negra funciona, pues, como una máquina del tiempo afectiva a través de una metaficción reparadora, que no considero equidistante. La mirada social sobre la guerra –que desde un primer momento se presenta como conflicto derivado del golpe de Estado–, ofrece un retrato de la “guerra sin épica”. Lejos de estereotipos bélicos se muestra la dureza y la cotidianidad de un contexto, donde la meta era sobrevivir. Cuando el relato se narra desde lo humano no hay blancos ni negros sino grises. El frente es un infierno donde generaciones de hombres pierden su juventud y la vida. Algunos lo hacen conscientemente como militantes de una idea política; otros lo sufren movilizados o reclutados a la fuerza como Sebastián. 

Pero lo humano no anula lo político, presentar al antifascismo y a las disidencias en lucha y reconocer a fascistas como golpistas es posicionarse. Sutil pero clarificador es el cardenal llamando a tomar las armas y las monjas cuchicheando sobre los heridos: “Este es enemigo”. Además, la película refleja bien cómo los efectos del golpe militar y la guerra de España no terminan en 1939 con el cese de las armas. La vida de Sebastián es un ejemplo del “exilio interior” forzado como mecanismo de supervivencia durante la dictadura. La vida de las mujeres, un claro retrato de la anulación personal y social impuesta: “Me conformo con ser mujer. Por mi gusto, tiraría a la jabalina, pero debo endulzar naranjas. Debo y quiero”. Y el Alberto de 2017, la encarnación de las generaciones de la post y la desmemoria.

La Bola Negra nos advierte que hacer memoria también consiste en reparar los futuros y proyectos truncados, las obras no escritas y los afectos censurados y exterminados por la violencia del franquismo y del pacto de silencio posterior. Así que, el verdadero valor de la película como engranaje memorial reside en su clara negativa a dar el pasado por cerrado. También en que, aunque se narra desde una profunda y necesaria memoria homosexual, consigue una dimensión totalmente universal e integradora. Abre armarios y ventanas para invitar a que lo no normativo sea el motor de un relato a contrapelo que dé voz a los muchos silencios de la historia reciente de España. 

“Echar Bola negra” se erige, pues, como la gran metáfora de nuestra propia desmemoria democrática: un mecanismo de silencio y exclusión institucionalizada que, durante décadas, se aplicó sobre los cuerpos en las fosas, los legados políticos e intelectuales borrados y las identidades represaliadas. En el caso del colectivo LGTBIQ+ doblemente criminalizado y estigmatizado por las leyes franquistas de Vagos y Maleantes de 1954 y la de Peligrosidad y Rehabilitación Social de 1970. 

El filme invita a quien mira desde siglo XXI a no ver ese pasado como algo estraño y lejano, sino como un paisaje de referencia y de traumas comunitarios

Indagar en el pasado reciente nos permite descubrir nuestra herencia familiar y colectiva. El filme invita a quien mira desde siglo XXI a no ver ese pasado como algo extraño y lejano, sino como un paisaje de referencia y de traumas comunitarios. Un lugar de deuda íntima e histórica pues la conquista actual de derechos y libertades se funda directamente en los sacrificios de todas aquellas personas que fueron silenciadas y represaliadas por defender sus militancias y por querer vivir quienes eran. 

El pasado aún nos interpela y solo hay una manera de afrontarlo: gestionarlo y posicionarse. El cine aquí no es mero entretenimiento ni un archivo pasivo de tragedias particulares, sino un acto político que quiebra el silencio para transformarlo en memoria viva. Es imposible no sentir emoción ante lo que La Bola Negra cuenta y cómo lo cuenta. Quizá para algunos la película sea solo un acto de estilización y de justicia poética, pero, en un país donde los crímenes del franquismo siguen sin juzgarse, la reparación simbólica es, sin duda, una forma necesaria de hacer memoria.