Especies invasoras
Esta semana me la he pasado con mis hijos en Magic, lo que antes era Marina D´Or. El cambio ha sido de lo más lampedusiano: es tan Marina D’Or como la última vez que fui —en aquella ocasión, con ínfulas de antropólogo— pero con otro nombre. Ni siquiera se me ha ido de la cabeza el famoso ‘¡Qué guay!’ que pronunciaba una niña en el famoso anuncio. Es un poco como À Punt, que aún le seguimos llamando Canal 9. Creo que a mis biógrafos les interesará saber que nos lo hemos pasado pipa, y que el año que viene seguramente volvamos.
Hubo un tiempo no tan lejano en el que Marina D’Or era un símbolo de la coentor valenciana. Se miraba por encima del hombro a esas familias que ahorraban todo el año para poder disfrutar de un todo incluido al que, en principio, no deberían tener derecho. En cierta ocasión, El Mundo envió a uno de sus redactores estrella —creo que al gran David Gistau— a reírse del personal. Fueron dos páginas muy divertidas, aunque no tanto como el publirreportaje que al rotativo le tocó sacar dos semanas después: o eso o se acabó la publicidad. Y Marina D`Or era tan buen anunciante como Gistau escritor. Así, cuando, poco después, en la revista Plaza quisimos mandar a Eugenio Viñas al lugar del crimen, no a pastearse del personal sino a tratar de entender del fenómeno, nos dijeron que mejor no. Y les hicimos caso.
Es evidente que la gente con aires superlativos como yo no somos el público objetivo del lugar. No voy tatuado como si fuera de la Mara Salvatrucha ni llevo barbita tipo los de la manada. Además, he adelgazado (la obesidad es una enfermedad de clase de la que ahora te libras si puedes pagar el Mounjaro) y ni siquiera luzco una camiseta de la roja, que este año ha triunfado en su versión blanca. Pero ahí estaba yo, haciendo cola con la pulserita como todos, y tan contento como el que más.
Eso sí, no ha salido barato. De lunes a viernes, con comidas, te dejas un mes de salario mínimo. Si tienes suerte, lo amortiguas con la paga extra. Te la pules en una semana, pero es dinero bien invertido. Lo que pasa es que cada vez menos gente tiene paga extra. Lo que antes era de ‘pobres’ (una semanita en Marina D’or) va camino de convertirse en privilegio y un destino preferente para esa clase media aspiracional que antes se reía del lugar.
Lo que está claro es que esta semana en Marina D’Or, la especie invasora era yo. Y vamos a ir extendiéndonos. Dentro de unos años, pasar por ahí será un símbolo de estatus que estará negado, por ejemplo, a los que tengan que pagar un alquiler o un sueldo de los de ahora. Y los que, desde hace años, hicieron del lugar su hábitat estival natural, tendrán que buscarse otros lares. Hasta las vacaciones se están gentrificando.
Según el Observatorio de Salud Financiera de SumUp, el 50% de los españoles no puede irse de vacaciones y otro 31% ha reducido al máximo lo que puede gastar en su merecido descanso. El atraco del alquiler es solo uno de los problemas, el sueldo es el otro. Desde 1995 —el siglo pasado, no ironizo— el salario medio ha subido un 5% en España, mientras el PIB per cápita se ha disparado un 46%. Somos el tercer país, tras Italia y Japón, donde menos han crecido los sueldos. La media en la OCDE, por cierto, es de un aumento del 31%. ¿Y dónde está ese dinero? En el bolsillo de los empresaurios. Y cuantas más banderitas en la muñeca y más ‘Españas’ en su discurso, más se han quedado. Seguro.
Pero la buena noticia es que no están solos. Cada vez hay más patriotas que están con ellos, que sienten los colores de la selección y que tienen claro que Lamine Yamal no les representa. Les cuesta llegar a fin de mes por culpa de las feminazis, los inmigrantes y demás enemigos invisibles. Su solución es votar a partidos que están en contra de revalorizar las pensiones, desmontar la educación pública, abaratar el despido, reducir los costes empresariales, recortar el SMI y, por supuesto, salvar la hostelería. Gracias a ellos pronto podremos ir todos a Marina D’Or en verano. A pedir limosna.