Ni Ortí ni Catalá son Thatcher, ni los docentes mineros

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Jesús Civera siempre me recomienda buenas lecturas. Libros que abren la mirada y ayudan a desenredar el enmarañado ovillo en que se ha convertido el mundo. Compartir conocimiento es un acto de generosidad cada vez más raro. Sobre todo, en una época dominada por el egoísmo salvaje que cabalga a lomos del tecnobsolutismo. 

Y esto no son conjeturas, son conclusiones. Lo extraigo de los últimos ensayos que me aconsejó Civera: El fuego de la libertad, de Wolfang Eilenberg, y Tecnoabsolutismo global, de Arturo Gradolí. En ambos, un nombre se repite. El de una mujer que exaltó el individualismo y el egoísmo como virtudes. Puso el mercado por encima de la comunidad. Fue enemiga del Estado del Bienestar y amante del capitalismo libertario. Abrió caminos a otras mujeres desde un profundo machismo al tiempo que defendió el aborto y la libertad sexual, inspirando al movimiento LGTBI a pesar de su manifiesta homofobia.

Vivió bajo los totalitarismos y las guerras mundiales, entre la desesperación y la deshumanización. Y ahora sobrevive a su muerte como fuente de inspiración de la administración Trump y empresarios como Elon Musk o Peter Thiel. Su obra El Manantial es la biblia del Objetivismo, como denominó a su teoría filosófica, y -aquí me permito una licencia literaria- seguro que estuvo en la mesilla de noche de Ronald Reagan y de Margaret Thatcher. Además del informe Ridley, la Dama de Hierro bien pudo inspirarse en Ayn Rand para desmantelar el Estado del Bienestar siguiendo el manual del neoliberalismo extremo. Recortes, privatizaciones y desregulaciones.

Y sigo con la ficción porque me imagino a Carmen Ortí y a María José Catalá viendo Billy Elliot. No por el chico, sino por las manifestaciones que discurren al fondo, como un decorado móvil que actúa como un personaje más de la historia. Ellas se ven ahí, como la Thatcher de 1984 que consiguió vencer a los sindicatos mineros a los que calificó como “el enemigo interno, que es más difícil de combatir y más peligroso para la libertad”.

En Billy Elliot se recrea la batalla de Orgreave donde cientos de mineros fueron heridos, detenidos y acusados de desórdenes. Una escena que pudo inspirar la misiva de la alcaldesa de València pidiendo el desalojo de la acampada de docentes de la Plaza del Ayuntamiento. Porque para Catalá los docentes son como los personajes de la película británica que están en un segundo plano, a los que ni siquiera se digna a mirar, como sucedió en la procesión del Corpus.

Pero están ahí. Siguen en pie las reivindicaciones frente a los recortes y el desprecio hacia la educación pública. El largo año de huelga minera se saldó con más de diez mil mineros detenidos y alrededor de cuatro mil condenados en los tribunales. En la Comunitat Valenciana, mal que le pese al president de la Generalitat, a la Consellera de Educación y a la alcaldesa de València, la huelga está desarrollándose con ejemplaridad. Los profesores y las profesoras están dando una lección también con sus movilizaciones. Y, además, han conseguido que la sociedad valenciana tome conciencia del sacrificio que están haciendo para defender lo público.

‘Cerrar una mina, matar una comunidad’, fue uno de los lemas de las protestas de 1984. Más de cuarenta años después sigue vigente lo que subyace a esas palabras que preconizaban la brutal crisis social que sobrevino al Reino Unido, tras la etapa Thatcher, en forma de deterioro de los servicios públicos, el paro desbocado y la quiebra de miles de familias. La filmografía británica sobre esta etapa es prolífica y no es necesario enumerar sus títulos.

Deteriorar la educación pública también es un ataque a la comunidad. El PP lo sabe y nosotros también. Pero no está de más recordarles a Carmen Ortí y María José Catalá que la historia ya nos la sabemos. Que no pueden silenciar las protestas, ni negarse a hablar con la comunidad educativa que ha decidido aplazar la huelga a septiembre, ante las reiteradas tomaduras de pelo de la Generalitat Valenciana. Esperemos que esta tregua sirva para que Ortí y Catalá se den cuenta de que ni ellas son Margaret Tatcher, ni los docentes son los mineros. Y, por cierto, tampoco Pérez Llorca es Ronald Reagan.