La tribu revuelta
No sé de dónde, de qué fondo de armario, emerge tanto odio, un rencor difícil de clasificar, una animadversión que impulsa los insultos más desaforados por una parte de la tribu hacia el presidente Pedro Sánchez. Le sumo, también y por metonimia, la feroz agresividad verbal, y en ocasiones física, contra los periodistas que, realizando su trabajo, tratan de informar en torno, por ejemplo, al asunto de Ceuta. Hemos visto estos días, y valga como referencia única, a un tipo a punto (llegó, pero, por fortuna, llegó poquito) de darle un cabezazo a un informador en medio de una algarabía semejante a la de un grupo de mandriles pretendiendo cargarse a otro prójimo por robarle un caracol, pues el mandril, como está demostrado, es omnívoro, con la intención de llevárselo al gaznate. A veces escucho, igual que aquella cursilada de que de la pandemia del covid saldríamos mejores en términos socio-humanos, que la calle española no se halla polarizada, que lo que observamos en las instituciones no deja de ser mero atrezo, que luego todo el mundo se reúne en una tasca y celebran las sesiones con vasitos de vermú y risotadas. Sin embargo, muchos percibimos que estamos a un solo metro de que la cosa pase de gestos (obscenos gestos) a males mayores: que ese cabezazo frustrado logre golpear a la otra persona y caigamos por el sumidero no sé hasta dónde. ¿Golpear únicamente porque se informaba de un suceso?
En este sentido, si bajara del espacio sideral un marciano (ay, qué ingenuos aquellos tiempos en los que creíamos que los había en Marte y que a estas alturas del siglo los coches volarían y nos comunicaríamos por telepatía) y viera esa escena tendría dos opciones: considerar que el periodista era un ser maligno con su micro y su identificación a la vista, y el otro, el que amenaza con el cabezazo, una especie de ángel salvador con sus gestos y tatuajes bien visibles. ¿Con qué opción se quedaría? Por cierto, no tengo nada contra los tatuajes, es obvio que millones de personas los lucen en el mundo, algunos con discreción y otros con ostentación, pero sí recuerdo una entrevista que Lawrence Grobel le hizo a Truman Capote allá por los años ochenta, acerca de los datos que este había recabado sobre asesinos para escribir la extraordinaria “A sangre fría”, en la que el entrevistador le preguntaba si había que asociar los tatuajes a los asesinos, y Capote le respondió que lucir tatuajes no implicaba que quien los portara fuese un asesino pero que sí sabía que un porcentaje elevadísimo de asesinos mostraba tatuajes.
Y para arreglarlo todo en este contexto aparecen Javier Milei, célebre presidente de la República Argentina, y el arzobispo de Oviedo, Jesús Sanz, igualmente célebre pastor de lo humano y de lo divino, cada cual dirigiéndose a sus acólitos, y dejan sendos mensajes de espectáculo. El primero sostiene que Sánchez busca destruir la identidad española, con la llegada de las “hordas extranjeras”; el segundo, más de lo mismo pero con variación, realiza un llamamiento a emprender “la reconquista”. Parece que ambos ignoran que uno, el argentino, es de ascendencia italo-croata, sus abuelos arribaron a la Argentina desde el sur de Italia y de la antigua Yugoslavia, formando parte de una de esas hordas destructoras (¿los mapuches dirían lo mismo de los Milei?); y el que regenta su sacerdocio en Asturias todavía no sabe, en este tramo del siglo XXI, que los musulmanes, mal que lo incomode, eran de acá, barajemos el gentilicio de españoles, tras casi ocho siglos de vida colectiva, de ahí que la reconquista es un mito, uno más de los inventados por quienes ya se imaginan. Debería hablar, si quiere entrar en el tema, si acaso de conquista.