El kiwi lleva tanto tiempo en nuestras cocinas que apenas reparamos en él. Está presente en las fruterías durante todo el año, se reconoce de inmediato y rara vez plantea dudas sobre cómo consumirlo. Se pela, se corta y se come. Esa familiaridad, sin embargo, ha terminado por encasillarlo en un uso limitado, cuando su papel en la cocina puede ser bastante más amplio.
Originario del sur de China, donde se conocía como yang tao, el kiwi fue durante siglos una fruta local, vinculada a la alimentación tradicional y a la medicina popular. No fue hasta principios del siglo XX cuando empezó a viajar fuera de Asia, primero a Nueva Zelanda, donde se desarrollaron las variedades comerciales que hoy conocemos, y más tarde al resto del mundo. De hecho, el nombre con el que lo identificamos procede de ese país, que lo rebautizó en los años cincuenta en referencia al ave nacional neozelandesa.
En España, el kiwi comenzó a consumirse de forma más habitual a partir de las décadas de 1970 y 1980, coincidiendo con la apertura del mercado a frutas importadas y con una mayor diversidad en la oferta de las fruterías. Durante años fue percibido como un producto exótico, asociado a un consumo ocasional. Con el tiempo, sin embargo, se integró plenamente en la dieta cotidiana y hoy es una fruta común.
Perfil nutricional del kiwi
Más allá de su popularidad, el kiwi destaca por su perfil nutricional. Es especialmente conocido por su contenido en vitamina C, superior al de muchas frutas cítricas, y por su aporte de fibra, que contribuye al buen funcionamiento del sistema digestivo. También contiene minerales como el potasio y pequeñas cantidades de vitamina E y antioxidantes. Estas propiedades han contribuido a consolidar su presencia en la alimentación diaria, aunque su interés culinario va mucho más allá de lo nutricional.
Uno de los usos más habituales del kiwi es el batido, una preparación sencilla que permite aprovechar su textura y su sabor sin necesidad de técnicas complejas. Combinado con otras frutas y lácteos, se convierte en una opción versátil que admite múltiples variaciones.
Batido de kiwi, plátano y yogur natural
Ingredientes (dos vasos):
- Tres kiwis maduros
- Un plátano grande
- Dos yogures naturales
- 100 ml de leche o bebida vegetal
- Una cucharilla de miel (opcional)
- Unas gotas de zumo de limón
Estos son los pasos a seguir para su elaboración:
- Pelar los kiwis y el plátano y cortarlos en trozos medianos.
- Colocarlos en el vaso de la batidora junto con los yogures y la leche.
- Añadir la miel si se desea un punto más dulce y unas gotas de zumo de limón.
- Triturar hasta obtener una mezcla homogénea y sin grumos.
- Si queda demasiado espeso, se puede añadir un poco más de líquido. Servir frío.
Se trata de una receta flexible que permite pequeños cambios sin alterar el resultado. El plátano puede sustituirse por pera o manzana, y la leche por más yogur si se busca una textura más densa. Funciona bien como desayuno o como merienda, y es una de las formas más directas de incorporar el kiwi al día a día.
Sin embargo, limitar el kiwi al terreno dulce sería reducir sus posibilidades. Aunque no es el primer ingrediente que viene a la cabeza cuando se piensa en platos salados, su sabor ligeramente ácido puede jugar un papel interesante como contrapunto. En ensaladas, en particular, aporta equilibrio cuando se combina con ingredientes suaves o grasos, sin necesidad de recurrir a mezclas complicadas.
Las combinaciones sencillas suelen ser las más eficaces. Hojas verdes, un queso fresco y algún fruto seco bastan para construir una ensalada completa, en la que el kiwi introduce un matiz diferente.
Ensalada de hojas verdes, kiwi y queso fresco
Ingredientes (dos personas):
- Dos kiwis
- Mezcla de hojas verdes (rúcula, canónigos, espinacas)
- 100 gramos de queso fresco o queso tierno
- Un puñado de nueces o almendras tostadas
- Aceite de oliva virgen extra
- Vinagre suave o zumo de limón
- Sal
Estos son los pasos para elaborar la receta:
- Lavar y secar bien las hojas verdes y colocarlas en una ensaladera amplia.
- Pelar los kiwis y cortarlos en rodajas o en cuartos, según el tamaño.
- Cortar el queso en dados pequeños.
- Añadir todos los ingredientes junto con los frutos secos ligeramente troceados.
- Aliñar justo antes de servir con aceite de oliva, vinagre o zumo de limón y una pizca de sal.
- Mezclar con cuidado para no romper los ingredientes.
- Puede tomarse sola como plato ligero o servir de acompañamiento.
Este tipo de preparaciones muestra cómo el kiwi puede integrarse con naturalidad en platos salados, ampliando su uso más allá de lo habitual.
En el ámbito de la repostería, el kiwi ha estado tradicionalmente ligado a un papel secundario. Sin embargo, en tartas frías y postres sin horno puede desempeñar una función más relevante, aportando un contrapunto que equilibra cremas y bases dulces. Además, este tipo de elaboraciones resultan prácticas, ya que pueden prepararse con antelación.
Tarta fría de kiwi y crema suave
Ingredientes (molde de 20 cm):
- 200 gramos de galletas
- 100 gramos de mantequilla derretida
- 400 ml de nata para montar
- 250 gramos de queso crema
- 80 gramos de azúcar
- Cuatro hojas de gelatina
- Cuatro o cinco kiwis
- Un sobre de gelatina neutra o brillo para tartas (opcional)
Elaboración:
- Triturar las galletas y mezclarlas con la mantequilla derretida. Cubrir la base del molde con esta mezcla, presionando bien, y refrigerar durante al menos 20 minutos.
- Hidratar la gelatina en agua fría.
- Calentar una pequeña parte de la nata y disolver en ella la gelatina escurrida.
- Mezclar el queso crema con el azúcar hasta obtener una textura lisa. Añadir el resto de la nata, ligeramente montada, y la gelatina disuelta, integrando con movimientos suaves.
- Verter la mezcla sobre la base y refrigerar unas cuatro horas, hasta que cuaje.
- Pelar los kiwis, cortarlos en rodajas y colocarlos sobre la tarta ya firme. También se puede cubrir con una capa fina de gelatina neutra. Refrigerar una hora más antes de servir.
Se trata de un postre pensado para servirse frío, sin necesidad de últimos retoques.