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Entrevista

Antón Baamonde, ensayista: “El mayor riesgo para Galicia es que Trump cumpla lo que dice en la Doctrina de Seguridad Nacional”

El ensayista Antón Baamonde

Daniel Salgado

8 de marzo de 2026 06:00 h

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Pensar Galicia en medio de la confusión general. Buscar un sentido de futuro cuando las certezas hasta ahora operativas se desmoronan. Imaginar un país para el porvenir y no anclado en lo que ya fue. Estas son quizás las columnas vertebrales del último libro del ensayista Antón Baamonde (Vilalba, Terra Cha, Lugo, 1959), Agora non é antes. Ideas para unha revolución tranquila (Galaxia, 2026). El volumen, cuarta pata de una tetralogía iniciada en 2012, analiza el desorden global y sus efectos en un país occidental de la periferia europea. “El principal riesgo para Galicia es que Trump cumpla lo que dice en la Doctrina de Seguridad Nacional”, argumental, “que explote la Unión Europea y que gobiernen España lo que llama los 'partidos patrióticos”. Es decir, la ultraderecha. Frente al peligro, Baamonde -también articulista en elDiario.es, donde ha tratado no pocos de los asuntos de la obra- prescribe fijarse en la Galicia realmente existente, abandonar relatos heredados, defender el liberalismo de sus interpretaciones derechistas habituales en España, federalizar el Estado y reforzar la autonomía comunitaria. Y construir una idea de felicidad que explique que “sí es posible vivir mejor, en sociedades más igualitarias, trabajar menos, con buena sanidad y educación públicas, y una cultura no banal”.

Su libro se subtitula Una revolución tranquila. ¿Cómo es esto en medio del actual caos?

Aunque suene complicado a determinados oídos, soy un poco conservador y no muy amigo de las revoluciones propiamente dichas, las que implican traumas sociales. Pero la revolución tranquila es una expresión tomada del proceso que vivió Quebec en los años 60, donde un país conservador, rural, vivió un proceso de industrialización, lo que generó una transformación política encarnada por el Partido Liberal. Aquellas políticas serían hoy, por cierto, consideradas de extrema izquierda [ríe]. El caso es que hubo una transformación económica, social y cultural que encontró expresión en el campo político.

El contexto también era convulso.

Eran los años 60, una época de esperanza. En este momento, sin embargo, el futuro lo ha ganado la derecha a través de reivindicar la idea de decadencia y un escenario de futuro que es el retorno al pasado. En los 60, por el contrario, el futuro estaba del lado de las fuerzas progresistas en todo el mundo.

La diferencia es substancial.

Lo es. La atmósfera cultural en el sentido amplio de la expresión era diferente.

En todo caso, la Revolución Tranquila quebequesa le sirve para trazar una analogía con Galicia.

En Galicia la Gran Transformación se produjo entre 1977 -las primeras elecciones- y 1999, cuando se forman los ayuntamientos bipartitos (entre Partido Socialista y BNG). En 1977 la derecha -UCD y Alianza Popular- obtenían el 70 y pico por ciento del voto, el PSOE un 15%, el Bloque no llegaba al 3%.

Esa hegemonía de las derechas fue cediendo.

Se fue estrechando hasta más o menos el año 2000. Del 2000 a hoy, todo cambió. No es solo que en el año 2000 Galicia no fuera la del año 75, sino que la de 2026 tampoco es la del 2000. En estos 25 la transformación también fue brutal. El paisaje económico y social del país cambió.

Su tejido económico e industrial desde luego.

Se desarrolló porque en realidad a Galicia le vino bien entrar en la Unión Europea, desde las conserveras con fábricas en Perú, a Inditex -una gran empresa logística planetaria-, a los que hacen fachadas ventiladas por toda Europa. Hay un tejido de empresas...

De eso trata su libro anterior, Galicia, distrito industrial (Galaxia, 2024).

Efectivamente. Tras esas transformaciones económicas y sociales, ya no desde 1975 sino desde 2000, la pregunta es ¿cómo es posible que las cifras electorales sigan iguales?

La Galicia enladrillada, dijo alguna vez el expresidente de la Xunta, Emilio Pérez Touriño: la izquierda y el nacionalismo no bajan del 45% del voto, la derecha no pasa del 48%.

Ése es el margen. ¿Cómo es posible que esa gran transformación económica y social no genere otra atmósfera cultural y política?

Agora non é antes forma parte de una tetralogía que comenzó en 2012 con A derrota de Galicia (Xerais) y con la que intenta tomar el pulso al país y a sus cambios.

En 2012 yo colaboraba en El País. Escribí los artículos que más impacto han tenido de todos los que he publicado en mi vida y los recogí en aquel libro. Yo intentaba dar presencia a aspectos que me parecía que no existían en el debate público del momento. La importancia de los barrios, el grado de urbanización, los gitanos... Estaba intentando aproximarme a una Galicia que no tenía mucha cabida en el debate político. Incluidos aspectos más precisos como el debate de las cajas.

La destrucción del sistema financiero gallego.

Una pregunta que me hacía el otro día en la presentación de Agora non é antes era: si Fraga fuese presidente de la Xunta en aquel momento, ¿ahora mismo habrían desaparecido las cajas y lo que sustituiría a las cajas sería lo que ahora es [Abanca]?

¿Y cómo se respondió?

Que con toda probabilidad no, porque Fraga era un señor que creía en la acción del Estado. Venía de Falange. No era de este tipo de gobernantes como Feijóo que carece de cualquier norte.

Si hay una mirada común en la obra es la crítica, a veces con objetos explícitos, a veces implícitos. Para el autor, ¿cuál sería el lector ideal al que se dirige?

La idea es enriquecer el debate social y político y poner sobre la mesa asuntos para crear una agenda distinta, no dependiente de lo que digan el PP, el PSOE o el Bloque. Pero creo que hay un imaginario gallego muy compartido, no solo en las estructuras políticas, sino en la sociedad. Y que viene de muy lejos. Es un imaginario que ve Galicia con cierto tremendismo, por usar la palabra de Cela. Para cuestionarlo no quiero ir muy atrás, al siglo XVII, que podría, cuando Galicia era un país muy poblado, lo que contradice las ideas adquiridas. O a los estudios de Fernández Prieto sobre el mundo agrario.

O de Xoán Carmona sobre la introducción del capitalismo.

Sí, los de Carmona. Pero no me meto en ese terreno. Simplemente, me parece que en los últimos 50 años, especialmente en los últimos 30, Galicia sufrió una transformación que todavía no está incorporada al imaginario colectivo. La cantidad de gente importante e inquietante que diría Montalbán que dan de sí la versión de que eran un niño de aldea, una especie de coquetería para decir que...

La versión gallega del self made man, a veces una mitología.

Exacto. Y hay también una herida narcisista. En Las cenizas de Ángela [célebres memorias del autor irlandés estadounidense Frank McCourt, publicadas en 1996] el autor dice algo así como que la miseria de los irlandeses, su miseria, era una miseria especial, más miseria que cualquier otra miseria que en el mundo haya, distinguida y singular, que no puede compararse, una especie de coquetería de la miseria.

¿No tiene la sensación de que este debate sobre la idea ruralista de Galicia se repite, es inagotable, nunca acaba?

En Galicia los que empezaron a pensar con cierta sistematicidad el asunto fueron los ilustrados, Cornide y otros, que están muy ausentes del debate público. O la línea de Peña Novo, de Alexandre Bóveda -que crea la caja de Pontevedra- [y fue secretario de Organización del Partido Galeguista, asesinado en 1936], de Paz Andrade [uno de los impulsores de Pescanova], de la Revista de Economía de Galicia... Hay líneas de pensamiento que fueron elididas. Determinadas ideas que acentúan esta...

...sensación de marasmo.

Por usar una expresión de [el escritor] Manolo Gago, son retóricas de la pasividad. Hay determinadas ideas que parecen muy progresistas pero en el fondo lo que sugieren es que no hay manera. Según ellas, lo que sería necesario para salir de una situación no es posible. Como no es posible, por reducción al absurdo, quedamos como estamos. Pero el ruralista es un imaginario muy compartido.

En su libro afirma que compartido en positivo y en negativo.

Tenemos que construir un tipo de imaginación social, popular, política que haga que la gente tenga la idea de que Galicia es algo que está en el futuro, no algo que tiene que ver con el pasado.

Ahora que cita a Peña Novo, líder del ala progresista del nacionalismo gallego en los años 20 y 30 del siglo XX, en el libro propone recuperar ese hilo interrumpido por la Guerra Civil, un galleguismo liberal.

No es exactamente que proponga, yo lo que hago es genealogía. Yo a mis 30 años era fanático de Umberto Eco y Julia Kristeva y de ellos aprendí que lo que parece naturaleza, en realidad es cultura.

Una construcción.

Una construcción. Igual que la fuente el nacionalismo gallego de los años 20 en Ourense era la derecha francesa, Maurras, etcétera, en los 60 -yo participé de eso- era el maoísmo. A los estudiantes los partidos comunistas les parecían una cosa vulgar y estalinista y el maoísmo fue la manera de disentir. Intento mostrar que determinadas interpretaciones forman parte de un determinado contexto y que hay otras opciones.

Y las hubo.

Las hubo, justo. Además, la palabra liberalismo está secuestrada por el nacionalismo español, que se viste de liberal e históricamente. Hay además una cierta tendencia a declinar determinado liberalismo como una pica en Flandes antiprogresista y anticomunista. Es mentira. El liberalismo es algo más rico. Su raíz es combatir el poder absoluto. La distribución de poder evita la concentración de poder. Pero a los liberales españoles esta idea no les gusta. Ya Locke e incluso Hayek en el último capítulo de Camino de servidumbre hablan de federalismo. Porque la división del poder es uno de los temas clásicos del liberalismo que, sin embargo, en el caso español se oblitera.

Por volver a Galicia, recuperar ese nacionalismo liberal progresista contradiría la historia del Bloque Nacionalista Galego (BNG), cuyas raíces son los años 60, el marxismo y las luchas de liberación nacional. Y, sin embargo, nunca el nacionalismo gallego tuvo un éxito político electoral como el que tiene hoy en día con el Bloque.

Yo creo que hay varios BNG. Y digamos que el Bloque que tiene éxito electoralmente tal vez no es tan distinto a esa historia del nacionalismo que yo reivindico. Es verdad que después hay un imaginario que en mi opinión actúa como freno y elemento retardatario. La idea de estos libros es entrar en interlocución con alguien que no sea yo (ríe), con gente distinta a mí pero que pueda estar de acuerdo en la necesidad de que haya un tren que vincule todas las ciudades gallegas. O en que las ciudades son un laboratorio de creatividad y que el desarrollo futuro de Galicia pasa por ellas. O en la necesidad de tejer las urbes y sus periferias, lo que implica infraestructuras y movilidad y daría mayor calidad de vida. Intento poner en circulación ideas que me parece que pueden interpelar no al BNG en particular sino a cualquiera.

Agora non é antes llama a atender a los cambios de Galicia pero, al mismo tiempo, a no desatender sus continuidades. ¿Con que herramientas resuelve esta paradoja?

El gesto fundamental es que tú tienes que ver el entorno. Yo, con muchos matices, soy de la tradición racionalista. Uno tiene que imaginar un futuro racional. Siempre hay un clivaje, un gap. La gente vive 20, 30 o 40 años atrás, incluso en lo que quiere para los hijos. Está pensando en lo que funcionaba cuando él era joven, pero el mundo ha cambiado y no sabes qué va a pasar de aquí a diez años. Pero insisto en que lo que le pase a la Unión Europea y a España también le va a pasar a Galicia. El gran trauma estadounidense de hoy es que se presenta un mundo en el que ellos no van a ser superpotencia y están reaccionando a ello.

Esa reacción no es de ahora.

Llevan tiempo. Trump es su variante brutal.

Monstruosa, lo califica Naomi Klein en Doppelganger (2023).

Monstruosa. Pero ya Obama había girado el pívot hacia el Pacífico, porque veía a China como la superpotencia emergente.

¿Y Europa?

Europa, después de la Segunda Guerra Mundial tenía índices de crecimiento muy elevados...

Partía de la ruina.

Si, de una guerra. También China.

China del Medievo.

Sí, pero Europa crecía como la China de hace unos años. De ahí pasó al 5%, después al 2,5%, y ahora está plano. Una escalera descendente. Y el PIB de Europa pierde peso respecto a China y a los países emergentes. No tiene por qué ser un drama, pero Europa no puede operar como si fuera quien decide las reglas del mundo. Trump es en todo caso un síntoma y quiere volver a un capitalismo mercantilista, de control de los espacios, un mundo de lebensraum, un mundo peligroso. Son las políticas de la crueldad, una especie de deificación de la violencia.

En estos movimientos tectónicos del orden nacional, ¿cuál es el principal riesgo que amenaza un pequeño país europeo como Galicia?

El principal riesgo es que se cumpla lo que dice Trump en la Doctrina de Seguridad Nacional. Que explote y se destruya la Unión Europea. Que se vuelva a Estados nación y que España esté gobernada por...

Por delegados de Trump.

Partidos patriotas los llama la Doctrina de Seguridad Nacional. Ese Gobierno implicaría la ilegalización de partidos y corrientes de opinión y la destrucción del pacto social y por supuesto de la España autonómica.

Otra obsesión que recorre Agora non é antes es precisamente la preocupación por la falta de imaginación social progresista y la cancelación del futuro. En su opinión, ¿cuál es esa imaginación social necesaria?

Lo primero es entender que el movimiento obrero como fuerza significativa de transformación ha desaparecido. Y que ahora estamos en una crisis de la Ilustración. Los nuevos líderes hipertecnológicos son gente peligrosa. Aviso, cambio de época. Y lo segundo, no tomar a Marx como Santo Tomás. La única forma de combatir la manipulación de las frustraciones que hace la derecha en beneficio de la ira y del odio no es con una tecnocracia que no alivia, sino levantando una idea de felicidad.

¿Cómo sería?

El experimento soviético fracasó, te parezca bien, mal o regular. Ahora hay que construir sujetos más plurales con un diseño de futuro, esto es importante, hermoso. Tienes que decir sí, es posible vivir mejor, en sociedades más igualitarias, trabajar menos, con buena sanidad y educación públicas, y con cultura. La cultura no en el sentido banal de productos de mercado, sino en el de la imaginación de una vida rica.

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