Los medicamentos pasan años de pruebas y más pruebas que certifican su seguridad y eficacia. Cuando tomamos un fármaco, la mayoría de las veces centramos nuestra atención en la dosis que tomamos, pensando que esto es lo único que influye en su efecto. Sin embargo, los alimentos que tomamos también pueden influir en su efectividad, toxicidad o, incluso, en un menor efecto. Esta interacción entre alimentos y medicamentos, que a menudo pasamos por alto, es un factor clave que no debemos menospreciar.
Alimentos y medicamentos, juntos ¿y revueltos?
Existen miles de combinaciones de alimentos y medicamentos que, según varios estudios científicos, pueden suponer un problema. Los alimentos pueden afectar los medicamentos que tomamos de dos formas: pueden interactuar con los ingredientes activos del medicamento o pueden alterar la forma en que nuestro cuerpo reacciona al medicamento. Cuando un alimento afecta a los medicamentos en el organismo, se denomina interacción alimento-fármaco.
Así, distintos ingredientes en nuestras comidas pueden impedir que los medicamentos actúen correctamente y pueden hacer que los efectos mejoren o empeoren. Además, los medicamentos también pueden alterar la forma en la que el cuerpo usa los alimentos.
Como nos explica la farmacéutica Inma Sánchez, “la ruta que siguen los medicamentos cuando los tomamos se ve alterada en algún punto de la absorción, la distribución, el metabolismo o la excreción, por acción directa o indirecta de los alimentos que consumimos”.
Cuando un alimento y un medicamento interaccionan se produce una interferencia entre fármaco, nutriente o alimento y el paciente. La consecuencia, según el Consejo General de Colegios Farmacéuticos de España, puede ser un aumento o disminución de la biodisponibilidad del fármaco, que puede derivar en inefectividad o toxicidad. Sin embargo, también puede haber interacciones que pueden ser positivas, como la toma conjunta de hierro con alimentos ricos en vitamina C.
Por tanto, la interacción que se produce puede dar lugar a “efectos positivos —aumentar su eficacia— o negativos —aumentar la toxicidad— en el individuo”, afirma Sánchez.
Interacciones más frecuentes entre medicamentos y alimentos
Existen distintos tipos de interacciones y su efecto depende de varios factores: edad, sexo, historial médico, peso corporal, cantidad y dosis de los medicamentos usados. Todo ello puede influir en la forma en la que los fármacos y los nutrientes interactúan en el organismo. Sin embargo, si hablamos de las interacciones más comunes que se producen debemos nombrar, según Sánchez, las siguientes:
- Laxantes y leche y derivados lácteos: los laxantes estimulantes no deberían tomarse con lácteos o antiácidos porque estos pueden alterar el recubrimiento del medicamento. En estos casos, es bastante frecuente “la formación de un complejo quelato entre el medicamento y el alimento, de difícil absorción, asimilación y eliminación del organismo”. Por tanto, es aconsejable esperar un tiempo, al menos dos horas, entre la ingesta del medicamento y el consumo de lácteos.
- Inmunosupresores y zumo de pomelo: este tipo de medicamentos pueden interaccionar con el zumo de pomelo por la presencia de flavonoides, en concreto de la naringina, un potente inhibidor que puede provocar una reducción en la eliminación del medicamento y, por tanto, aumentar las concentraciones en el organismo. Se sabe también que el pomelo potencia el efecto de una amplia gama de fármacos o aumenta el riesgo de efectos secundarios.
- Hierba de San Juan y espino blanco con anticoagulantes, antidepresivos y antihistamínicos: en estos casos puede producirse una “duplicidad del efecto deseada a causa de una actividad farmacológica del alimento, que suele aparecer en el caso de la mayoría de plantas medicinales que se consumen como infusión o en cápsulas”, admite Sánchez.
- Anticoagulantes como acenocumarol y vitamina K: esta vitamina, presente sobre todo en verduras de hoja verde como lechuga o espinacas, podría modificar el efecto coagulante del medicamento.
- Antibióticos y nutrientes como fibra, calcio o hierro: algunos componentes de los alimentos pueden “atrapar” al medicamento a través del sistema digestivo y minimizar el efecto de algunos antibióticos.
- Antiinflamatorios y alcohol: la mezcla de alcohol y medicamentos como el ibuprofeno puede provocar un aumento de sus efectos y, en consecuencia, de las reacciones secundarias.
“La mayoría de estas interacciones se solucionan espaciando el consumo del medicamento y los alimentos, que permite conseguir una mejor absorción del fármaco”, reconoce Sánchez, y se encuentran “ampliamente estudiadas, registradas y publicadas con el fin de evitar su incidencia en la población”.
En cualquier caso, “para evitar o conocer la interacción que se puede producir, la farmacia que realiza la dispensación proporciona la información necesaria para su correcta administra. Además, el medicamento también lleva indicaciones y advertencias”, admite Sánchez.
¿En ayunas o después de comer? El momento también importa
Además de tener en cuenta estas interacciones, también es importante prestar atención al momento de la toma de medicamentos, puesto que resulta crucial para que su uso sea eficaz y seguro. En función del tipo específico de medicamento y sus efectos farmacológicos únicos, puede ser recomendable tomarlo antes o después de las comidas. Por ello, es importante prestar atención a las indicaciones específicas del médico y del farmacéutico a la hora de tomar un determinado medicamento.
Si la pauta es hacerlo “en ayunas” significa que debemos tomarlo al menos una hora antes de comer o dos horas después de la comida. Esto se debe a que tener el estómago lleno puede perjudicar el nivel de absorción de algunos medicamentos.
En cambio, si es un medicamento que debe tomarse “con las comidas”, tendremos que hacerlo durante la comida o justo después de comer. En la mayoría de los casos, esta última indicación suele hacerse para que no se produzcan molestias gástricas y, también, para favorecer su absorción.