¿Cómo puede afectarnos la pérdida de contacto físico por la pandemia de COVID-19 ?

Cristian Vázquez

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Una de las medidas más importantes y más aconsejadas para evitar la propagación de la COVID-19 es el llamado distanciamiento social: la necesidad de mantenerse a 1,5 metros (como mínimo) de los demás. Este recurso es valioso para evitar contagiarse de coronavirus, pero no está exento de riesgos: puede tener consecuencias negativas. Las principales son las que se derivan de la falta de contacto físico con otras personas.

Fatiga pandémica; qué es, cómo se manifiesta y cómo tratarla

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Sobre todo durante el confinamiento, pero también en la llamada “nueva normalidad” y en todas las fases intermedias entre un momento y otro, muchas personas redujeron su contacto presencial con los demás hasta el punto de que tocar o ser tocadas por alguien se tornó una actividad infrecuente o directamente nula. 

No hablamos solo de relaciones sexuales, sino de todo tipo de contacto piel con piel: abrazos, caricias, incluso roces. Es algo que les sucedió o sucede en particular a personas que viven solas, a adultos mayores y a pacientes hospitalizados sin posibilidad de recibir visitas durante largo tiempo.

El problema que se puede derivar de ese hecho es el llamado “hambre de piel”, el nombre que se ha dado al síndrome neurológico que se produce ante la falta de contacto físico, una necesidad biológica para los seres humanos.

Como explica Aurora López, directora de Más Vida Psicólogos, “el contacto físico entre personas genera regulación emocional, mejor autoestima, aprobación, refuerzo y pertenencia al grupo”.

El contacto físico, una necesidad humana

La investigación sobre los efectos del contacto físico, de todos modos, empezó mucho antes de esta pandemia. A mediados del siglo XX, el psicólogo estadounidense Harry Harlow realizó experimentos con monos. En uno de ellos, unas crías de corta edad eran separadas de sus madres y luego se les ofrecían dos “madres adoptivas”. 

Pero estas madres eran objetos inanimados: uno hecho con cables y madera y el otro con un paño suave. Los monos bebés elegían este último, incluso aunque era el primero el que tenía una botella de leche. Es decir, priorizaba el contacto físico por sobre el alimento.

La importancia de ese contacto, sobre todo en los bebés, se confirmó con el éxito del método “Madre Canguro”, desarrollado por médicos colombianos a finales de la década de 1970, el cual se basa en la importancia del contacto piel con piel entre los bebés prematuros o con bajo peso al nacer y sus madres.

En años recientes, la investigación sobre los efectos de la falta de contacto físico se centró en adultos, con casos extremos como las personas que pasan mucho tiempo en prisión en situación de aislamiento y adultos mayores que viven en soledad. 

Las personas con “hambre de piel” suelen mostrar síntomas de depresiónexplica Tiffany Field, experta del Instituto de Investigación del Tacto, perteneciente a la Universidad de Miami, Estados Unidos.

Efectos de la abstinencia de tocar otra piel

Field apunta que el contacto piel con piel “estimula sensores de presión bajo la piel”, los cuales envían mensajes a un nervio cerebral llamado vago. “A medida que la actividad del vago se incrementa, el sistema nervioso se ralentiza, la frecuencia cardíaca y la presión arterial disminuyen y las ondas cerebrales muestran relajación”, añade la especialista. 

Y no solo eso: también disminuye la producción de cortisol (la “hormona del estrés”) y aumenta la de oxitocina, que se segrega durante las relaciones sexuales, el parto y la lactancia. Es decir, el contacto físico produce bienestar. Por lo tanto, todos esos aspectos resultan perjudicados ante la ausencia de contacto físico. 

Sobre todo si ese contacto se interrumpe de manera repentina, como les sucedió a muchas personas con la llegada de la pandemia. Sus cuerpos estaban habituados a unas ciertas relaciones a través del tacto y pueden haber sufrido una especie de síndrome de abstinencia y, en consecuencia, experimentar malestar, estrés, ansiedad, angustia, sensación de soledad y tristeza.

Según Aurora López, la pérdida de contacto físico causada por la pandemia tendrá consecuencias “a corto, medio y largo plazo”. Las de corto y medio plazo son sobre todo las detalladas en el párrafo anterior, que muchas personas han experimentado en estos meses. Las de largo plazo, en cambio, son “difíciles de augurar”, pues dependen de muchos factores y hay muchos estudios actuales que están investigando acerca de esta cuestión.

Consejos para reducir los efectos del “hambre de piel”

Tanto López como la también psicóloga María Fernández de la Riva enumeran algunos consejos y medidas para tratar de paliar los efectos de este problema, para muchos inimaginable hasta hace unos meses. Son los siguientes:

  • Si se convive con alguien, acercarse a esa o esas personas, reforzar el contacto físico. “Una sola persona no puede compensar el déficit social -afirma López-, pero sí es cierto que quien pueda estar en contacto al menos con alguien más estará más protegido a nivel emocional”.
  • Expresar con palabras los sentimientos y los impulsos cariñosos. Como no se pueden expresar con abrazos, besos, palmadas u otros gestos, conviene más que nunca recurrir a palabras de agradecimiento, afecto, reconocimiento, etc., o a expresiones como “te echo de menos”, “tengo ganas de verte” o “quisiera darte un abrazo”.
  • Identificar la emoción y las sensaciones que se producen al imaginar que se da un abrazo a otra persona, y si es posible expresárselo.
  • Valorar las miradas. Buscar el contacto visual para descubrir los pequeños gestos que permiten saber qué siente la otra persona, y que a su vez esa otra persona pueda reconocer nuestras sensaciones y sentimientos.
  • Sonreír. Aunque sea debajo de la mascarilla, los ojos transmiten la expresión de la sonrisa. Además, sonreír tiene muchos beneficios para la salud: para quien sonríe y para los demás.
  • Enfatizar o recuperar otras formas de comunicación: la escritura, la música, la danza, etc.
  • Recordarse mutuamente que esta situación es transitoria y que en el futuro podremos recuperar el contacto físico de antes.
  • Fantasear y planear futuros eventos sociales y de contacto.
  • Acariciar a las mascotas y jugar con ellas. Si la compañía de perros y gatos resulta siempre muy gratificante y beneficiosa, en esta época puede serlo todavía más.
  • Probar el automasaje. Tocarse a uno mismo -no solo para masturbarse- puede tener efectos satisfactorios en este sentido. Por supuesto, no será como tocar o ser tocado por otra persona, pero puede servir para aliviar al menos en parte el “hambre de piel”. 

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Una de las medidas más importantes y más aconsejadas para evitar la propagación de la COVID-19 es el llamado distanciamiento social: la necesidad de mantenerse a 1,5 metros (como mínimo) de los demás. Este recurso es valioso para evitar contagiarse de coronavirus, pero no está exento de riesgos: puede tener consecuencias negativas. Las principales son las que se derivan de la falta de contacto físico con otras personas.

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Sobre todo durante el confinamiento, pero también en la llamada “nueva normalidad” y en todas las fases intermedias entre un momento y otro, muchas personas redujeron su contacto presencial con los demás hasta el punto de que tocar o ser tocadas por alguien se tornó una actividad infrecuente o directamente nula. 

No hablamos solo de relaciones sexuales, sino de todo tipo de contacto piel con piel: abrazos, caricias, incluso roces. Es algo que les sucedió o sucede en particular a personas que viven solas, a adultos mayores y a pacientes hospitalizados sin posibilidad de recibir visitas durante largo tiempo.

El problema que se puede derivar de ese hecho es el llamado “hambre de piel”, el nombre que se ha dado al síndrome neurológico que se produce ante la falta de contacto físico, una necesidad biológica para los seres humanos.

Como explica Aurora López, directora de Más Vida Psicólogos, “el contacto físico entre personas genera regulación emocional, mejor autoestima, aprobación, refuerzo y pertenencia al grupo”.

El contacto físico, una necesidad humana

La investigación sobre los efectos del contacto físico, de todos modos, empezó mucho antes de esta pandemia. A mediados del siglo XX, el psicólogo estadounidense Harry Harlow realizó experimentos con monos. En uno de ellos, unas crías de corta edad eran separadas de sus madres y luego se les ofrecían dos “madres adoptivas”. 

Pero estas madres eran objetos inanimados: uno hecho con cables y madera y el otro con un paño suave. Los monos bebés elegían este último, incluso aunque era el primero el que tenía una botella de leche. Es decir, priorizaba el contacto físico por sobre el alimento.

La importancia de ese contacto, sobre todo en los bebés, se confirmó con el éxito del método “Madre Canguro”, desarrollado por médicos colombianos a finales de la década de 1970, el cual se basa en la importancia del contacto piel con piel entre los bebés prematuros o con bajo peso al nacer y sus madres.

En años recientes, la investigación sobre los efectos de la falta de contacto físico se centró en adultos, con casos extremos como las personas que pasan mucho tiempo en prisión en situación de aislamiento y adultos mayores que viven en soledad. 

Las personas con “hambre de piel” suelen mostrar síntomas de depresiónexplica Tiffany Field, experta del Instituto de Investigación del Tacto, perteneciente a la Universidad de Miami, Estados Unidos.

Efectos de la abstinencia de tocar otra piel

Field apunta que el contacto piel con piel “estimula sensores de presión bajo la piel”, los cuales envían mensajes a un nervio cerebral llamado vago. “A medida que la actividad del vago se incrementa, el sistema nervioso se ralentiza, la frecuencia cardíaca y la presión arterial disminuyen y las ondas cerebrales muestran relajación”, añade la especialista. 

Y no solo eso: también disminuye la producción de cortisol (la “hormona del estrés”) y aumenta la de oxitocina, que se segrega durante las relaciones sexuales, el parto y la lactancia. Es decir, el contacto físico produce bienestar. Por lo tanto, todos esos aspectos resultan perjudicados ante la ausencia de contacto físico. 

Sobre todo si ese contacto se interrumpe de manera repentina, como les sucedió a muchas personas con la llegada de la pandemia. Sus cuerpos estaban habituados a unas ciertas relaciones a través del tacto y pueden haber sufrido una especie de síndrome de abstinencia y, en consecuencia, experimentar malestar, estrés, ansiedad, angustia, sensación de soledad y tristeza.

Según Aurora López, la pérdida de contacto físico causada por la pandemia tendrá consecuencias “a corto, medio y largo plazo”. Las de corto y medio plazo son sobre todo las detalladas en el párrafo anterior, que muchas personas han experimentado en estos meses. Las de largo plazo, en cambio, son “difíciles de augurar”, pues dependen de muchos factores y hay muchos estudios actuales que están investigando acerca de esta cuestión.

Consejos para reducir los efectos del “hambre de piel”

Tanto López como la también psicóloga María Fernández de la Riva enumeran algunos consejos y medidas para tratar de paliar los efectos de este problema, para muchos inimaginable hasta hace unos meses. Son los siguientes:

  • Si se convive con alguien, acercarse a esa o esas personas, reforzar el contacto físico. “Una sola persona no puede compensar el déficit social -afirma López-, pero sí es cierto que quien pueda estar en contacto al menos con alguien más estará más protegido a nivel emocional”.
  • Expresar con palabras los sentimientos y los impulsos cariñosos. Como no se pueden expresar con abrazos, besos, palmadas u otros gestos, conviene más que nunca recurrir a palabras de agradecimiento, afecto, reconocimiento, etc., o a expresiones como “te echo de menos”, “tengo ganas de verte” o “quisiera darte un abrazo”.
  • Identificar la emoción y las sensaciones que se producen al imaginar que se da un abrazo a otra persona, y si es posible expresárselo.
  • Valorar las miradas. Buscar el contacto visual para descubrir los pequeños gestos que permiten saber qué siente la otra persona, y que a su vez esa otra persona pueda reconocer nuestras sensaciones y sentimientos.
  • Sonreír. Aunque sea debajo de la mascarilla, los ojos transmiten la expresión de la sonrisa. Además, sonreír tiene muchos beneficios para la salud: para quien sonríe y para los demás.
  • Enfatizar o recuperar otras formas de comunicación: la escritura, la música, la danza, etc.
  • Recordarse mutuamente que esta situación es transitoria y que en el futuro podremos recuperar el contacto físico de antes.
  • Fantasear y planear futuros eventos sociales y de contacto.
  • Acariciar a las mascotas y jugar con ellas. Si la compañía de perros y gatos resulta siempre muy gratificante y beneficiosa, en esta época puede serlo todavía más.
  • Probar el automasaje. Tocarse a uno mismo -no solo para masturbarse- puede tener efectos satisfactorios en este sentido. Por supuesto, no será como tocar o ser tocado por otra persona, pero puede servir para aliviar al menos en parte el “hambre de piel”. 

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Una de las medidas más importantes y más aconsejadas para evitar la propagación de la COVID-19 es el llamado distanciamiento social: la necesidad de mantenerse a 1,5 metros (como mínimo) de los demás. Este recurso es valioso para evitar contagiarse de coronavirus, pero no está exento de riesgos: puede tener consecuencias negativas. Las principales son las que se derivan de la falta de contacto físico con otras personas.

Fatiga pandémica; qué es, cómo se manifiesta y cómo tratarla

Saber más

Sobre todo durante el confinamiento, pero también en la llamada “nueva normalidad” y en todas las fases intermedias entre un momento y otro, muchas personas redujeron su contacto presencial con los demás hasta el punto de que tocar o ser tocadas por alguien se tornó una actividad infrecuente o directamente nula.