Cómo identificar el azúcar moreno real cuando vas a comprar al súpermercado

Escena clásica: pasillo del súper, estantería de azúcares, tú leyendo etiquetas como si estuvieras descifrando un contrato hipotecario. “Moreno”, “integral”, “de caña”, “sin refinar”… y la duda eterna: ¿estoy comprando algo más natural o solo pagando marketing?

El azúcar es uno de los productos más básicos de la despensa y, paradójicamente, uno de los que más confusión genera. Hoy la pregunta es clara: ¿cómo saber si el azúcar moreno que vas a comprar es auténtico o simplemente azúcar blanco teñido?

El gran engaño: azúcar blanco con disfraz oscuro

La mayoría del azúcar moreno que encontramos en supermercados no es azúcar integral de caña sin refinar. Es, en realidad, azúcar blanco refinado al que se le vuelve a añadir melaza para darle color y sabor.

Es decir: primero se procesa la caña hasta obtener cristales blancos completamente refinados y después se les incorpora melaza para que parezcan más “naturales”. El resultado es un producto marrón, con ligero sabor acaramelado, pero nutricionalmente muy parecido al azúcar blanco.

¿Es malo? No. ¿Es mucho más saludable? Tampoco.

La confusión viene en parte por el etiquetado. Términos como “moreno”, “de caña” o “natural” pueden sonar más sanos, pero no siempre significan que sea azúcar integral auténtico.

Cómo se obtiene realmente cada tipo

El azúcar en bruto —el que conserva parte de la melaza original— se obtiene extrayendo el jugo de la caña, hirviéndolo y filtrándolo. Después, los cristales se separan mediante centrifugado, conservando parte de esa melaza que les da color y sabor.

En cambio, el azúcar blanco pasa por procesos adicionales de refinado que eliminan completamente la melaza. El azúcar moreno comercial más habitual es simplemente ese azúcar blanco al que se le vuelve a añadir melaza.

Por eso muchas veces el azúcar moreno del súper es más uniforme en color y textura de lo que cabría esperar en un producto mínimamente procesado.

¿Tiene realmente más minerales?

Sí, pero aquí viene la parte incómoda. La presencia de minerales como hierro, calcio, potasio o magnesio es ligeramente superior en el azúcar moreno porque contiene melaza. Pero la cantidad es tan pequeña que no supone un beneficio nutricional real.

Para ponerlo en contexto: una cucharadita de azúcar moreno aporta una cantidad mínima de hierro, prácticamente insignificante frente a las necesidades diarias. No es precisamente la vía más sensata para mejorar la ingesta de minerales.

Si alguien busca el azúcar moreno por salud, conviene saber que la diferencia con el blanco es más estética y de sabor que nutricional.

El truco definitivo: la prueba del vaso de agua

Aquí viene lo interesante. Hay una forma sencilla de comprobar si lo que has comprado es azúcar integral auténtico o azúcar blanco con melaza añadida.

Llena un vaso con agua, añade una cucharada de azúcar moreno, remueve ligeramente y espera.

Si el agua se tiñe de marrón y los cristales pierden su color hasta volverse blancos, lo que tienes es azúcar blanco recubierto de melaza. La melaza se disuelve primero y deja el núcleo blanco al descubierto.

Si, en cambio, el azúcar mantiene su tonalidad marrón mientras se disuelve y no aparece un “corazón blanco”, entonces es más probable que estés ante azúcar integral de caña sin refinar.

No es magia. Es química básica.

Cómo elegir con criterio en el súper

La clave está en leer bien la etiqueta. Si en los ingredientes aparece algo como “azúcar” y “melaza”, probablemente se trate de azúcar blanco con añadido. Si solo indica “azúcar integral de caña” o “azúcar de caña sin refinar” y no menciona melaza añadida, tienes más garantías.

También suele haber diferencia de precio. El azúcar integral auténtico suele ser algo más caro, precisamente porque no es simplemente un refinado recoloreado.

En cualquier caso, conviene recordar algo básico: sea blanco, moreno o integral, sigue siendo azúcar. Cambia el grado de procesamiento, cambia el sabor, cambia el color, pero no deja de ser un producto que conviene consumir con moderación.

Al menos ahora, cuando vuelvas a quedarte plantado frente a la estantería del súper, no estarás comprando a ciegas.