El hilo y la aguja: las peligrosas herramientas subversivas que atentaron contra el sistema
A quien tenga pueblo o haya pisado uno en verano puede que le suene esta estampa: un grupo de mujeres, casi todas abuelas, sentadas en sillas de enea a la puerta de la casa y compartiendo la misma postura. La cabeza agachada, la mirada en un punto fijo, para, con un ritmo milimétrico y acompasado, seguir la aguja con el hilo y crear un dibujo, una flor o un nombre sobre una tela. Parece ser que a simple vista es una escena costumbrista o un pasatiempo de tarde pero podría ser, en realidad, un espacio de alianza.
De esa paradoja nace el ensayo de la historiadora y psicoterapeuta británica Rozsika Parker, La puntada subversiva: El bordado y la creación de lo femenino (Akal, 2026), publicado originalmente en 1984, se mantiene como una obra fundamental para comprender el papel de las mujeres en los márgenes del mercado del arte, reescribiendo la historia del bordado como una crónica de empoderamiento.
La primera edición del libro irrumpió en plena efervescencia de la segunda ola del feminismo, provocando un terremoto en la teoría del arte tradicional al demostrar que la frontera entre “arte alto” y “labor femenina” respondía a una estrategia ideológica y de clase destinada a moldear cuerpos obedientes y sometidos.
Ya desde el capítulo inicial y, antes de meterse en cuestiones puras sobre la historia del arte, titulado La creación de la feminidad, Parker cuestiona la pretensión de que otorgar a las mujeres la connotación de “feminidad” sea algo innato o incluso biológico, recordando que “la convicción de que la feminidad es algo natural para las mujeres (y antinatural para los hombres) es tenaz”, utiliza, entonces, la historia del bordado para evidenciar que en realidad esa connotación es “un producto social y psicosocial”.

Ahí desarrolla el giro clave de su tesis aplicado a la creación artística. Poco a poco, el libro revela cómo las propias creadoras acabaron por convertir lo que pudo ser una herramienta de control en una forma de resistencia. Desde el silencio del hogar y la intimidad de los círculos de costura, el espacio de reclusión se transformaría en un refugio donde compartir pensamientos y vivencias entre ellas al margen de los círculos oficiales.
Rozsika Parker descubre esta versión contracultural de la historia del arte del bordado a través de un largo recorrido por la evolución del mismo desde la Edad Media hasta los 80, demostrando que el significado de este oficio fue cambiando en paralelo a la situación emancipatoria de las mujeres que lo practicaban.
En el primer capítulo, La domesticación del bordado, la autora explica cómo, entre los siglos XIV y XV, las mujeres fueron expulsadas de los gremios profesionales de artesanos. A partir del siglo XVI, los libros de patrones de bordado comenzaron a dirigirse a las esposas de una incipiente clase burguesa para adoctrinarlas en “la apariencia de la nobleza con actividades de la clase trabajadora”. Sugería a la vez “opulencia” y la “obediencia debida de una esposa”.
Pasados los años, lejos de atenuarse, se intensificaron estas dinámicas. Durante el siglo XVII, la función adoctrinadora hacia las mujeres, un fenómeno que Parker analiza minuciosamente en el capítulo La feminidad se inculca, cuenta que a través del aprendizaje textil, la educación de las niñas se estructuró como una disciplina estricta y gradual: se comenzaba por los “dechados en bandas y se avanzaba hacia complejas cestas de costura” con el objetivo de “afianzar la obediencia infantil” y “moldear la conducta” de las que más tarde se convertirían en mujeres adultas.
Al evaluar las producciones de este periodo, la historiadora sale en defensa de obras y desmonta el prejuicio que calificaba de “ingenuo” o “falto de perspectiva” al arte que producían diversas creadoras utilizando diferentes técnicas, como usar hilos experimentales u otras piezas de ornamento en el bordado e incluso, fuera de lo textil, pinturas al óleo. No obstante, la iconografía de la época y la diferencia de técnicas y formatos, centrada en escenarios bíblicos como el Juicio de Salomón, continuó al servicio de afianzar la autoridad patriarcal de los artistas reconocidos en lo pictórico.
En el capítulo De lecheras a madres recoge la forma en que a medida que el pensamiento ilustrado se abría paso durante el siglo XVIII, la imaginería textil superaba las macabras escenas religiosas para ser sustituidas por paisajes bucólicos, escenas con animales y figuras de pastoras o “damas pescadoras” donde “la dedicación a todo lo que era natural se convirtió en un importante atributo de la feminidad”.
Aunque la botánica aplicada permitió un despliegue técnico insólito, paradójicamente sirvió para consolidar aún más el foso ideológico entre lo reservado a los varones y las labores asociadas al adorno doméstico.
En este periplo histórico, ya cerca del final del libro, aparece el capítulo: ¿Un arte revolucionario por naturaleza?. Aquí la autora analiza la ruptura provocada gracias a las vanguardias del siglo XX. Parker explica cómo movimientos como Dadá, el Surrealismo o el Constructivismo ruso acudieron al textil para detonar las jerarquías académicas y de clase.
Como evoca la autora citando las palabras de la interiorista suiza Sophie Taeuber y el artista Hans Arp en 1915: “Queríamos combatir el materialismo y la sobreintelectualización [...] Buscábamos un arte anónimo y colectivo”. En esa misma línea, pioneras del arte de vanguardia como Sonia Delaunay convirtieron la técnica del hilo y la tela en un motor conceptual de primer orden, allanando el terreno para la eclosión del arte textil en los años setenta.
La trayectoria de Rozsika Parker estuvo guiada por el empeño de restaurar el lugar de las mujeres en la historia del arte y la cultura. En 1973 fundó, junto a la historiadora Griselda Pollock, el Colectivo de Historia del Arte Feminista, alianza de la que nacería en 1981 uno de los textos historiográficos más influyentes del siglo pasado: Viejas maestras: Mujeres, arte e ideología, donde explicaron cómo el estereotipo de género había segregado la producción artística.
De hecho, en las páginas finales de La puntada subversiva, Parker advierte cómo el desprecio hacia la aguja florece en cuanto esta pretende salirse del rol doméstico y ocupar otros espacios de creación, señalando que en el discurso del arte provoca risa el bordado practicado “fuera de su lugar” e ilustra la fortaleza de las “divisiones por género dentro de la sociedad”.
En el panorama contemporáneo, creadoras de distintas generaciones han colocado el tejido en el centro del discurso de los museos, utilizando trapos, telas viejas y diarios cosidos a mano para articular la memoria corporal y la confesión autobiográfica
Por fortuna hoy, en el panorama contemporáneo, creadoras de distintas generaciones han colocado el tejido en el centro del discurso de los museos, utilizando trapos, telas viejas y diarios cosidos a mano para articular la memoria corporal y la confesión autobiográfica. Esta genealogía se prolonga en la obra de artistas como Aram Han Sifuentes, Ghada Amer o Lubaina Himid, quienes utilizan la aguja y el hilo para denunciar la precariedad laboral, las dinámicas migratorias, el impacto de la moda rápida o la huella del colonialismo.
Incluso, más allá de un recurso artístico o de protesta, otras creadoras experimentan artes mixtas con la tela como Bea Lema que lleva el arte del bordado a la narrativa gráfica porque “dibujar bordando”. Convierte la tela en lo que sería papel y el hilo en un trazo con el que explora el estigma de las creencias anticuadas y la memoria familiar. La artista utiliza una técnica particular, con el hilo negro borda sobre el pasado y con hilos de color enfatiza en momentos históricos.
Esta vitalidad confirma la certera conclusión de Rozsika Parker cuando argumenta que, frente a siglos de contención, las mujeres “se las han apañado para crear significados propios dentro del propio medio destinado a inculcar la abnegación”, ratificando que las fronteras del arte y la figura del artista “no son fijas: han cambiado a lo largo de los siglos y se pueden seguir transformando en el futuro”.