'Escuchen a las sirenas', por Marina Perezagua
Pasar el verano en una ciudad trae casi siempre la misma promesa de los veranos en cualquier lugar: que el tiempo deje de exigirnos tanto como el resto del año. Las terrazas se llenan al frescor de horas más tardías, las ventanas quedan abiertas toda la noche, alguien decide en un café que hoy es un buen día para no hacer nada —cuando hace apenas una semana no le daba tiempo ni a terminar de despertarse, pagar, llegar al trabajo.
Hay ciudades donde el verano es igual al resto de las estaciones, como en Kiev. Aquí el verano no suspende la realidad: la ilumina. La luz alcanza las fachadas dañadas, los parques llenos de algunos agujeros y de muchas más personas, las mesas donde alguien sopla las velas mientras el móvil de al lado sigue, en silencio, la trayectoria de un dron. Nada queda oculto en Kiev. Ni la guerra ni la vida. La primera vez que vine a Ucrania encontré uno de los errores de traducción más bellos y afilados que conozco. Durante un tiempo, algunas aplicaciones que avisaban en inglés de los ataques aéreos tradujeron “sirens” como “mermaids”. El mismo desliz se extendió a carteles y paneles informativos. Los teléfonos y las calles repetían la misma instrucción imposible: había que obedecer a las sirenas del mar.
“Escuchen a las sirenas”. “No ignoren a las sirenas”. “Sigan las recomendaciones de las sirenas”.
No importa quién cometió el error. Importa que, entre millones de personas que podrían haberlo corregido, ninguna lo hizo. Tal vez las lenguas, cuando una guerra se alarga durante demasiado tiempo, empiezan por sí solas a confundir aquello que anuncia la muerte con aquello que la atrae.
Me gusta pensar que hay un dato que vuelve aquel desliz casi profético. El aparato que hoy fabrica ese aullido metálico que sale de los teléfonos fue bautizado con el nombre de sirena en el siglo diecinueve por un físico francés, Cagniard de la Tour, porque su máquina sonaba incluso bajo el agua, igual que las criaturas del mito. Así que cuando aquellas aplicaciones tradujeron “sirens” por “mermaids” no cometían realmente un error: cerraban un círculo abierto dos siglos antes, cuando alguien decidió que un artefacto de metal debía sonar como las legendarias mujeres que cantan bajo nuestros mares.
El verano, en cualquier otra ciudad, promete descanso. En Kiev lo primero que mata la guerra no son los cuerpos: son sus funciones. El sueño deja de reparar. La memoria deja de guardar y empieza a vigilar
El verano, en cualquier otra ciudad, promete descanso. En Kiev lo primero que mata la guerra no son los cuerpos: son sus funciones. El sueño deja de reparar. La memoria deja de guardar y empieza a vigilar. Una sirena interrumpe un sueño y ese sueño ya nunca vuelve a empezar donde se quebró, queda suspendido entre los párpados cansados, como una herida que no termina de cicatrizar. ¿Cuánto tiempo aguanta un cuerpo sin ese descanso? ¿Y una ciudad entera? Tal vez la resistencia no se mida en edificios reconstruidos, sino en la energía que a un organismo le queda, después de sobrevivir, para seguir produciendo algo parecido a la vida.
El verano también dilata el tiempo, lo hace más elástico: tardes que no acaban nunca, cierta sensación parecida a la indolencia, que se agradece. La guerra también estira tiempo, pero tirando del otro extremo. Cuando cesa una alarma nadie recupera los minutos pasados en un refugio —esas horas se rompe y sigue corriendo a la vez, como un hueso que suelda torcido. Los relojes pierden aquí parte de su autoridad. Los calendarios cuentan otra cosa: ya no cuánto falta para las vacaciones, sino cuántos días más ha aguantado una ciudad siendo ella misma.
También la confianza cambia de significado, teniendo en cuenta que el verano suele asociarse al tiempo de la distensión: en muchas ciudades europeas nos relajamos más al volver a casa de noche, como si confiáramos en que los pasos de un depredador fueran suficientes para avisarnos; hablamos con un desconocido con la guardia más baja, le ofrecemos más datos; En Kiev el verano no trae consigo pactos de confianza, hay hechos de cuya existencia dudamos de manera rutinaria —dormir sin saber si el techo seguirá encima al despertar, cruzar un puente preguntándonos si seguirá en pie mañana. Tal vez la paz no sea sólo la ausencia de violencia, sino la cantidad de confianza y desarme que un cuerpo puede permitirse gratis.
La guerra altera incluso la gravedad, y con ella el símbolo más veraniego de una ciudad: la terraza. De pronto, un sótano pesa más que un mirador; un pasillo interior vale más que una azotea con vistas —el mismo lugar que este agosto, en cualquier otra ciudad europea, sigue lleno de gente pidiendo la penúltima cerveza. Los edificios ya no se organizan por su belleza, sino por las probabilidades de supervivencia que ofrecen. La arquitectura cambia de eje. También la mirada: uno aprende a recorrer una ciudad siguiendo una geografía que no aparece en los mapas: la de los lugares más cercanos donde todavía sería posible permanecer vivo.
La guerra altera incluso la gravedad, y con ella el símbolo más veraniego de una ciudad: la terraza. De pronto, un sótano pesa más que un mirador; un pasillo interior vale más que una azotea con vistas —el mismo lugar que este agosto, en cualquier otra ciudad europea, sigue lleno de gente pidiendo la penúltima cerveza
Quizá por eso me incomodan las fotos de ciudades bombardeadas cuando aparecen vacías. Documentan la devastación, pero inducen un error: las ciudades no son sus edificios más fotografiados, sino sus costumbres —la palabra cotidiana, el gesto que se repite sin pensarlo. Una ciudad empieza cuando alguien abre una ventana, cuando un panadero enciende el horno, cuando una anciana reconoce de lejos el paso de su vecino. Los mapas dibujan calles. Nunca consiguen dibujar la verdadera expresión de sus más valiosos edificios: sus habitantes.
Destruir una biblioteca no es solo derribar un edificio: es borrar el lugar donde una lengua guardaba los significados que tuvo antes, los que aún no habían cambiado de sitio. Una escuela es donde una comunidad ensaya, cada mañana, cómo nombrarse. Hay guerras que no buscan amputar miembros, sino inutilizar órganos —y el lenguaje, cuando deja de decir lo que solía decir, es el primer órgano amputado.
Tal vez el acuerdo tácito de lo cotidiano sea la forma más profunda —y la más vulnerable— de una cultura. Antes que los museos está la costumbre de salir a la calle, de dar los buenos días, de regar una planta dando por hecho que mañana seguirá ahí. Lo frágil nunca fue la piedra: fue el gesto que se repite sin que nadie le preste atención. Una civilización no muere el día que caen sus edificios. Muere el día en que deja de repetir, sin darse cuenta de que eso es una forma de cuidado y amor, lo que creía no tener ninguna importancia.
En Kiev las sirenas siguen viviendo lejos del mar. Cantan desde los teléfonos, no prometen nada, ni verdades ni mentiras, pero abren siempre una grieta en el tiempo: antes de ellas, la vida; después, la posibilidad de que esa vida tenga que reorganizarse. Quizá por eso aquella traducción no estuviera tan equivocada.
Una civilización no muere el día que caen sus edificios. Muere el día en que deja de repetir, sin darse cuenta de que eso es una forma de cuidado y amor, lo que creía no tener ninguna importancia
Con el tiempo también he comprendido que aquel desliz no hablaba de una sola palabra. Hablaba de todas: de esas que sólo revelan su significado verdadero cuando el mundo deja de parecerse a sí mismo. Toda guerra termina siendo un problema de traducción, no porque cambie el idioma, sino porque las palabras dejan de significar lo que significaban — como si alguien, mientras dormíamos, hubiera cambiado lo que significa cada color de un semáforo, dejando las luces exactamente donde estaban: el rojo sigue ahí, en su sitio, pero ya no quiere decir alto. El verde también sigue estando en su lugar, pero ya no nos permite pasar.
Dormir deja de significar descansar. Casa deja de ser un lugar y se convierte en una distancia respecto al refugio más cercano. Esperar ya no es que llegue alguien: es que no llegue un misil. Silencio deja de ser la ausencia de ruido; pasa a ser ese instante incierto en que uno intenta averiguar si la explosión ya terminó o si aún viene otra, sigilosa, a lo lejos, como el sonido de un tren que aún no vemos cuando acercamos nuestro oído a la tierra. Hasta verano deja de significar vacaciones. Significa luz. Y la luz, aquí, no oculta nada: revela las fachadas abiertas, las mesas ocupadas, las conversaciones que una alarma interrumpe y que, minutos después, se retoman con una naturalidad casi insoportable para quien llega de fuera. Luz de día, luz de noche. La guerra es la promesa de luz más espantosa.
Todas las sirenas cantan el rumbo. Las antiguas apartaban a los navegantes de su destino, y sobrevivir era resistirse a ellas: atarse al mástil. En Kiev sobrevivir es lo contrario —obedecerlas—, y cada día, con lo que ha quedado en pie, una ciudad entera vuelve a traducir su propia ruta, desear su propio destino.
Escuchen a las sirenas.