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Los instrumentos medievales que (quizá) nunca sonaron

Quienes visitan la Colegiata de Toro, en Zamora, suelen pararse a contemplar los detalles de sus portadas, un conjunto escultórico excepcional de los siglos XII y XIII, cuando el primer gótico recogía el testigo del último románico. Entre las figuras más llamativas aparecen una serie de personajes —los 24 ancianos que describe el Apocalipsis de la Biblia— tocando instrumentos musicales como violas, flautas o tambores. Al observarlos, lo habitual es pensar que así eran exactamente los objetos que se utilizaban en la Edad Media para hacer música, creer que los canteros los habían copiado, literalmente. Incluso los especialistas de hace décadas podían caer en esa 'trampa'.

Los investigadores actuales, sin embargo, se muestran mucho más cautos y se plantean una duda: ¿Y si los instrumentos que aparecen en las esculturas de las portadas, las pinturas murales de las iglesias o las miniaturas de los libros medievales no fuesen como los que se utilizaban en la época? ¿Y si solo se tratara de obras de arte un tanto ajenas a la realidad?

Estas preguntas explican el origen de la aventura que el luthier griego Christos Kanellos vive estos meses, precisamente, en la ciudad de Toro. Hace veinte años, dejó su país natal para estudiar guitarra clásica en Córdoba. Cuando conoció el trabajo que había detrás de la fabricación del instrumento fetiche del sur español, Christos se dejó impresionar por el proceso. “Me enamoré de las manos del artesano, de su tacto trabajando la madera”, reconoce.

Cautivado por lo que había vivido, hace algo más de una década viró un tanto en su camino —era profesor e intérprete musical— para entregarse por entero a la madera. “Lo que me apasiona es excavar un tronco y hacer que suene”, confiesa. Se trasladó a Granada, alquiló un local y comenzó a experimentar con los encargos que le iban llegando. De Grecia y Turquía se había traído la fascinación por los instrumentos tradicionales casi desde niño, pero en la herencia de la España medieval terminó de encontrar la horma del zapato.

“En Castilla y León existen infinitos diseños de instrumentos medievales”, constata el luthier. La región española con el patrimonio monumental más extenso del país le ofrecía, además, la mayor concentración de iconografía sobre la música inmortalizada en los templos. “Es brutal”, califica, entusiasmado. Un territorio ideal para investigar y tratar de responder a la pregunta que traía en la cabeza: esos instrumentos que observamos en las obras de arte, ¿fueron realmente así?

El desafío, tan ambicioso, no podía resolverse en cinco minutos. Así que Kanellos se planteó desarrollar un doctorado en la Universidad de Salamanca, recorriendo toda la comunidad para conocer, de primera mano, cómo aparecían las herramientas musicales en las paredes y las portadas de los templos. La investigación arrancó el año pasado en Segovia, donde exploró los frescos de una iglesia románica. En Toro le aguardaba el mayor reto: descifrar qué había de real, por ejemplo, en las arpas y salterios que los ancianos del Apocalipsis tañen desde hace ocho siglos en su Colegiata.

Un planteamiento diferente

En Toro se estableció en una casa con vistas al Alcázar de la ciudad, que transformó en un laboratorio para desarrollar su doctorado. “Lo que hago es analizar las fuentes (las imágenes) y catalogarlas para reconstruir todos los modelos de viola medieval que hay en Castilla y León”, explica. Con tal motivo, convirtió un pequeño espacio en la planta baja en un taller en el que talla la madera y da forma a los instrumentos esculpidos en las portadas de la Colegiata. Un desafío sugerente, pero no original.

A finales de los años ochenta, el musicólogo Carlos Villanueva ya emprendió un primer proyecto para copiar estos mismos objetos, como si se tratase de una fotografía en piedra de los auténticos. El objetivo era rescatarlos del siglo XIII y hacerlos sonar en el presente, un método que para el luthier griego está hoy ampliamente superado. “Hoy se analizan estas imágenes desde su condición de objetos de representación simbólica”, expone Christos, aludiendo a una de las principales corrientes actuales de estudio.

En su caso, las dudas llegan antes que las conclusiones. “Lo primero que debemos preguntarnos es por qué el artista medieval talló las imágenes de esa manera”, propone Kanellos, dando pie a una serie de interrogantes: ¿Estaba limitado el artista por el formato y las dimensiones del bloque de piedra? ¿El mensaje espiritual era más importante que la fidelidad a la pieza original? ¿En qué medida podía condicionar las formas del instrumento la necesidad de colocar a los músicos en el arco de una portada? Y desvela: “Antes de llegar a la conclusión de que esas obras de arte son un reflejo de la realidad, analizamos la imagen desde todos los puntos de vista”.

Con ese propósito, Kanellos ha convocado en la ciudad zamorana a artesanos, historiadores, expertos en arte, escultores o musicólogos, dentro de unas jornadas sobre iconografía musical medieval. “Lo interesante es que cada uno nos va a ofrecer una visión diferente y eso es una maravilla”, avanza el investigador. Un historiador, por ejemplo, realiza un estudio comparado de las obras de arte; un luthier se centra únicamente en cómo fabricar lo que ve.

Tampoco el análisis de estas representaciones artísticas es nuevo. “Hasta ahora se había estudiado mucho, pero de forma fragmentada”, precisa Kanellos. De ahí que el luthier y otros colegas investigadores reúnan datos de todas las obras de las que se tiene referencia para dibujar un mapa que permita “saber cómo se relacionaban entre sí”. Determinar, por ejemplo, si esos instrumentos eran locales o copias de otros que se utilizaban en latitudes diferentes, como en Francia.

Porque este tsunami artístico coincide con “un florecimiento económico brutal” en la época (siglos XI al XIII), que llegó a la península a través del Camino de Santiago y “un gran intercambio económico” con el país vecino, desde donde se importó el arte románico, primero, y el gótico, a continuación. Para el investigador, este fenómeno está detrás de la enorme cantidad de instrumentos que quedaron inmortalizados en los templos religiosos.

Una nueva metodología

Con toda esta información reunida y las opiniones de los expertos, ¿adónde se puede llegar? “No tengo ni idea, eso es lo bonito”, bromea el luthier griego, consciente de la envergadura de la investigación. En realidad, los especialistas buscan “una nueva metodología” para estudiar estos instrumentos, más completa y global que la empleada en las últimas décadas. “Lo que pretendemos es ampliar nuestro punto de vista sobre lo que vemos y hacernos más preguntas”, razona.

Así que lo que se pretende es tratar esas imágenes como lo que son, representaciones de hace ocho siglos. De ahí que el estudio trascienda a la propia música y alcance todo lo que se llevó a la piedra. ¿Debemos dudar de lo que aparece en las portadas o en los capiteles de las iglesias medievales? “Por supuesto”, reacciona el luthier con seguridad. “Si el anciano que toca un instrumento tiene una cabeza gigante y un cuerpecillo pequeño, ¿cómo no nos lo vamos a cuestionar?”, argumenta.

En las citadas jornadas que ha preparado en Toro —donde también se incluye una exposición de instrumentos y un concierto de música medieval— cada especialista compartirá su percepción. En su caso, en tanto que luthier, Kanellos confiesa que “veo mucho al artista medieval”. Es decir, cómo el constructor ha pensado y abordado la fabricación del instrumento que aparece ahí, cómo trabaja la madera y de qué forma lo hace sonar finalmente.

Ese trabajo es precisamente el que estas semanas trata de replicar en su taller. En la primera planta de su casa, ya terminados, expone sobre el sofá una veintena de violas pretendidamente medievales para meditar, con más calma, qué historias hay tras ellas, si fueron estas las de nuestros antepasados y, sobre todo, cómo era la música que se escuchaba hace 800 años. Después, la aventura continuará en otro lugar. “Busco nuevos espacios donde analizar, escribir, reconstruir y presentar los resultados de la investigación”, apunta, cada vez más cerca de esa nueva metodología que resuelva el misterio: ¿Realidad o simple representación simbólica?