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‘Backrooms’, el nuevo gran fenómeno del cine de terror nació en YouTube y lo ha creado un joven de 20 años

Alberto Corona

2 de junio de 2026 22:03 h

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Cuando se estrenó El proyecto de la bruja de Blair Kane Parsons, el director del que todo el mundo habla en Hollywood y que tiene solo 20 años, aún no había nacido. Tampoco cuando algo después surgieron en EEUU las claves del llamado analog horror: terror analógico que, en línea con el metraje encontrado (o found footage) de El proyecto de la bruja de Blair, recurría a formatos desfasados en la brecha digital (vídeo doméstico, televisión) para generar extrañeza. En 2002 se cruzaron dos “señales” definitorias: La señal, que partiendo de una franquicia japonesa se centraba en una cinta de vídeo maldita, y Señales, de Shyamalan. Esta iba de extraterrestres, sí, pero su escena más aterradora aludía al vídeo casero de una fiesta asaltada por un visitante inesperado.

Parsons —que acaba de reventar la taquilla de EEUU con su debut en el cine, Backrooms— nacería poco después, así que su experiencia con estos formatos es nula. Como nativo digital que es solo ha tenido acceso a ellos a través de mediaciones posteriores, y de ahí que sorprenda todo el interés por este imaginario que trasluce su trabajo audiovisual. Ya que hablamos de temperamentos creativos desarrollados íntegramente en contacto con Internet, bien podríamos pensar en la estética vaporwave (género musical anclado en la nostalgia por los centros comerciales de los 80, con todo el aparataje mediático correspondiente) y asociarle al joven cineasta lo que John Koenig llamó “anemoia”: nostalgia por tiempos no vividos, nostalgia por tener nostalgia. 

Solo que la fascinación de Parsons por lo analógico y el found footage no parece demasiado nostálgica. Backrooms se ambienta en 1990 teniendo como principal ubicación una tienda de muebles. La actitud de Parsons ante este entorno no es cariñosa ni mucho menos; no pretende invocar los recuerdos de espectadores que sí vivieron aquella época. Hay incluso cierta retranca, un malévolo fetichismo, y a lo que más fácilmente remite es al modo en que la Generación Z disfruta de los videojuegos (y películas) de Five Nights at Freddy’s

El restaurante familiar que centra esta franquicia se inspira en un establecimiento real de los años 80, y su jugabilidad se ciñe al uso de, nuevamente, found footage: grabaciones de cámaras de seguridad registrando una penumbra de la que brotan robots monstruosos. Que la Generación Z tenga tal afinidad por imágenes tan alejadas de ellos nos devuelve al caso Parsons, toda vez que advertimos que la clave del misterio generacional se encuentra en YouTube: FNAF triunfó entre la chavalería gracias a vídeos de youtubers probando esos juegos. Y Parsons, antes de dirigir su primera película con apenas 20 años, lleva siendo un youtuber muy conocido desde 2022.

YouTube y sus mitologías

Se trata de una de las mutaciones más interesantes del cine de terror actual: la aparición de youtubers como directores y guionistas, que tras arrasar en visualizaciones con los canales correspondientes se llevan su estilo y preocupaciones a otro lado. Y además haciéndolo con bastante éxito, presumiendo de una frescura y desparpajo a la hora de relacionarse con el género que podemos apreciar en cualquier entrevista con Parsons, cuando admite que no se considera cinéfilo y de mala gana admite que sí, sus Backrooms pueden parecerse un poco a El resplandor

Esta ausencia de referentes clásicos en favor de una cultura enciclopédica de los avatares de Internet redunda en visiones inevitablemente novedosas, aun cuando el analog horror y el found footage se mantengan en este contexto como seña habitual. Es el caso de RackaRacka (alias youtuber de los hermanos Danny y Michael Philippou), especialmente de cara a su segunda película, Devuélvemela (2025). También de Kyle Edward Ball en su pieza de terror experimental Skinamarink (2022). O de Chris Stuckmann con La maldición de Shelby Oaks, cuya agitada posproducción, sin embargo, limó buena parte de las extravagancias antes de su estreno este mismo año en cines españoles.

Es igualmente elocuente el caso del youtuber Mark Fishbach (alias Markiplier), que tras empezar echando partidas de Five Nights at Freddy’s acaba de estrenar en EEUU Iron Lung. Por último tenemos a Curry Barker: cineasta que publicó en YouTube su primer largo de terror, Milk & Serial (2024), básicamente como una expansión de su canal that’s a bad idea. Y con el éxito suficiente para que el estudio de terror Blumhouse se interesara por él: así es como tras su estreno en lugares como el Festival de Sitges Obsession, su segundo largometraje, ha tenido que batirse en duelo en la cartelera con la obra de otro youtuber jovencísimo como él.

Kane Parsons, claro. Obsession y Backrooms se estrenaron el pasado mayo en EEUU con dos semanas de diferencia. En España se ha invertido el orden: Backrooms llega el 5 de junio y será más tarde el turno a Obsession el día 26. Ambas han convivido en un fin de semana histórico en la taquilla de EEUU. La película de Parsons se ha convertido en el mejor estreno de la historia de A24 (el estudio independiente de moda) con más de 80 millones en un solo fin de semana y la taquilla va a superar con creces su humilde presupuesto. Por su parte, Obsession ha logrado aumentar su recaudación en su tercer fin de semana —algo que no ocurría con un estreno desde Tiburón—, y apunta a una recaudación final de más de 150 millones de dólares (su presupuesto no llegó ni al millón). Un resultado que deja patente que el terror está otra vez de moda y que Hollywood ha encontrado en los Youtubers una nueva gallina de los huevos de oro.

El triunfo de Backrooms se puede achacar a que el filme ya era viral desde mucho antes de su estreno. Las Backrooms (las trastiendas) componen hoy por hoy el creepypasta más famoso y celebrado de Internet: esto es, un tipo de leyenda urbana que a través de diversas expresiones (audio, imagen, vídeo) y su copia/pega a lo largo de la red ofrece la oportunidad a cualquier persona de contribuir al relato para ir haciéndolo más y más tétrico. Backrooms no sería entonces el primer creepypasta convertido en producción mainstream: en 2018 Slender Man ya tuvo su propia (y muy mediocre) película, y antes de eso la primera temporada de Channel Zero se había basado en otro.

En este sentido YouTube vuelve a ser un lugar central donde desarrollar estos relatos, y así de hecho es como se ha consolidado Backrooms: con una webserie que Parsons empezó a desarrollar en 2022 y llegó a contar con 24 episodios de duración variable durante los tres años siguientes. Antes del filme Parsons ha pulido y agrandado el fenómeno a través de su serie, partiendo de fuentes mínimas a la vez que extremadamente sugerentes: una imagen anónima aparecida a finales de la década pasada, junto a una repentina fiebre de Internet por los espacios liminales.

Terror liminal

En líneas generales entendemos por “espacio liminal” un lugar de tránsito humano que, al aparecer abandonado o vacío, genera una inquietud muy específica. Un centro comercial de madrugada o una escuela infantil en verano serían ejemplos paradigmáticos, que aumentarían la angustia despertada si además registráramos sus imágenes en formatos desfasados: es lo que nos devuelve al analog horror y al enclave noventero de Backrooms. Las Backrooms vendrían a ser un espacio liminal infinito, una dimensión alternativa donde perderse a través de lo que se conoce como no-clipping: término originado de los videojuegos según el cual, por un fallo de diseño, puedes atravesar paredes y obstáculos sólidos. Paredes desde las que ahora, desde nuestra realidad, podemos acceder a otra.

El origen de las Backrooms se localiza entonces en una sencilla imagen publicada en el foro 4chan allá por 2019 junto a un texto amenazador: “Si no vas con cuidado es posible que hagas no-clip y te salgas de la realidad”, empezaba dicho texto. Partiendo de ahí, y de la tenebrosa estancia de color amarillento que acompañaba, Parsons ha realizado la contribución más fructífera posible al creepypasta de las Backrooms, volviendo sobre el found footage analógico para al final recibir el respaldo de A24 y de firmas tan consagradas del cine de terror como Osgood Perkins y James Wan. Ah, y también produce Shawn Levy, que viene de Stranger Things y Deadpool & Lobezno. Backrooms se ha convertido así en un producto industrial.

Es una de las razones de que esté haciendo tanto dinero y de que, en realidad, la película resultante sea bastante menos enigmática o revolucionaria que todo lo que darían a entender las mutaciones descritas. Las Backrooms suponen una creación apabullante, con un potencial infinito para significar: en sus pasillos interminables, en su arbitraria arquitectura, se dan cobijo angustias existenciales que trascienden generaciones. La genialidad inicial de Parsons radicó en explorarlas con el plano subjetivo de una cámara de vídeo que pudiera congregar en su seno buena parte de la esquizofrénica relación de Internet con el pasado. Asustando muchísimo en su empeño. 

La genialidad, en resumen, no pasaba por “explicar” las Backrooms. Aunque su webserie ya lo hiciera más o menos, planteando una posible génesis y la existencia de una organización, Async, dedicada a su estudio. Lo bueno es que la webserie cumplimentaba el lore a través de piezas y materiales desordenados, fragmentos de vídeo que se encomendaban a la creatividad de los espectadores para reconstruirlo todo, con espacio para seguir elucubrando sus propias teorías. Así es como funcionan los creepypastas, a fin de cuentas. Una suerte de código abierto que no encaja con una película comercial, que ha de buscar nuevos públicos y alumbrar posibilidades de franquicia.

Sobre todo, no encaja si se acepta la tutoría de productores famosos y un estudio con una fuerte imagen de marca como es A24. El guion ni siquiera lo ha escrito Parsons (lo firma Will Soodik), y resulta ser lo más débil de la propuesta. En primer lugar, por cómo intenta racionalizar este espacio liminal según el psicologismo y la retórica del trauma, tan habituales en el terror contemporáneo. En segundo lugar, por cómo estos arrebatos explicativos suelen aparecer separados de la exploración de las trastiendas para preservar la genuina capacidad de aterrar de estas, bastante lograda por otra parte.

Esto lleva a la sensación de que Backrooms se integra de episodios de la webserie de Parsons —episodios de fabulosa inventiva, que expanden con fortuna los devaneos psicogeográficos intuidos en las primeras fases del creepypasta—, intercalados con una desagradable argamasa de cháchara y deficiente construcción de personajes. Las interpretaciones de Chiwetel Ejiofor y Renate Reinsve nunca son tan evocadoras como cuando se limitan a deambular por las trastiendas y complementan la sensación de que Backrooms, como película, se está aprovechando de una gramática novedosa para domesticar sus posibilidades expresivas y convertirla en otra cosa. 

Una saga, un Expediente Warren de tantos. Algo que lleva a desear que los youtubers se queden donde están y puedan trabajar su propio lenguaje alejados de Hollywood. Dejando que el misterio se mantenga misterioso, que las Backrooms sigan siendo un angustioso viaje hacia ninguna parte.