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El misterio de Marisol, la mujer que se rebeló para ser Pepa Flores y no una fantasía infantil del franquismo

Javier Zurro

Málaga —

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El franquismo necesitaba crear símbolos para engatusar a la gente, para que olvidaran la falta de libertad, la España en blanco y negro en la que vivían encerrados. Cuando Franco vio a Marisol en 1959 en una actuación de Madrid debió pensar lo mismo que el productor Manuel Goyanes, también presente cuando ella viajó desde su barriada de Málaga a la capital para bailar y cantar con el grupo de Coros y Danzas. Aquella niña pizpireta, de ojos azules y coletas rubias era un torbellino. Nadie podía dejar de mirarla. 

Fue el comienzo de un mito, el de Marisol. También el de una tragedia, la de una niña anulada, explotada y convertida en el icono del franquismo. La historia de Marisol es la historia de España, también en la toma de conciencia que le hizo romper con todo, rebelarse y convertirse en Pepa Flores, la actriz adulta, comprometida, miembro del partido comunista y capaz de donar al partido el dinero de las placas recibidas de Franco en su niñez. Es una historia de empoderamiento y de liberación que termina con Pepa Flores recluida en su casa, sin querer saber nada de un país que la sexualizó, la convirtió en objeto y que hasta difundió unas fotos desnuda sin su consentimiento en una revista. 

La coherencia de aquella decisión quedó patente en la gala de los Goya de 2020, cuando la Academia de Cine decidió premiarla con el Goya de Honor que no acudió a recoger. Muchos pensaron que al ser en su ciudad rompería aquel retiro y entregaría una imagen para la historia. Pero Pepa Flores, porque nada queda de Marisol, dejó claro que sus principios no se rompían ni por aquel premio. Acudieron sus hijas y dieron las gracias emocionadas a su madre. “Hoy solo queremos decirte que desde ese lugar en calma que tanto te ha costado, disfrútalo”, terminó diciendo María Esteve.

Con ese momento comienza el documental Marisol, llámame Pepa, dirigido por Blanca Torres y que se ha convertido en uno de los eventos del Festival de Málaga. Un trabajo que no aporta nada nuevo debido al hermetismo en torno a su retiro, pero que coloca todas las piezas en orden para intentar desentrañar el misterio Marisol, lo que había detrás de aquella sonrisa y aquellas canciones. Con testimonios de escritoras como Marta Sanz y Elvira Lindo, de políticas como Cristina Almeida, artistas como Cristina Hoyos y hasta la hermana de Pepa Flores, el filme muestra desde el feminismo actual cómo aquella niña fue arrancada de su familia y convertida en un producto para vender. Vender películas y vender una imagen del franquismo.

Como lo define Marta Sanz en un momento del documental, Marisol era una “fantasía infantil en el cine entendido como fabrica de sueños en mitad de una pesadilla, la pesadilla del franquismo”. Se hicieron muñecas con su cara, se inventaban entrevistas en su nombre y se creó en torno a ella una narrativa de ascenso social con la que la dictadura lavaba su imagen y creaba el mito de la meritocracia. A través de ella y de sus películas se fortaleció esa imagen de la mujer como sumisa, como ama de casa, como 'señora de'. “Todas las niñas queríamos ser como ella”, dicen varias de las personas que hablan en el filme y dejan claro el éxito de la campaña de marketing realizada por Goyanes y Franco.

De aquella se ha rumoreado mucho. Hay muchas leyendas negras de las que Pepa Flores solo ha dejado atisbar algo de lo que realmente ocurrió. En una serie de entrevistas realizadas en 1973 a José Luis Morales contó como Goyanes la tuvo encerrada una década en su casa, lejos de su familia y “destinada a ser su gran obra”. “En el franquismo robaron mi identidad”, dijo en aquellas publicaciones donde dejó una frase para la posteridad: “No quiero ser Marisol, quiero ser Pepa Flores”.

Pero España no quería que Marisol fuera Pepa Flores. Quería que siguiera siendo una niña que no rechistaba. Cuando se separó del hijo de su productor, Carlos Goyanes, con el que se casó, fue insultada. Aparecieron pintadas de adúltera, de traidora, la llamaron puta. Igual que fue insultada por su posicionamiento claro a favor del Partido Comunista y hasta en contra del PSOE por la traición con la entrada de España en la OTAN. 

Su toma de conciencia política es otro de los centros de este filme. Muchos dicen que fue fruto de su relación con Antonio Gades, en una nueva muestra de que a Pepa Flores no se le reconocía una autonomía propia. Según el relato oficial ella siempre estaba movida por un hombre. En esta ocasión su pareja, el bailarín con el que convivió décadas, padre de sus tres hijas. Ambos se casaron en Cuba con Fidel Castro como padrino en una imagen que, cómo no, fue muy criticada. Pero Pepa Flores ya no se callaba ni se achantaba. Lejos quedaban los tiempos del franquismo. “Olvidaos de Marisol, pertenezco al pueblo y soy del pueblo”, dijo en una ocasión. La coherencia de Pepa Flores llegó cuando, como ella misma expresó, recuperó el “orgullo de clase” que habían intentado que desapareciera convirtiéndola en una estrella infantil. 

Una vida llena de traiciones -también en forma de las infidelidades de Gades-, de golpes bajos, como la publicación de una portada de Interviú donde su desnudo se vendió como histórico y el reflejo de una sociedad que se modernizaba, pero que escondía lo mismo de siempre, la hipocresía y la utilización del cuerpo de la mujer como reclamo comercial. Unas fotos que ella nunca aprobó, y que como cuenta en el documental el fotógrafo que las tomó, César Lucas, se las compró Antonio Asensio con una máxima a la que poco hay que añadir: “Esa foto la voy a publicar me pase lo que me pase”. 

Pepa Flores no solo tuvo que enfrentarse a encontrarse su cuerpo desnudo en los kioskos, como relata su hermana, sino a leer a los columnistas del momento como Cebrián o Marsé, escribiendo comentarios machistas en los medios de comunicación más importantes de momento. “Aquellos glúteos de niña malcriada paralizaron la democracia”, escribió Umbral sin que nadie le afeara el comentario. Marisol se convirtió en Pepa a palos, y decidió que prefería vivir en su casa, con su coherencia y su puño en alto sin que nadie la molestara. 

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