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Crítica

Zendaya y Robert Pattinson lideran 'El drama', una estupenda comedia sobre el incómodo laberinto de las apariencias

28 de mayo de 2026 21:54 h

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Existe el riesgo de hacer sociología barata así que mejor proceder con cautela: da la sensación estos días de que la gente se casa más. O de que, desde luego, lo hace más espectacularmente. Esto último es clave y serviría para alejarse preventivamente de posibles discursos en torno a ese gran repliegue conservador: el hipotético incremento de las bodas estaría relacionado con fenómenos como la moda de la religión o las tradwives solo en la medida de compartir paisaje. Las redes sociales, vaya, quintaesencial teatro de vanidades donde influencers y artistas pop convierten sus enlaces en grandes eventos que acaparan nuestra atención toda vez que forjan un relato aspiracional.

Esta percepción de espectacularidad generalizada y extravagante despliegue de medios es la que reforzaría una idea —el repentino gusto más o menos compartido entre millenials y Gen Z por el casorio— que tampoco precisa del apoyo de cifras estadísticas o inversiones monetarias para asentarse y fructificar. Lo que importa es lo que se ve, lo que vemos. Y esta noción encaja con la propia celebración del matrimonio, ahora y siempre. Una boda no es nada sin sus testigos ni sus invitados. Para que una boda sea una boda precisa que alguien esté mirando y admire una serie de valores. La riqueza y el buen gusto, claro. Si acaso, por qué no, el amor compartido.

Al margen de lo que se quiera enfatizar —una película reciente y ferozmente sintomática hasta en sus fracasos como es Materialistas se preocupaba mucho de la cuestión económica—, toca asumir que en la celebración ritual del matrimonio hay un ingrediente insoslayable de exhibición. De performance, básicamente. Bien al comienzo de El drama el personaje de Zendaya, llamado Emma, expresa su frustración con la coreografía que está aprendiendo junto a su prometido, Charlie (Robert Pattinson), de cara al próximo baile nupcial. Se queja de que es “demasiado performativa”. A lo que su profesora, acertadamente, replica que una boda es “algo performativo por naturaleza”.

Así que ni siquiera hay que echarle la culpa a las redes sociales. Estas solo habrían intensificado actitudes que, más que culturales, se antojan atávicas. Como agente intensificador aún así son jugosísimas, de ahí que el director noruego Kristoffer Borgli haya recurrido esporádicamente a ellas —o, al menos, a su invasiva impronta— para desarrollar sus propuestas narrativas. Las preocupaciones de Borgli no son especialmente originales —se limitan a hurgar la brecha entre quiénes somos nosotros y cómo nos presentamos en el mundo— pero sí hay que reconocerle una saludable intuición a la hora de utilizar escenarios donde estas puedan estallar de forma especialmente reveladora. Escenarios como la boda que centra el argumento de El drama.

La boda como imagen de felicidad y virtud

El punto fuerte de Borgli como narrador vendría a ser, por otro lado, que nunca ha aceptado una dialéctica cómoda del adentro y del afuera. Para él no existe tal cosa como un “yo” primigenio, al margen del tejido social, pues este está incrustado en nuestra identidad y es condición de posibilidad para cualquier autoconsciencia. No sabemos dónde empieza la mirada de los demás y dónde acaba la nuestra, y es en esta delicada intersección donde nacen las neurosis. También las películas de Borgli, a quien David Ehrlich ha descrito con mucha gracia como “un Lars von Trier amigable”.

Tras debutar en su país natal con Drib —un falso documental de ingentes capas metalingüísticas— Borgli dio que hablar sobre todo en 2022 con Sick of Myself: comedia de título magníficamente ilustrativo centrada en un personaje capaz de hacer cualquier cosa por el caso ajeno que dispensan las redes. Los personajes de Borgli no tienen posibilidad de existir si nadie les mira y esto es algo que se ha llevado consigo al desembarcar en Hollywood, donde ya ha podido dirigir dos películas más. Ambas producidas por A24 y Ari Aster: otro cineasta de estridente psicologismo que tras tantear el cine de terror descubrió que era en la sátira donde mejor encajaban sus propuestas.

Así que debe haber una afinidad tácita entre el director de Midsommar y Borgli, si bien este tiene la ventaja de no haber variado el rumbo: de haber fijado la comedia como campo estable de pruebas y haber trabajado concienzudamente desde ahí. No es que, por lo demás, el traslado a Hollywood haya sido enteramente positivo: tanto El drama como Dream Scenario —el filme anterior que dirigió, con Nicolas Cage de protagonista— echan en falta la sencilla contundencia de Sick of Myself, al haber sucumbido a la tentación tan estadounidense de aplanar debates universales bajo la capa de un presente caprichoso, y coquetear con postulados cercanos a la así llamada “cancelación”.

Por suerte, Borgli es lo bastante inteligente como para que la cosa no pierda gracia. El director noruego entiende la cultura de la cancelación como una consecuencia, ingrata a la vez que inevitable, de la necesidad de mantener una imagen virtuosa tras haber acaparado cierto capital (social o del otro). Es una necesidad que la hipervigilancia asociada al perfil digital transforma en bomba de relojería y es lo que nos lleva sucintamente a El drama: el conflicto de la película estalla cuando pocos días antes de la boda Emma desvela un secreto de su pasado que lo pone todo patas arriba. La confidencia no solo se la ha hecho a su prometido, sino que además estaban delante dos amigos de la pareja cuya reacción escandalizada determina todo lo que ocurre a partir de entonces.

Una vez Emma desvela este secreto, la apariencia de virtud queda desbaratada y pone en cuestión todo lo que en teoría venía a refrendar la boda: el color blanco e inmaculado trascendiendo lo mucho que se quieren y confían entre sí los cónyuges, en paralelo a las virtudes morales que cada uno por separado posee como remanente de un ideal de sociedad que está triunfando, prosperando y fluyendo como debe en el momento del enlace. Pero una vez Emma desvela el secreto ya no hay opción de una pareja consuetudinariamente feliz. Si ese secreto se va extendiendo (y se extenderá) nadie tendrá ganas de tirar arroz o gritar “vivan los novios”. La boda será un fracaso. Un drama.

De la tragedia europea al humor bufo

El drama es, ante todo, una comedia graciosísima cuyo centro gravitatorio resulta ser un único chiste: el correspondiente a cuando en un descuido Emma cuenta su secreto, y durante el resto del metraje tanto ella como su pareja y amigos han de lidiar con ello. Así que es preferible no desvelar cuál es ese secreto por aquí, tanto como reconocer el ingenio de Borgli al aprovechar su condición de forastero —reflejada en la ascendencia británica del personaje de Pattinson— para atentar contra todo un trauma cultural de EEUU. Algo que ha de convertir al personaje de Zendaya en un tabú andante, precipitando los equívocos y una ominosa incomodidad que no deja de crecer.

El modo en que Borgli calibra esta espiral de la desazón —un crescendo del patetismo que estallará, evidentemente, durante la celebración de la boda— constituye asimismo otro de los logros de la película. No tanto por el brillo de los gags, como por la gramática que el noruego conjura alrededor. El drama pertenece a esa rara categoría de comedias chispeantes que desarrollan una puesta en escena propia para blindar su propuesta humorística. Es, desde luego, algo que Borgli lleva ensayando desde sus primeros trabajos, pero en El drama alcanza una suerte de cima expresiva.

El guion de Borgli se crece en las réplicas inoportunas y los silencios incómodos, a la vez que en un montaje fragmentado que entrecorta y dispersa el impacto de los gags. Dicho montaje es pródigo en secuencias de varias líneas temporales alternas y sobre todo en cortes abruptos, dando la felicísima impresión de que El drama quiere mezclar el cine social europeo (o ya puestos el cine de la crueldad nórdico) con el ritmo de los chistes de un capítulo de Padre de familia. Tal es la apuesta de Borgli y es una que logra mantener a flote durante la integridad del bien medido metraje de la película, sin que la propuesta se le llegue nunca a descontrolar como sucedía en Dream Scenario.

Lo cierto es que El drama es una película muy bien escrita, capaz de agitar y aterrizar todas sus ideas sin mucho problema. Ocasionalmente sufre de alguna desmesura, eso sí, como en todo lo que refiere a Pattinson: si bien es muy de celebrar el giro cómico de esta fase reciente de su carrera —en la Mickey 17 de Bong Joon-ho estaba apoteósico—, a veces su personaje parece demasiado pasado de rosca, y favorece ciertos devaneos del tercer acto algo excesivos. Pero por lo general es un filme estupendo cuya sátira está inmejorablemente armada, en un consistente grado de lucidez que incide a cada ángulo de la ficción sin que las convicciones manejadas lleguen a perder el norte.

Es otra forma de decir que, al igual que sus atribulados personajes, El drama es una película extremadamente consciente de sí misma. Demasiado consciente, en realidad. Demasiado calculada, pulida, corregida, habiéndose anticipado a casi cualquier posible reproche que se le pudiera formular y, por todo ello, siendo finalmente un trabajo carente de misterio. 

Lo que en sí mismo no es un defecto exactamente, o no lo es hasta que llegado un momento Borgli pretende defender la necesidad de un horizonte genuino e incalculable de afectos, auténticamente honesto, que logre brillar a través de alguna rendija de este claustrofóbico laberinto de apariencias. El drama no parece creer demasiado en que esa rendija exista, o no parece creerlo sin que se den algunas condiciones ominosas. Así que en este sentido vuelve a ser un retrato impecable de todo lo que implica casarse preocupándote de lo que piensan los demás. Es decir, de todo lo que implica casarse.