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ANÁLISIS

La cultura española, por fin sin caspa

25 de mayo de 2026 23:17 h

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La mitificación del pasado cultural es una patología común entre las élites intelectuales, y las nuestras no escapan a esa propensión, pero caen de cuatro patas cuando se trata de hablar de la Transición. Ahí se concitan todos los demonios contra el presente porque aquel pasado, ay, aquel pasado sí era de verdad exuberante, dialogante, pacífico, exigente y perdurable. En realidad, los protagonistas de la Transición no lo veían nada claro, o más bien muy oscuro, cuando la vivieron en directo: consideraban que la cultura española posfranquista entraba en una barrena abismal, incapaz de generar nada de valor, ensimismada, noqueada, estéril e impotente. Eso vale cuando menos para la cultura literaria, la novela, la poesía, etc., como si Eduardo Mendoza o Ángel González, Carmen Martín Gaite, Jaime Gil de Biedma, Juan Benet o Juan Marsé, no estuviesen por entonces escribiendo cosas que están vivísimas hoy mismo y que se habían desprendido sin miedo ni pesar de los restos de las sotanas y las casacas militares. Pero la percepción de la élite cultural era esa, desencantada porque la muerte del generalísimo Franco no había sido capaz de cuajar todavía en una producción cultural a la altura del ensueño, la expectativa o la ilusión del antifranquismo. Eran diagnósticos ampliamente compartidos por quienes llegaban a la fábrica de la democracia en la plenitud de su madurez, entre los cuarenta y los cincuenta, y a lo mejor ese es un factor clave para entender su desánimo.

A lo mejor es que la expresión cultural de la democracia se iba a dejar ver mejor en otros formatos, en otras artes por inventar (como la calidad destacadísima de muchas de las series españolas recientes) y quizá incluso segregada o imaginada por quienes no tenían memoria franquista o eran tan jóvenes en los setenta y ochenta que nada los ataba a la mugre castrense y eclesiástica (pero quizá tampoco a la disciplina comunista ni a los arrebatos revolucionarios). Las radios españolas y las calles de capitales y pueblos iban a poblarse en seguida de una banda sonora de grupos con nombres exóticos, letras provocadoras, surfeos con las drogas, acidez variable y mucho humor, no solo blanco o inocuo. Estaban dando su propia batalla sin mirar en ningún caso al pasado y hasta huyendo a toda velocidad de cualquier sombra o alusión a la tenebrosa dictadura: a unos les gustaría gritar cantando con el grupo No me pises que llevo chanclas y a otros con la languidez de Héroes del silencio, o enternecerse con Coque Malla o pringarse con el maquillaje de Alaska o con el rockabilly sentimental de Loquillo. Tampoco callaban voces rotas o casi rotas como la de Joaquín Sabina, o las que venían de algo más atrás, como Joan Manuel Serrat o Jaume Sisa o Miguel Ríos, y algunos han saltado directamente a El Último de la Fila o a los Estopa.

Pero lo que nadie dejó de ver fue el rojo pasión de las películas de Pedro Almodóvar, de colores saturadísimos, aunque el origen de todo estuviese en la pura y fría desolación de Carmen Maura, estampándole benditamente a su marido una pata mondada de jamón en ‘¿Qué he hecho yo para merecer esto?’. En las primeras películas hasta ‘Mujeres al borde de un ataque de nervios’ es imposible no ver el resplandor feliz de una cosa nueva que late, que vibra, que divierte y que casi parece ir por delante de la mayoría de la sociedad española: todo está lleno de mujeres, de homosexuales, de consumidores compulsivos u ocasionales de drogas y hasta de enamorados perdidos como Antonio Banderas (aunque es lógico que lo estuviese de Victoria Abril en ‘Átame’, como su propio nombre indica). Es verdad que hoy sigue existiendo ese culto hipersensible a ‘Arrebato’ (Iván Zulueta), que no fue más que un experimento o síntoma de época, pero no exactamente la mejor película de los últimos 50 años según creen tantos.

Lo innegable es que hasta los más viejos del lugar, pero también los jóvenes, tienen identificado como propio un ‘starsystem’ español de popularidad y autoridad artística, y en ese cuadro estelar están muchos de los nombres mayores y más internacionales de un cine que ha hecho grandes cabriolas felices y caídas ternuristas o toscas, sí, pero que ha contado con la más absoluta actriz de nuestra historia, Penélope Cruz, y su gigante pareja, Javier Bardem. De ambos las retinas sentimentales de la ciudadanía retendrán decenas de instantes icónicos: desde que eran niños en ‘Jamón, jamón’, de Bigas Luna, hasta que están a punto de ser padres de familia y a ellos se acerca apaciblemente Woody Allen para hacer una película menor. Pero la rotundidad de la escena de Bardem en ‘Antes que anochezca’ haciendo de Reinaldo Arenas, en ‘Los lunes al sol’ haciendo de parado o en ‘El buen patrón’ haciendo de tarado, está a la altura, aunque sea tan diferente, de la inaudita plasticidad de Penélope Cruz en manos de Almodóvar con papeles insuperables (siempre).

No se acuerda ya nadie, pero medio siglo da para mucho, y dio también para adaptar al cine y a la televisión magníficamente algunos títulos mayores de la novela española, y esas adaptaciones las vimos todos, quizá más niños y quizá menos, pero las vimos con resultados tan extraordinarios como ‘Los santos inocentes’, de Mario Camus, o las ‘Cañas y barro’ que adaptaba la novela de Blasco Ibáñez con una turbadora presencia liberadora de mujeres protagonistas. Aunque quizá ninguna como ‘La Regenta’, que encarnó Aitana Sánchez-Gijón, y entre ellas estuvo ‘El Quijote’, en una magnífica adaptación de Manuel Gutiérrez Aragón; u otro deslumbrante experimento como el que legó a la posteridad Pilar Miró muy poco antes de morir en 1997: ‘El perro del hortelano’, de Lope de Vega, con dos arrebatadores Emma Suárez y Carmelo Gómez.

Cero caspa, cero gualdrapa, cero sacristía, pese a quedar todo en casa: españoles adaptando cosas de españoles. Pero parecen otros, nacidos de otro tiempo, encauzados con otros raíles, hechos de otra pasta, y esa es seguramente parte de la ruta que explica que la era de las series haya pillado a España en un punto óptimo para que nuevas cabezas, más jóvenes todavía, y más libres de prejuicios y más atrevidas se hayan puesto a fabular a su aire, y muy destacadamente la impagable ‘La Mesías’ de Los Javis (¡o ‘La Veneno’!) como intrusión sin secretos en el mundo de la fe sectaria. Pero hubo muchas más series antes, y no todas nacidas del talento de Álex Pina (‘La casa de papel’): la creatividad y la intencionalidad hasta política de ‘El Ministerio del tiempo’ siguen sin haber sido superadas como serie de la televisión pública, y por supuesto ahí sigue ‘La casa de papel’ como el mayor éxito global de una producción española que supo entremeter en una trama de robos el sujeto colectivo sublevado en las calles del 15-M. Vale, hay más, muchas más y muy buenas, como ‘Arde Madrid’ en manos de Paco León, o ‘El Apagón’, de varios directores, entre ellos, Rodrigo Sorogoyen, el mismo de la corrosiva ‘Antidisturbios’, o como la malvada ‘Vida perfecta’, de Leticia Dolera, o ‘Esto no es Suecia’ (como podría decir Finlandia), de Aina Clotet y Mar Coll, o tan raras como ‘Autodefensa’, de Belén Barenys y Berta Prieto, o la insoportable naturalidad de ‘Querer’ de Alauda Ruiz de Azúa (con Eduard Sola como su impecable coguionista, como lo fue de ‘Casa en flames’ y su impresionante Emma Vilarasau).

Ese ha sido parte del regalo central e irreversible de medio siglo de cultura en España: ellas, muchas, se han puesto a contar y a hacerlo en cualquier formato, con imágenes, con voces como las de Rosalía, Rozalén o Silvia Pérez Cruz, o por escrito, como está haciendo en literatura una escuadra desatada e imprevisible, con nombres muy jóvenes como Cristina Araújo o Sara Barquinero. La personalidad de Isabel Coixet es tan magnética en ‘Mi vida sin mí’ como felizmente desinhibida en la serie ‘Foody Love’, mientras el coraje restalla en la estremecida ‘Tres días con la familia’, de Marc Coll, y Carla Simón da su mejor voz en ‘Estiu 1993’.

Quizá ha sido la opulencia creciente de las películas de Alejandro Amenábar lo que ha ido dejando atrás la veracidad y el imán moral que había en ‘Tesis’ o ‘Mar adentro’, mientras está tan viva como el primer día ‘Belle Époque’, de Fernando Trueba, tan aviesamente inocente, o la docuficción de David Trueba sobre Jorge Sanz. Ya no son nombres desconocidos ni una nueva hornada de actores, aunque algunos lo sean –Luis Tosar, Sergi López, Candela Peña, Luis Zahera, Antonio de la Torre, Patricia López Arnaiz, Marta Etura, Quim Gutiérrez, Úrsula Corberó, etc.–, ni una nueva tanda de directores, no siempre vinculados al afortunado paso de muchos de ellos por la Escac: Alberto Rodríguez y ‘La isla mínima’, Daniel Sánchez Arévalo y ‘Azul oscuro casi negro’ o ‘El bola’ de Achero Mañas; pero pocas películas llevan encima el poder hipnótico de Albert Serra y sus impactantes ‘Tardes de soledad’, o el aire de Cesc Gay y su burla mate de las aprensiones de la clase media.

Una clase intelectual carbonizada

Por fortuna ya no hay clase intelectual mandarina (que viene de mandarín) ni existe nada parecido a eso: lo ha mandado del todo a paseo la horizontalidad compulsiva de las redes sociales y la ultrarrapidez de la opinión y el sartenazo digital. Pero eso existió durante al menos las tres décadas finales del siglo XX, y entre nosotros había jerarquías ejecutivas que pasaban casi siempre por el diario El País. Eso también se acabó, por supuesto, pero, ¿os imagináis que tuviésemos que seguir escuchando, viendo y leyendo a las autoridades intelectuales del último tercio del siglo tipo Julián Marías, Camilo José Cela o Pedro Laín Entralgo, todo el día congestionados con la angustia del ser de España?

Es verdad que a algunos de los nuevos autores de por entonces, joviales, hedonistas y explosivos, se les ha ido poniendo con el tiempo cara de congestión moral al estilo de los otros, pero al menos durante décadas fueron auténticas lluvias torrenciales de ideas, desplantes, desvelamientos y arbitrariedades felices. No tuvieron siempre el amarillismo que los tiñe hoy Fernando Savater o Félix de Azúa, y algunos otros se murieron antes de tener tiempo de amarillear, como uno de los sabios de la tribu, Rafael Sánchez Ferlosio. Pero nadie debería dejar de meterse en el cuerpo (o poniendo el cuerpo, o como haya que decirlo), algunos libros formidables de estos autores hoy tan reaccionarios, pero que fueron de lo mejor que dio de sí durante décadas el pensamiento en España. Y eso fue mucho, y por ahí entran las abreviaturas escépticas y radicales que reservó Ferlosio para su libro ‘Vendrán más años malos y nos harán más ciegos’ (acertó en todo menos en la profecía histórica), o la pionera meditación sobre el cine de Eugenio Trías en ‘Lo bello y lo siniestro’, o la irresistible inteligencia irónica de Savater en ‘La infancia recuperada’, en la valiente ‘La tarea del héroe’, o en las intermitencias de un ‘Diccionario de filosofía’ que no tiene nada de diccionario, pero sí de literatura fecunda y adictiva como las mejores breverías de TikTok.

¿Mujeres? ¿Dónde están las mujeres que piensan? Claro que las había, pero eran pocas y con menos impacto público que hoy: estuvieron ahí Victoria Camps y Adela Cortina, y estuvo también María Zambrano aún para disfrutar de algunos años de democracia, pero no fueron muchas. Ha habido que esperar a escucharlas sueltas, libres, cuajadas y desprejuiciadas a los albores del siglo XXI, y es entonces cuando han ido rumiando en público y en voz alta voces como Remedios Zafra, Marina Garcés, Marta Peirano, Clara Serra o Elisabeth Duval, sin que callase nunca Maruja Torres o explotase por cuenta de su ‘Olvidado rey Gudú’ la gran Ana María Matute.

Era mujer también quien mejor habló de qué nos pasa cuando leemos novelas y por qué nos arrebata que nos cuenten historias: fue Carmen Martín Gaite en un libro escrito durante casi toda la vida, y hecho de la enhebración de su propia biografía de lectora, de escritora y de mujer, ‘El cuento de nunca acabar’, aunque hemos ido descubriendo que el cuento sí se acaba. Y esa mezcla tan rara y tan suya de confidencia, reflexión, apunte y exploración me trae a la memoria la proliferación por primera vez masiva en nuestras letras de obras dispuestas a contar la vida propia con una veracidad a veces abrumadora, como la que usó Juan Goytisolo en los ochenta para su ‘Coto vedado’ y ‘Los reinos de taifas’, o como la a veces azorantes que empleó Carlos Castilla del Pino un poco después en otro tomo como ‘Pretérifo imperfecto’: gente que intentó contar su biografía mintiendo lo menos posible, como hizo también un hombre orquesta del espectáculo mediático, Terenci Moix, y también memorialista valioso en ‘El peso de la paja’; o como hizo un actor de lujo y director, Adolfo Marsillach.

Hasta se habilitó, y ahí sigue, la ruta esquiva y difícil del diario/dietario de escritor, con el ejemplo de un extraordinario pionero, Pere Gimferrer, y la reinvención del género que empujó durante muchos años Francisco Umbral con unas cuantas obras maestras (de ‘La noche que llegué al café Gijón’ o ‘Diario de un escritor burgués’ a ‘Un ser de lejanías’), secundaron Miguel Sánchez-Ostiz, ácido, compulsivo, temerario, o Antonio Martínez Sarrión, tan intencionadamente esquinado y exigente, y estabilizó en una suerte de portaviones un miembro actual de la cofradía del sufrimiento español, Andrés Trapiello. Nada de ese sufrir patriótico lacerante de hoy está en los innumerables tomos de una obra gigante –y burlona, y chismosa, y lírica y valiente– como la serie de sus diarios titulada ‘Salón de pasos perdidos’.

La novela se hizo mestiza

La única añoranza que puede ser medio legítima sobre el pasado tiene que ver con la aclimatación española de la excepcional narrativa nacida en América Latina, y esa fue la experiencia literaria más poderosa del tránsito entre la dictadura y la democracia. A nadie se le escurría entre los dedos una novela de García Márquez o unos cuentos de Julio Cortázar, un experimento humorístico de Alfredo Bryce Echenique o una narración queer de Manuel Puig –sin saber que era queer– ni un gigantesco juego de palabras de Guillermo Cabrera Infante ni la infinita piedad que inspiran los diarios de Julio Ramón Ribeyro. Ni por supuesto ninguna de las grandes novelas de Mario Vargas Llosa, a despecho de que muchos de sus lectores identificasen en sus novelas una izquierda que contradecía a rajatabla su articulismo de derechas, y entonces les explotara la cabeza.

Todo eso estaba, estuvo (está) en las librerías y en las tablets a la vez que brotaba un ecosistema editorial y literario (Anagrama, Tusquets, Alfaguara, Seix Barral, y más tarde Asteroide, Periférica, etc.), capaz de inventarse lectores para nuevos autores que apenas sonaban a nadie, pero fueron cuajando hasta hoy como testigos veraces de un tiempo nuevo. La densidad emocional y moral de Antonio Muñoz Molina era distinta de la elevación especulativa de Javier Marías o de la ansiedad analítica de Álvaro Pombo, y apenas nada tenían que ver la metaliteratura autoficticia de Enrique Vila-Matas o las averiguaciones de Ignacio Martínez de Pisón con la frescura primero y la reconstrucción histórica después de Almudena Grandes, o el impulso de denuncia que empuja a Elvira Lindo, Belén Gopegui y Marta Sanz, y que anidó también en Rafael Chirbes (para mí el mejor está en ‘La buena letra’ o ‘Los dominios del lobo’). E igual que habían habitado entre nosotros algunos de los nombres mayores americanos, lo hicieron también sus herederos, en una curiosa repetición en diferido y diferente del fenómeno, y por aquí anduvieron durante años, y regresan a menudo, nombres mayores de las letras en español como el muy tempranamente desaparecido Roberto Bolaño, Cristina Peri Rossi, Héctor Abad Faciolince, Juan Gabriel Vásquez, Jordi Soler, Sergio Ramírez o Gioconda Belli.

Algunos podían vender mucho y salir a hombros de las portadas del Babelia, pero ninguno o casi ninguno pudo hacerlo como la continuidad de la buena literatura comercial, y nadie la ha hecho mejor que otro fallecido prematuro como Carlos Ruiz Zafón o como Arturo Pérez-Reverte, con variación histórica o sin ella, y una larga lista de autoras de megaéxitos comerciales que hablan de lo que lee la inmensa mayoría de la gente, no siempre literatura de calidad incontestable, por decirlo así, como María Dueñas, Julia Navarro, Elisabeth Benavent o la derivación española de ‘Cincuenta sombras de Grey’, Megan Maxwell (aunque la firma parezca extranjera, es española, y vende centenares de miles de ejemplares).

España tuvo por suerte también su versión de la literatura concentracionaria bajo la firma de Jorge Semprún (aunque sus libros los escribiese casi siempre en francés), como tuvo una industria literaria unipersonal detrás del nombre de Manuel Vázquez Montalbán para reinventar la novela de detectives y exportar el modelo de Carvalho, de la misma manera que la democracia ha vivido casi sin darse cuenta la expansión estatal de literatura escrita en catalán, en euskera o en gallego, y por eso resultan familiares novelistas tan obvios como Bernardo Atxaga, como Manuel Rivas o como Carme Riera, Quim Monzó y Sergi Pàmies. Aunque sea amigo hace cuarenta años, nada impide identificar en la publicación en 2001 de ‘Soldados de Salamina’, de Javier Cercas, el origen de una inflexión genuina en la novela contemporánea española e internacional. Se metía a sí mismo en el libro sin ser él mismo, y casi todo el mundo creyó que era él sin ser él del todo, y de ahí salió el empuje para retar a la novela a buscar el mismo efecto de la ficción con libros que no llevaban ficción, y eso hizo en obras maestras como ‘Anatomía de un instante’ o ‘El impostor’.

A la cultura en España la democracia le sentó de miedo. Sin esas sacudidas en todos los ámbitos (y muchos que ni he mencionado, como la estrafalaria genialidad de Miquel Barceló, como la contenida lírica de Joan Margarit y de Luis García Montero, como el aplomo de la escultura de Cristina Iglesias, como la aventura interrumpida del arquitecto Enric Miralles o la atrevida imaginación estética de Manuel Borja-Vilell), el estallido prolongado en el siglo XXI en el que andamos hubiera sido más difícil o simplemente imposible: una segunda Edad de Plata de la cultura española, diría sin demasiados remilgos.