Es fácil idealizar a quien ya no está, aún más si murió joven, de forma trágica (aunque, ¿acaso se puede morir joven sin que eso suponga una tragedia?). Llamar a un asesinato tragedia, de todos modos, quizá sea un eufemismo, un escurrir el bulto. Y no. A ella la mataron a conciencia: un tiro en la cabeza, junto a su amigo Karl Liebknecht, asesinado a su vez. Arrojaron el cuerpo de ella al río, de donde emergió casi seis meses después. Su vida terminó el 15 de enero de 1919. Tenía 47 años, y se había pasado una parte de ellos en la cárcel. Aun así, su ánimo, su motor interno, nunca se amilanó.
Nacida como Rozalia Luksenburg en una familia polaca de origen judío, el mundo la conoce como Rosa Luxemburgo (ZamoÅÄ, 1871-Berlín, 1919). Porque, esto también suele ocurrir cuando se muere joven, se convirtió en un mito, una inspiración para sus coetáneos y para las siguientes generaciones. En realidad, lo sería, habría podido serlo, incluso de no haber muerto de un disparo a sangre fría. En su existencia, que bien puede describirse con esa expresión tan manida de “breve pero intensa”, hizo méritos más que suficientes para que su legado, el fruto de su mente, tuviera un recorrido más largo, y menos frágil, menos vulnerable a la represión humana, que su cuerpo.
Las ideas siempre persisten, por mucho que a lo largo de los años se enfrenten en algún momento a la censura o a la incomprensión. Tarde o temprano, cuando al otro lado hay alguien con predisposición para escuchar, renacen, con un sentido que adquiere matices nuevos que no dejan de comunicar algo nutritivo al receptor. Esa es la esencia de todo clásico: nutrir la mente con alimento que avive el apetito intelectual, que salpimiente la conversación e invite a ponerse otras gafas, aunque puedan resultar incómodas; a veces es necesario cambiar de perspectiva para observar la realidad desde un ángulo menos sesgado, para darse cuenta de hasta qué punto los prejuicios pueden llevar al amodorramiento mental, a la inacción colectiva.
Y cuando el pensamiento se transmite de generación en generación (o saltándose alguna que otra por el camino), cuando la letra llega más lejos que la voz, el autor se convierte en mito. Esto también es muy típico de quienes mueren jóvenes: enaltecer su aportación y atribuirles más méritos que a alguien con una formación análoga, pero que sigue vivito y coleando. De hecho, es posible que al muerto, en vida, se le despreciara. Por juventud, o, para ser exactos, por molesto. La juventud, cuando no se calla, molesta. La juventud, cuando hace ruido, molesta. La juventud, cuando contribuye con respuestas arriesgadas, molesta. Esa juventud irredenta es la única digna de llamarse juventud.
Rosa Luxemburgo tuvo claro enseguida cómo encarrilaría sus pasos: a los quince años se alistó al Partido del Proletariado Polaco (más tarde fundó el Partido Socialdemócrata del Reino de Polonia junto a su compañero Leo Jogiches). Siendo todavía estudiante en la Universidad de Zúrich –una estudiante con vocación polímata: se formó en Filosofía, Historia, Política, Matemáticas y Economía–, se involucró en los movimientos en pro de la revolución socialista –tal como se entendía el socialismo en aquel contexto, es decir, en el marco del marxismo, con una fuerte oposición al capitalismo y mucha vinculación al movimiento obrero– y se codeó con otros exponentes de este colectivo ideológico.
Se acostumbró a actuar en la clandestinidad, consciente de ser una rémora para el poder del entonces Imperio ruso. Desde muy joven publicó sus análisis del movimiento en los periódicos izquierdistas más importantes de la época: se conservan misivas de 1896 en las que ofrece textos a Die Neue Zeit, el semanario de cabecera de la socialdemocracia alemana. Con estas se abre, a propósito, el recopilatorio Cartas de la prisión, una obra que Renacimiento recupera porque “Rosa Luxemburgo aún nos interpela con su alegría radical, su ética insobornable y su defensa feroz de la libertad”.
En contra de lo que sugiere el título, no todas las cartas reunidas se escribieron desde la cárcel; en realidad, el volumen recoge la correspondencia dirigida a sus amigos entre el año 1896 y 1918, unos meses antes de su muerte. Puede leerse como una autobiografía (¿involuntaria?); también como una cronología del movimiento socialista en el Este de Europa en un periodo convulso. Porque, aunque corta y en parte confinada, la existencia de Rosa Luxemburgo dio mucho de sí. Quizá porque de niña pasó un año encamada, como consecuencia una tuberculosis ósea mal diagnosticada, aprendió rápido el valor del tiempo y trabajó con tesón para no desperdiciarlo.
De aquel tratamiento médico le quedó una cojera, una discapacidad de por vida que, sin embargo, le permitió “aprender a leer y a escribir y, sobre todo, a desarrollar una gran autodisciplina y determinación”. Los pies podían rezagarla, pero su mente era rauda y se adelantaba a los demás. Tenía amigos que iban más allá de los camaradas de lucha: el libro se divide en dos bloques, uno dirigido al matrimonio de Karl y Luise Kautsky, y otro a Sonia Liebknecht. En las cartas, organizadas en diferentes etapas que siguen el curso de los acontecimientos, se revela tanto su compromiso político como la amistad que la une a ellos.
Las cartas son quizá el documento que permite conocer mejor a alguien, por cuanto no revisten el egocentrismo ni la parcialidad de unas memorias y, en cambio, dan cuenta de las relaciones, de cómo el susodicho trataba a los demás y cómo estos respondían, con la inmediatez del momento; al fin y al cabo, lo que importa de nuestro paso por la tierra es la huella que dejamos, en las personas y en la obra, no el relato personal que uno se cuenta a sí mismo. Con Rosa Luxemburgo, las biografías pueden sonar a panegírico, pero al leerla en esta faceta tan personal se comprueba que no carecen de fundamento: era una luchadora infatigable, sí; tenía una mente brillante, sin duda; y, lo más revelador de estas misivas, también sabía ser afectuosa, ligera y hasta divertida cuando tocaba. Sabía ser, eso es, una amiga.
“La vida juega conmigo a un eterno escondite. Siempre me parece que no está en mí, ni donde yo estoy, sino en algún sitio lejano”, reflexiona durante su primera encarcelación, en 1904. Desde la prisión, trata de tranquilizar a sus amigos, que se preocupan por ella: se interesa por lo que acontece en el exterior (“me parece que el mundo anda un poco desquiciado desde que yo no estoy ahí”) y trabaja, ni que sea con el pensamiento, en sus futuros escritos. En la quietud, los sentidos y la memoria se potencian: de pronto evoca un poema o encuentra el sosiego en la observación a través de la ventana, en la escucha atenta de lo que ocurre al otro lado. Es diestra para contar este tipo de experiencias; no solo de política y revolución se alimenta una activista.
Es madura, también, con esa madurez de quien ha aprendido a vivir en armonía con el entorno, a apreciar el amanecer, sus colores y sus sonidos como un instante preciado, a entender que la “verdadera vida” no es tanto un estado como una búsqueda, una actitud en el habitar el mundo: “Antes, yo creía firmemente que la ‘vida’, la ‘verdadera’ vida, estaba en algún sitio apartado, no sabía dónde, lejos, del otro lado de los tejados. Desde entonces, no he cejado de buscarla. Pero no logro alcanzarla, pues siempre se esconde detrás de algún nuevo tejado”. Quizá porque nunca se da por satisfecha, su búsqueda, su sed intelectual, su compromiso político, no terminan ni descansan nunca.
En Varsovia, durante la primera revolución, narra la feroz violencia policial, que no obstante convive con una normalidad ciudadana: “No pasa el día sin que haya en la ciudad dos o tres personas degolladas por los soldados y arrestos a granel; por lo demás, no falta alegría”, escribe en enero de 1906. Por su parte, no dejan de publicar periódicos con sus artículos subversivos, o de intentarlo, al menos, porque “tenemos que sostener, día tras día, revólver en mano, una ruda lucha para poder tirar el Sztandar [periódico de ideología comunista] en las imprentas burguesas”, les cuenta a sus amigos.
Las cartas son quizá el documento que permite conocer mejor a alguien, por cuanto no revisten el egocentrismo ni la parcialidad de unas memorias
El segundo periodo de encarcelamiento que recogen las cartas, se prolongó entre 1915 y 1919, coincidió con la Gran Guerra y tuvo lugar en diferentes prisiones. Con la escritura de cartas limitada a un máximo de dos al mes, algo que acrecentó su soledad y le causó una frustración enorme, siguió ideando sus futuros artículos y desarrolló otras aficiones para mantenerse activa, como un herbario, que en realidad ya había comenzado tiempo atrás: “Hoy poseo doce herbarios completos y me oriento bastante bien en la ‘flora indígena’; es decir, en la del patio de la enfermería, donde crecen algunos arbustos y tupidos hierbajos, para regocijo mío y de las gallinas”.
Era de veras una trabajadora incansable: “Necesito tener siempre alguna ocupación […], que me apasione y me absorba, por poco propia que parezca de una persona formal, de la que siempre se espera, para desgracia suya, algo inteligente”, ironiza ante las burlas de sus amigos por su nuevo entretenimiento. Hoy, lejos de parecernos intrascendente, su interés por las plantas, junto con su amor por los animales (en otras cartas habla de su querido conejo Puck, por ejemplo) y su conciencia medioambiental resultan visionarios.
En la cárcel, pese a todo, tocó fondo: “Acabo de pasar un corto periodo de decaimiento lamentable. Hemos tenido varios días de un viento glacial, y me sentía tan poca cosa, tan débil, que no osaba salir de mi jaula, temerosa de sucumbir al frío”. Aun así, tiene la generosidad de estar pendiente de las anécdotas de sus allegados, agradece los regalos de Navidad y hasta proyecta una futura festividad con ellos: “El año que viene si, por casualidad, no estoy ‘a la sombra’, volveremos a reunirnos, con toda seguridad, y, además, a menudo”.
Los amigos resultaron providenciales para aliviar el encierro: le mandaban obsequios, le escribían (no había límite en el número de cartas que podía recibir), contactaban con los posibles editores de sus textos; en otras palabras, no se olvidaban de ella a pesar de la distancia. Rosa Luxemburgo, la “Rosa Roja”, ha pasado a la historia como una activista insobornable, defensora acérrima de sus ideales, una pensadora de mente privilegiada y perseverancia encomiable; pero sus cartas demuestran que no vivió solo por y para el sueño socialista, que no perdió de vista lo esencial: los amigos, los afectos, la vida.
Por mucho que la historia haya puesto de relieve que aquel proyecto tuvo en la práctica muchas sombras –ella misma criticó a Lenin por su deriva represora después de la Revolución de Octubre–, hay que recordar a Rosa Luxemburgo como paradigma de implicación política al servicio de la masa obrera, como paradigma de capacidad de trabajo y sed de conocimiento, incluso como paradigma de (esa palabra tan de moda) resiliencia. Y, por supuesto, hay que recordar su muerte a manos de los freikorps, las tropas improvisadas del periodo de entreguerras formadas por veteranos del Ejército Alemán nostálgicos del viejo orden, anticomunistas y vinculados a la extrema derecha; un espíritu que, por desgracia, vuelve a respirarse en estos días.
Hay que recordar ese crimen, y el de su amigo Karl Liebknecht, para no olvidar hasta qué punto puede llevar la represión en una democracia que se debilita por momentos. Hay que recordar, porque todo vuelve; y ya se han sacrificado demasiadas rosas.