La homogeneidad como presupuesto del especismo
El especismo, como sistema de dominación, se sostiene mediante la construcción de diferencias artificiales entre los seres humanos y otras especies. Para justificar el dominio sobre los animales, se resaltan ciertas características consideradas “humanas”, como la capacidad de lenguaje articulado, la racionalidad abstracta, la planificación a largo plazo o el autocontrol moral. Sin embargo, muchas de estas habilidades también existen en otras especies —el uso de herramientas, la cooperación compleja, la comunicación sofisticada, la memoria y el reconocimiento social— y dentro de nuestra propia especie hay una diversidad enorme de capacidades, modos de vida, culturas y formas de entender el mundo.
El mundo rural del Estado español es un ejemplo palpable de cómo esta lógica de homogeneización se despliega en la práctica. Allí se construye una narrativa que borra la diversidad existente para justificar relaciones de poder. Según el mito dominante, los pueblos serían homogéneamente conservadores y ajenos a cualquier forma de disidencia ética o política; el veganismo, el feminismo y las posturas antirracistas se presentan como invenciones urbanas, incompatibles con la “vida real” del campo. Esta visión simplifica la complejidad social y natural del territorio, permitiendo que una minoría privilegiada —ganaderos, terratenientes y cazadores, muchas veces encarnados en la misma persona— imponga su dominio simbólico y material sobre formas de vida mucho más resilientes y diversas.
Existe una operación ideológica tan antigua como eficaz: convertir la diversidad en excepción y la excepción en norma. Las ideologías sistémicas —capitalismo, patriarcado, colonialidad, especismo— no se sostienen únicamente por la fuerza material, sino por la construcción de relatos que naturalizan el orden existente.
Este relato no es inocente. Funciona como una coartada perfecta para legitimar relaciones de poder muy concretas. Quienes lo enuncian se presentan como portavoces naturales de lo rural, borrando deliberadamente a todas aquellas formas de vida que no encajan en su imagen. La homogeneidad no describe el campo: lo coloniza simbólicamente.
La realidad es otra. El mundo rural nunca ha sido uniforme. Ha sido espacio de comunales, economías de subsistencia, redes de cuidados, saberes no mercantilizados y resistencias silenciosas. También ha sido escenario de explotación, caciquismo y violencia estructural. Confundir esto con una esencia cultural es una trampa ideológica que beneficia a una minoría muy concreta. No hablamos de “tradición”, sino de poder.
Cuando estos sectores afirman que en los pueblos no existen posiciones veganas o progresistas, no están describiendo un hecho, sino ejerciendo una forma de violencia epistémica. Invisibilizan a quienes ya están ahí: mujeres que sostienen la vida fuera del mercado, personas migrantes que trabajan la tierra en condiciones precarias, jóvenes que cuestionan el mandato productivista, vecinas que se organizan al margen de las lógicas extractivas. Lo que sucede no es que estas posiciones no existan, sino que son sistemáticamente silenciadas, ridiculizadas o directamente reprimidas.
Existen, sin embargo, múltiples formas de habitar la ruralidad que desafían el régimen establecido. Desde ocupaciones rurales de tierras abandonadas hasta santuarios de animales, pasando por ecoaldeas, cooperativas campesinas y comunales recuperadas, se construyen espacios donde se practica una relación con la tierra basada en el cuidado, la cooperación y la sostenibilidad. Cada huerto comunitario, cada refugio para animales liberados, cada vivienda ocupada para fines colectivos demuestra que la ruralidad puede ser plural, ética y radicalmente distinta de la versión mercantil y autoritaria que los sectores dominantes pretenden imponer.
La violencia no es solo simbólica. En muchos territorios rurales, salirse del guion implica asumir costes materiales: aislamiento social, amenazas, exclusión económica. El campo no es reaccionario por naturaleza; es disciplinado. Y ese disciplinamiento se ejerce de forma especialmente cruel contra los cuerpos feminizados, racializados o disidentes. El patriarcado rural no es una reliquia cultural, sino una tecnología viva de control social que se reactualiza constantemente.
El mismo mecanismo opera en clave antirracista. El relato de un campo “blanco” y “autóctono” borra siglos de mestizaje, migraciones y desposesiones. Hoy, buena parte del trabajo agrícola lo realizan personas racializadas, cuyos derechos son negados y cuya voz está sistemáticamente silenciada, sin reconocimiento como parte del territorio que sostienen. Su exclusión del imaginario rural no es casual: permite explotar sin otorgar pertenencia.
La falsa homogeneidad no se limita al mundo rural; es una herramienta de dominación que atraviesa todo el entramado social. Se utiliza para borrar diferencias culturales, ideológicas y materiales y, de ese modo, imponer un sistema único de valores y comportamientos. Los discursos patrióticos españoles, que reducen la diversidad de regiones enteras a un relato uniforme de “unidad nacional”, ejemplifican este mecanismo. La herencia judeocristiana de Europa, invocada por sectores reaccionarios como escudo frente al “invasor” extranjero, negro, árabe o musulmán, cumple la misma función: ignorar la pluralidad interna de cosmovisiones, modos de vida y tradiciones para legitimar la uniformidad y el control social. La homogeneidad imaginaria es, en este sentido, la máscara simbólica de la violencia estructural: se nos hace creer que “aquellos que son iguales entre sí”, quienes definen qué es la normalidad (el hombre blanco, heterosexual, católico, reaccionario, alcohólico, cazador, violento), tienen derecho a mandar e imponerse sobre el resto de habitantes del rural, aun cuando en muchísimas ocasiones constituyen en realidad una excepción minoritaria, pues todo aquello que se aleja de su modelo es una desviación y no solo no debe ser tenida en cuenta para la toma de decisiones sino que debe ser perseguida.
El veganismo, entendido no como consumo individual sino como crítica estructural al especismo, desarma especialmente este relato. Cuestiona la identificación automática entre ruralidad y explotación animal, y abre la puerta a imaginar otras relaciones con la tierra y con quienes la habitan —humanas y no humanas— basadas en la interdependencia y no en la dominación. Por eso resulta tan amenazante para quienes han construido su poder sobre la naturalización de la violencia.
Frente a la falsa homogeneidad, la tarea política es doble: visibilizar la diversidad real del mundo rural y organizarnos para defenderla. No basta con desmontar el mito en abstracto; es necesario tejer redes, generar espacios colectivos, construir contrapoder desde abajo. La respuesta a estos posicionamientos filofascistas no puede ser individual ni testimonial. Solo la organización colectiva —feminista, antirracista, antiespecista, anticapitalista, arraigada en los territorios— puede abrir grietas en un relato que se sostiene precisamente en el aislamiento y el miedo.
Porque el campo no debe pertenecer a quienes lo explotan, sino a quienes lo cuidamos. Existimos, resistimos y nos organizamos, aunque a quienes han convertido nuestra tierra en su cortijo les moleste.
Sobre este blog
El caballo de Nietzsche es el espacio en elDiario.es para los derechos animales, permanentemente vulnerados por razón de su especie. Somos la voz de quienes no la tienen y nos comprometemos con su defensa. Porque los animales no humanos no son objetos, sino individuos que sienten, como el caballo al que Nietzsche se abrazó llorando.
Editamos Ruth Toledano, Concha López y Lucía Arana (RRSS).
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